Todo lo que no te dije

Capítulo veintidós — Mi destino esta contigo, se mi novio

Alexis tiene una forma de convencerme para hacer cosas que nadie más posee. A veces me pregunto si es pura manipulación o si, simplemente, no me molesta que me maneje así. ¿Por qué me aferro tanto a la idea de que él es la persona correcta? Estoy lleno de errores, lo trato como se me antoja y, aun así, él sigue a mi lado. A veces siento que abuso de su humildad, de esa paciencia inagotable que me tiene.

​Su manera de persuadirme para hablar con mi madre fue increíble. Cuando yo digo "no", suele ser un no absoluto, pero él... con esas palabras suaves y, a veces, con ese tono ligeramente alzado que impone pero no asusta, me convenció de esta estupidez. Por eso creo que lo amo: porque es el único capaz de doblegar mi orgullo.

​Había llegado a las 8:00 en punto, tal y como decía su nota. Yo estaba listo desde veinte minutos antes; no quería que esperara ni un segundo. Cuando tocó la puerta, abrí con una necesidad casi desesperada de verlo.

​—Hola... —murmuró.

​Llevaba un traje gris que le sentaba de maravilla. Yo, que vivo rodeado de abogados y trajes formales, sentí que verlo a él era algo magnífico, diferente.

​—¿Siempre estarás de traje? —le pregunto recorriéndome con la mirada.

​—Bueno, es lo que empaqué —respondí con una sonrisa cansada—. Con el caso que tengo pendiente en Nueva York, voy a comprar más ropa y a terminar de tramitar un préstamo para una casa aquí.

​—¿Y el dinero que te dieron por mi caso?

​—Aún no me lo dan. Tengo que ver al fiscal Han hoy, justo después de ver a tus padres. Nuestra reunión es a las doce, en la hora del almuerzo.

​—¡Bien! Entonces no perdamos tiempo y vamos a ver a mis suegros.

​Traté de bromear para aliviar la tensión, pero el momento se sentía empañado por la presencia invisible de ellos. Ya en el auto, intenté llenar el silencio hablando de cualquier cosa, pero notaba el cansancio en su rostro.

Su excusa absurda de no "querer quedarse a dormir" en el hotel era porque después tenía que trabajar... debió decírmelo. Me sentí culpable; lo pueden despedir por mi culpa y por mi egoísmo de querer tenerlo cerca.

​—Encontré un apartamento en un edificio céntrico —le conté, buscando su reacción—, pero aún no estoy seguro de si quiero vivir en un piso.

​—Compra uno en Royal Heights —sugirió él sin abrir los ojos—. Es un lugar muy bueno.

​—¿Royal Heights? Deben costar una fortuna.

​—Mm, son... costosos. Unos 3,500 dólares de renta. Pero puedo ayudarte a comprarlo.

​El problema no era el dinero, sino la recepcionista que trabaja allí. No la quiero ver ni en pintura. Sin embargo, decidí cambiar de tema a algo que sabía que le picaría la curiosidad o el enojo.

​—Soy independiente, mi dinero se divide en porcentajes —expliqué—. Le doy el 40% mensual a mi ex para los niños.

​—Si ni siquiera son tuyos —soltó él, con un deje de ironía.

​—¡Oye! Son míos —respondí cruzándome de brazos, defendiendo lo que sentía—. No serán de mi sangre, pero su madre aún me deja hablar con ellos después de que nuestro matrimonio no funcionó.

​Dije aquello esperando una discusión, algo que lo mantuviera alerta, porque veía cómo sus ojos se cerraban profundamente por el sueño. Me dolía verlo así. ¿Por qué escogiste esta hora para venir, Alexis? ¿Qué tanto ocultas tras ese cansancio que parece quemarte los huesos?

Llegamos y la casa se veía igual. Ese blanco en las paredes que resaltaba calma y ese azul marino que destilaba elegancia. El balcón impecable y el jardín... el jardín estaba tal y como lo recordaba. Me quedé un momento mirando la fachada, fijando la vista en la ventana de mi antigua habitación.

​—¿Recuerdas cuando entrabas por esa ventana? —pregunté riendo. Era el único recuerdo bueno que conservaba de este lugar.

​Alexis apagó el motor. Estaba agotado; trabaja de noche y dedica sus días a estar conmigo. Sentí una punzada de culpa y tomé una de sus manos entre las mías.

​—Deberías dormir un poco —le sugerí—. Yo iré a hablar con ellos.

​—No confío en que hables con ellos honestamente si vas solo —respondió él, leyéndome el pensamiento.

​Rodé los ojos, bajé del auto y cerré la puerta con suavidad. Al caminar por el jardín hacia la entrada principal, las vibras de la casa me golpearon. Volver era desenterrar el pasado. De pronto, sentí un fantasma de dolor en las muñecas y no pude evitar darme un masaje en ellas, recordando las cadenas... recordando que yo no quería entrar.

​—Estoy contigo —dijo Alexis, acercándose a mi lado.

Siempre lo estuviste... pensé.

​Respiré profundo y Alexis tocó el timbre. Tardaron en salir. Quien abrió fue mi padre, que al principio no notó mi presencia porque Alexis bloqueaba la vista en la puerta.

​—Hola, suegro —soltó Alexis. Fruncí el ceño. ¿De dónde venía esa confianza?

​—No esperaba tu visita hoy —respondió mi padre, con un tono extrañamente familiar.

​—Sí... dos visitas al mes es muy impresionante —continuó Alexis—. Pero insisto, ¿encontró a su hijo?

​Yo me mantenía a un lado, oculto, escuchando con el corazón acelerado. ¿Alexis había estado visitando a mis padres?

​—¡Otra vez Alexis Torres en mi propiedad! —escuché la voz de mi madre desde el interior. Ella se acercó a la puerta con el rostro encendido.

— Hola, "suegra" —le soltó él con sarcasmo—. Solo quería saber si su hijo ha venido a visitarlos.

​—Mi hijo está bien —espetó ella—. Tus visitas mensuales no son de mi agrado, Alexis. Él no está y no lo volverás a ver. Que hayas venido a confesar que te gusta mi hijo no significa que las cosas entre nosotros estén bien.

​—¡Tranquila! —interrumpió él con una seguridad pasmosa—. Solo vine a darles noticias de él.

​De repente, Alexis me jaló del brazo hacia el frente. El impacto fue inmediato. Mis padres se quedaron atónitos, petrificados. No sé si era por verme después de tanto tiempo o por el hecho de que fuera Alexis quien me traía de la mano.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 11.04.2026

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