El mundo se fragmentó frente a mis ojos. Los recuerdos de aquella noche, que yo había guardado como una tragedia sin explicación, empezaron a rearmarse como un rompecabezas sangriento.
Sarah Lee.
Recordé a Jaden, días antes, con esa voz emocionada y ridícula hablando de su cita con ella en aquel centro comercial abandonado. Recuerdo que la canceló por mi culpa, por mis problemas, y cómo al día siguiente seguía con el mismo cuento de querer ir. Y luego... el vacío.
La desaparición de Emely en casa nos había vuelto locos a todos. Revisamos cada rincón, cada cajón, esperando encontrar una pista, un rastro, una nota... pero no había nada. Los cajones de la ropa de Emely estaban vacíos. Ni un adiós, ni una explicación.
Jaden se la había llevado en silencio, borrándose del mapa mientras nosotros nos quedábamos en la sala, rodeados de un silencio sepulcral.
—Jaden tuvo que haber dicho algo —había dicho mi madre, con la voz quebrada.
—Los Hantome no son nuestra familia —escupió mi padre aquella noche, con esa frialdad que siempre lo caracterizó—. Le prometí a Marc cuidar a sus hijos hasta que Jaden estuviera entrenado para la vida. Si su decisión fue huir, no hay nada que podamos hacer.
Mi padre archivó a los hermanos Hantome como si fueran expedientes muertos. Y poco después, la noticia: Sarah Lee había desaparecido esa misma noche terrorífica. Durante ocho años, creí que Jaden simplemente había huido con su novia y su hermana para empezar de nuevo. Pero la verdad que Lorien tenía sobre el escritorio era mucho más oscura.
Jaden no huyó con Sarah. Jaden la dejó en un charco de sangre en ese supermercado.
—¿Quiere matarlo solo porque quiere a su hermana? —le pregunté a Harvey Lorien, sintiendo una náusea creciente.
—Tú no tienes a nadie de valor, Alexis. No tienes a nadie a quien proteger —clavo el puñal en mi soledad—. Estos últimos cinco años te he visto solo.
Sus palabras dolieron porque eran ciertas. Había construido una vida de mierda, rodeado de fantasmas, esperando a alguien que me trató como si no valiera nada. Había sido una sombra, una herramienta.
—¡Hantome no es mi competencia! —grité, tratando de aferrarme a la última lealtad que me quedaba.
—¿Quieres ser su sombra para siempre? —me desafió Lorien, levantándose de su silla—. Sabiendo que puedes ser mejor que él. ¿Por qué acatar órdenes cuando podrías ser tú quien las dé? ¿Por qué no tener el poder absoluto?
—No puedo hacer lo que me pide —susurré, sintiendo el peso del arma que no quería cargar.
—Entonces el Fiscal Han seguirá cerca del abogado Jones —amenazó Lorien, con esa sonrisa de superioridad que me helaba la sangre—. No sé qué es lo que tienes con él, pero Han tiene suficientes cartas para hacer que ese abogado te odie por el resto de tus días.
Esa fue la estocada final. El miedo de perder a Max, de que Han le susurrara la verdad al oído, me dejó perturbado. Me levanté, con las piernas pesadas, y caminé hacia la puerta del despacho sintiendo que el aire se acababa.
Antes de que pudiera salir, la voz de Lorien me detuvo, cargada de un veneno profético:
—Piénsalo bien, Alexis... antes de que Hantome te mate a ti.
Salí rápidamente de la oficina de Lorien, refugiándome en mi cubículo en medio del caos del papeleo. La culpa me golpeaba las sienes: no debí ser impulsivo, debí callarme. Mi celular estaba hecho pedazos y la angustia de no saber si Max estaba bien me estaba consumiendo. Intenté escribirle desde la computadora, pero la red de la mina es tan inestable que los mensajes se quedaban flotando en un limbo digital.
El anochecer empezó a teñir el cielo de un naranja sangriento, justo cuando el cambio de turno obligaba a todos a moverse bajo las reglas estrictas de la empresa. Mi tiempo de oficina se había acabado; ahora me tocaba entrar en acción, aunque el alma se me estuviera cayendo a pedazos.
Esa tarde habían capturado a cuatro sujetos. Como todavía era de día, el protocolo de "limpieza" no se había completado y los tenían retenidos tras las rejas del bosque. Los vigilé desde la distancia.
Estaban aterrorizados. Escuchaba sus ruegos, pedían por sus vidas, juraban que no subirían el documental a YouTube, que lo olvidarían todo. Me hice el sordo, pero mi corazón bombardeaba una culpa que me quemaba el pecho. Eran solo jóvenes que no sabían dónde se habían metido.
Me quedé esperando al subjefe para saber qué haríamos con ellos. Cuando Jaden entró, ni siquiera les dio tiempo de terminar su súplica de piedad.
Sacó su pistola y, con una frialdad mecánica, los mató uno por uno.
Sin pensarlo. Sin dudar. Me quedé helado, mirándolo con puro terror. He visto muertes aquí, pero la rapidez con la que actuó esta vez fue distinta. En ese momento, no vi al hombre que mataba desconocidos; vi la escena de hace ocho años. Vi a Jaden matando a su querida novia. Vi a Sarah Lee, la chica que él defendía a capa y espada... convirtiéndose en su víctima.
Él guardó el arma y me miró con una indiferencia absoluta.
—Ve a la zona del muelle —ordenó.
Era la zona que más odiaba. En las noches, el muelle se convertía en una masacre; muertos por docenas, el olor a salitre mezclado con hierro. Esta vez no pude callarme.
—Prefiero la zona central, señor —dije, tratando de mantener un tono tranquilo que no sentía.
—¿Acaso te pregunté esa estupidez? Es una orden, obedece.
Tomó el pomo de la puerta para irse, pero mi paciencia se quebró.
—¡¿Por qué cambiaste tanto?! —grité, levantándome de la silla con violencia.
—¿Nos conocemos? —soltó él, sin siquiera girarse. Su indiferencia era un puñal.
—¡Deja de actuar! Mataste a Sarah, la chica que amabas. ¿Por qué, Jaden? ¡¿Por qué no me lo dijiste?! Yo podría haber hecho algo por ti. Pude haberte entendido. ¡Viviste en la calle, casi te mueres!
Jaden se quedó estático, pero no soltó el pomo de la puerta. No me observó. Seguía siendo ese muro de hielo que no dejaba pasar nada.