Todo lo que no te dije

Capítulo veintiuno— Somos un desastre

Esa misma tarde fui al hotel donde se hospedaba Max. Lo raro es que no vi señales del fiscal Han por ningún lado; seguramente Max lo había echado de su vida de una manera definitiva después de lo que pasó en el estrado.

​Cuando toqué la puerta, Max abrió de inmediato. Pero no era el abogado impecable del juicio. Tenía unas ojeras profundas y me miraba de una manera aterradora, como si mi visita fuera la última cosa que quería ver en el mundo. Se veía ido, como si estuviera bajo el efecto de algo.

​—¿Qué te pasó? —pregunté preocupado— Te veías radiante antes.

​—¿De verdad quieres saber? —me contestó, con una voz arrastrada, ofreciéndome la entrada.

​Entré y me quedé helado. Por primera vez, la habitación estaba impecable. No había papeles, ni ropa tirada, ni una sola botella de alcohol en el suelo. Estaba ordenado, extrañamente limpio.

Escuché la puerta cerrarse detrás de mí y, cuando me giré, vi que el espejismo de orden se había terminado: Max ya tenía una botella en la mano. Me miraba como si yo fuera un extraño que acababa de invadir su soledad.

​—Creí que el fiscal te incitaba a tomar —dije, sin poder quitarle la vista a la botella.

​—Es un mal vicio que tomé estos años —sostuvo el envase como si fuera un tesoro— ¿Qué haces aquí? No tienes amigos y tus horarios son de noche. Debes de estar desvelado.

​Negué con la cabeza. No tengo amigos; de hecho, no soy tan social como a veces aparento por mi trabajo.

​—Mm —giró los ojos, dándole un trago a la botella— Voy a hacer un viaje a Nueva York. No creo que vuelva, pero aún no estoy seguro.

​—Quédate.

​Esa palabra salió de mi boca con una sinceridad que me asustó. Fue de corazón, con amor, como si mi alma necesitara soltarlo antes de que fuera tarde. No quería que se fuera. No otra vez.

​—Supongo que quieres hablar de lo nuestro —suspiró él, apoyándose contra la pared con la mirada perdida— Tienes razón, llegué tarde. Haces tu vida con una recepcionista y yo no tengo por qué oponerme.

​Me quedé mudo un segundo. Sigo pensando quién demonios le metió esa idea en la cabeza.

​—No es verdad lo de la recepcionista, Max —dije, acercándome a él hasta que pude oler el alcohol mezclado con su perfume— Solo va a mi habitación a ofrecer sus servicios... no hacemos nada en realidad.

​Él soltó una risa amarga y se alejó de mí, tambaleándose un poco hacia el ventanal que daba a la ciudad.

​—Max... ¿Realmente por qué te fuiste?

​Él me miró agobiado, como si esa pregunta fuera un disco rayado.

​—Mira, no estoy borracho, pero ya te lo dije y te lo volveré a decir: mi mamá lo supo todo por Mareen y por...

​Hizo una pausa, como si quisiera ocultarme algo. Giré la cabeza para observar su rostro, pero se mantuvo en silencio.

​—Las amenazas eran suficientes para mí. Yo no puedo vivir pensando en mi madre.

​Estaba evitando enojarme. Lo de su madre era siempre la misma excusa. ¿En serio ese era el único propósito?

​—Quiero que me digas una cosa —continué—. ¿Cuántas veces has visto o hablado con tus padres en estos años?

​Fijó su mirada en mí, como si no viera venir esa pregunta. No tenía nada que responder porque yo sabía perfectamente que nunca los visitó, ni envió siquiera un mínimo mensaje. Se sentó en el sofá, dejando la botella de alcohol sobre la mesa. Antes de que yo pudiera decir algo, levantó la mano.

​—Pasaron muchas cosas, ¿está bien? —Bajó la mano—. Además, el fiscal me dijo que tus padres estaban muertos.

​—Eso es diferente —me crucé de brazos—. Mi trabajo es demasiado peligroso como para meter a mi madre en un lío.

​—Sí, me alejé de ti y de ellos... Si quise cambiar mi vida, era porque quería borrarme del mapa.

​Y vaya que lo hizo.

​—¿Te llevas bien con tu abuelo? —preguntó de repente.

​Su pregunta me confundió. ¿Qué tenía que ver mi abuelo en todo esto?

​—Sí —respondí—. Era el único que, en realidad, nos apoyó desde que nos vio en el jardín.

​—Mentira. Esos dos conspiraron. Las cámaras que "no servían" en ese momento funcionaban muy bien, Alexis. Mi mamá tenía todo para comprobarlo.

Me quedé helado. El abuelo... el único que siempre nos sonreía, el que nos dejaba estar en el jardín. La sola idea de que él hubiera estado mirando a través de las cámaras, conspirando con la madre de Max para separarnos, me revolvía el estómago.

​—Vete si no me crees —insistió él, y su voz se quebró de una forma que nunca le había escuchado. Estaba apoyado en la puerta abierta, derrotado—. Yo no tengo por qué mentirte ahora cuando ya me humillé demasiado desde que te volví a ver.

​Lo miré fijamente. No era una mentira. Nadie se rompe de esa manera solo por un truco. Max estaba cansado de cargar con el secreto de que mi propia sangre era la que nos había destruido.

​Caminé hacia él, pero no para salir. Puse mi mano sobre la suya en el pomo de la puerta y, con un movimiento lento pero firme, la cerré. El sonido del pestillo encajando pareció retumbar en toda la habitación.

​—No me voy a ir —le dije, obligándolo a que me mirara.

​Él bajó la vista, evitando el contacto, pero yo no lo solté.

​—Si mi abuelo hizo eso... si ellos dos planearon todo esto, entonces pasamos años odiándonos por un plan que no era nuestro, Max.

​—Da igual, ya pasó. Me fui, te dejé, y ahora estamos aquí, fingiendo que un beso en un auto arregla el hecho de que tu familia me odia y la mía me usa.

—¿De verdad me amabas en ese entonces?

​Él me miró con una frialdad que me caló los huesos.

​—No, Alexis. No te amé. Ya te dije que no me llenaba de emoción verte porque... porque sabía que, en algún momento, los secretos salen a la luz y eso me dolió. Cada vez que veía cómo te hacías ilusiones, buscaba alguna manera de detenerte.

​Me siento raro. Este no es el Max que yo conozco. El Max que yo recuerdo era entrega y silencios compartidos, no esta muralla de reproches.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 11.04.2026

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