Todo lo que no te dije

Capítulo veintitrés— Aunque ahí amor... los secretos hacer que perdamos todo

Me gusta dormir contigo. Y lo digo en el sentido más puro, más inocente; ese que nació cuando éramos niños y compartíamos secretos bajo las sábanas. Me gustaría despertar cada mañana solo para decirte "buenos días" y cerrar los ojos cada noche con un "que descanses", repitiendo ese ciclo el resto de mi vida. Me quedaría horas simplemente viéndote dormir, memorizando tus gestos, la forma en que el mundo parece no poder dañarte cuando estás en mis brazos.

​Me vuelves loco con tan solo mirarte. A veces no entiendo cómo este sentimiento pudo sobrevivir a ocho años de distancia y frío, pero supongo que simplemente estamos destinados a ser el uno del otro, pegados como si nuestras almas tuvieran memoria propia.

​Mientras duermes, siempre arrugas la cara, como si pelearas contra un sueño difícil. Pero la realidad era lo opuesto: era paz. Tu piel contra la mía, tus manos posadas en mis mejillas... estar en esta cama era lo que más había anhelado en mis noches de soledad.
​Sin embargo, yo no logré dormir. Entre la ansiedad y que Max duerme como si estuviera dando una clase de danza en medio del colchón, pasé la noche en vela. De repente, sentí su mano en mi pecho, su cabeza buscó mi hombro y una de sus piernas se enredó con las mías. Se quedó ahí, inmóvil, como un bebé buscando refugio. No podía cerrar los ojos por la emoción, pero también porque mi brazo ya estaba completamente entumecido bajo su peso.

​A las 3:00 a.m., cuando llegó la hora de levantarme, Max seguía sobre mí como una estatua. Es aliviante saber que yo soy su lugar seguro para tener un sueño profundo. Al quitar su mano con una lentitud casi quirúrgica, él abrió los ojos de golpe.

​—¿No te dejé dormir? —preguntó con la voz ronca de sueño.

​—No, es que a esta hora me levanto cuando trabajo de día —respondí suavemente.

​Él bostezó, se rascó la cabeza y volvió a hundirse en la almohada.

​—Que te vaya bien... —fue lo único que soltó antes de quedar noqueado otra vez.

​Salí de la habitación para hervir agua; necesitaba un té de limón con canela para enfrentar la jornada. Mientras esperaba el burbujeo, revisé mi celular. Estaba lleno de reportes del trabajo: criminales con identificaciones falsas tratando de entrar a la mina anoche. Miré la pantalla con decepción; la luz blanca me calaba los ojos mientras pensaba en la miseria humana.

​—¿Por qué hay tanta gente que insiste en robar piedras estúpidas? —susurré para el silencio de la cocina.

​Tantos muertos al año por unos trozos de roca brillante. Dejé mi celular en el mesón y noté que el teléfono de Max no paraba de vibrar. El zumbido constante me irritó los nervios, así que lo tomé para ponerlo en silencio y no despertarlo.

​Fue entonces cuando el calor de la cama y la dulzura de sus abrazos desaparecieron de golpe.

​La pantalla me devolvió un reflejo gélido. Era un recordatorio, frío y directo, que no dejaba lugar a dudas:

​"Vuelo a Nueva York"

El vuelo con el que ha estado insistiendo casi todos los días... era hoy.

​No quiero que se vaya. Sé que dije que era mejor que se marchara, pero es por algo. Mi trabajo... él no conoce realmente a qué me dedico. No quiero que se vaya con el Fiscal Favre y que ese tipo le cuente la verdad de todo. Tengo miedo de que se aterre de mí por eso. Saldré de este mundo en cuanto Jaden se dé cuenta de que este trabajo no es para él ni para su hermana, pero aún no hemos tenido esa charla necesaria sobre el pasado durante estos ocho años.

​Desactivé el recordatorio. Pero, además de eso, vi una ráfaga de mensajes del Fiscal Han:

​Fiscal Han
《Licenciado》
《Licenciado》
《Licenciado》
《Conteste, por favor》
《Es urgente》
《No me diga que está con el señor Evans Torres...》
《Yo sé que enamorarse es bueno, pero ¿de una persona como él? Por favor, él será un obstáculo para su carrera.》

​Yo sé que a ese idiota le gusta Maximiliano, pero no es rival para mí. Aunque me molestaba su presencia; era una mezcla de celos y ese miedo constante de que toda mi mentira saliera a la luz como si nada. Quise leer más, pero el teléfono estaba bloqueado. Pedía su contraseña. Max era predecible, pero yo no quería ser tan curioso.

​Entonces me fijé en el fondo de pantalla. Era una foto de Jaden, él y yo. Una foto de la primaria... la peor foto que teníamos. No pude evitar reír al vernos así.

​Antes de dejar el celular en la mesa, escuché un portazo detrás de mí. Giré con tranquilidad. Max estaba ahí, de pie, con los brazos cruzados y el pelo revuelto por el sueño.

​—¿Primer día de novios y ya comienzas a revisar mi celular? —preguntó arqueando una ceja.

​—Quería ponerlo en silencio, comenzó a vibrar —respondí.

​Quise ocultar lo del Fiscal, pero no podía guardármelo.

​—Creo que no le caigo bien a tu amigo, el Fiscal.
​Bajé la voz. Max caminó hacia mí con un gesto de decepción y tomó su celular. Tecleó la contraseña y, efectivamente, era la misma que usaba hace años. Es terrible.

​—¿2190? —le solté— ¿Sigue siendo tu contraseña?

​—¿No hay nada que se olvide? Además, es mi fecha de cumpleaños al revés: 12-09... 2190.

​Me vería como un completo acosador si te confesara que sé exactamente dónde tienes cada uno de tus lunares, Max. Que podría dibujarlos de memoria, uno a uno, sin fallar por un milímetro. El agua comenzó a burbujear y apagué la estufa, pero mi mente seguía fija en él.

​—¿Quieres té de limón y canela? —le ofrecí, tratando de sonar casual.

​—No me gustan los tés.

​—Pero sí el alcohol. Maldito borracho.

​—Cierra la boca, anciano —me soltó (Maximiliano es dos años mayor que yo).

​Tengo el mal presentimiento de que ese fiscal en Nueva York hará de las suyas; hablará de más, lo obligará a beber si ganan el caso... La sola idea de otro hombre respirando su mismo aire me revuelve el estómago. ¿Qué puedo hacer para encadenarlo a mí?



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 11.04.2026

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