—Debemos salir de aquí ahora —dijo él, tratando de recuperar el control—. Trata de descansar mientras yo preparo el desayuno.
—Debo salir, tengo que hacer algo del trabajo —solté, iniciando el día con la primera de muchas mentiras necesarias.
El rostro de Max se transformó. La dulzura del baño se evaporó, reemplazada por una irritación que no podía ocultar. Yo solo pensaba en Yuri; si le quedaba mal al informante con el pago, toda la mierda que Han está intentando desenterrar saldría a la luz por otro lado. No podía permitirme ser "limpio" hoy.
—¿Trabajo? ¡Tienes una incapacidad! —exclamó, acercándose a mí—. Tus músculos están delicados. ¡Fue muy atrevido lo que te hizo Jaden!
Me quedé helado. El agua de la tina pareció enfriarse de golpe.
—¿Cómo sabes que fue Jaden? —pregunté, clavando mi mirada en la suya.
Se quedó mudo. Retrocedió un paso, alejándose de mí como si acabara de quemarse. El silencio en el baño se volvió acusador. Max se sentó a mi lado y comenzó a colocarme las vendas nuevas en un mutismo tenso.
—Ya no necesito las vendas, me siento mejor —le dije, tratando de apartar su mano.
—Qué terco eres —masculló, apretando la gasa más de lo necesario.
—Tengo que hacer algo del trabajo, Max. Es la única forma de cerrar unos pendientes.
Se detuvo en seco. Se puso de pie frente a mí, mirándome de pies a cabeza con los brazos cruzados, furioso.
—¡Tienes una incapacidad! ¡No entiendes que aunque te sientas bien, tus tejidos aún no sanan!
—A ver... cuando mi padre me daba las mejores palizas de su vida, no iba al hospital y tú no me cuidabas así —le solté, perdiendo la paciencia—. ¿Por qué todo tendría que cambiar ahora?
—¡Porque todo es diferente ahora! —gritó—. ¡Porque la persona que te hizo esto fue Jaden!
—Vuelvo a preguntar... ¿Cómo sabes que fue Jaden?
Se quedó mirándome, perdido. Sus ojos iban de un lado a otro, tratando de pescar en el río revuelto de su memoria de anoche. El Fiscal Han le había dado el nombre, le había contado la historia, y Max lo soltaba ahora como si fuera una verdad propia.
—Jaden está solo, ¿está bien? Me di cuenta de que... él mató a Sarah hace ocho años. Vive solo con Emely, vive con miedo, vive en una burbuja que...
—¡A mí no me importa a quién mate ese idiota! —Me interrumpí, levantándose de la tina con el agua chorreando en su cuerpo—. A menos que te toque a ti, no me interesa. Pero no tuvo que golpearme así. Por eso... mejor renuncia —sentenció.
—¡No puedo!
—¿No puedes o no quieres? —se burló con amargura —. Tan bien te pagan por ser un guardia de quinta de unas malditas gemas... No es la gran cosa, Alexis.
—Tienes razón... no es la gran cosa —murmuré, sintiendo cómo el agua tibia de la tina se volvía gélida contra mi piel—. No me importa el trabajo. Me importa alguien que se hunde en medio del desespero.
¿Acaso Emely no puede vaciar la culpa que Jaden carga en el corazón? Si esa niña no puede eliminar ese peso, ¿qué es lo que le carcome las entrañas hasta el punto de borrar quién es en realidad? No podía renunciar. No era por el sueldo, ni por las gemas. Era porque Jaden era mi única brújula hacia un pasado que todavía no termino de enterrar.
Él es mi amigo. ¿Cómo puedo darle la espalda a la única persona que me tendió la mano para salir del infierno?
Cerré los ojos y, por un segundo, el vapor del baño se convirtió en el aire polvoriento del patio de la primaria. Recordé las bancas de madera, el sonido de los otros niños jugando a lo lejos y a Jaden sentado a mi lado, mirándome con una curiosidad que no juzgaba.
—¿Por qué no tienes amigos? —me había preguntado aquel día.
—Porque mi papá... es... —No pude terminar la frase. El nombre de mi padre se me atoraba en la garganta.
En ese momento, la pregunta que hoy me carcome ya estaba ahí: ¿Te quedarías si te dijera todo?
—¡No quiero saber! —exclamó Jaden con esa ligereza que solo tienen los niños—. ¡Mi papá conoce al tuyo! Parece que no se caen bien. Pero me gusta que seamos amigos. Yo tampoco había tenido uno. ¡Vamos a jugar!
Él no me juzgó. No le prestó atención al odio que nuestros padres se profesaban. Jaden me enseñó a defenderme, me protegió de los que querían agredirme cuando yo era solo un niño asustado.
¿Cómo puedo no defenderlo ahora de lo que le duele? ¿Cuándo podré decirle gracias? Quisiera regresar el tiempo y evitar la tragedia de Sarah, pero no soy un dios, solo soy un guardia que no puede soltar sus cadenas.
Renunciar no era una opción. Sería matarme el alma perder ese contacto por el simple miedo a hablar.
—Vete a tu trabajo de mierda —soltó Max, rompiendo el recuerdo con la violencia—. De ahora en adelante, te cuidas tú solo.
Se dio la vuelta, dispuesto a salir del baño y dejarme ahí, flotando en mi propia miseria. Pero antes de que cruzara el umbral, estiré la mano y lo tomé de la muñeca. Su piel estaba fría, un contraste total con el calor que emanaba de la tina.
—¿Por qué te enojas? —le pregunté.
—¡Porque trato de ayudarte pero no te importa! —gritó, girándose hacia mí con los ojos encendidos de frustración—. ¡Trato de ser alguien diferente... que te cuide todo el tiempo pero tu terquedad es... olvídalo.
Me evitaba la mirada. Si supieras, Max, que en realidad no voy a trabajar, sino a pagarle al idiota que te espió anoche, tu reacción sería mil veces peor. Pero las mentiras son el cemento que mantiene en pie este edificio que habitamos.
—Agradezco que me ayudes, amor —le dije, suavizando el tono—. Pero... te prometo que volveré rápido. No me quedaré la noche entera, llegaré temprano, lo juro.
—Vete —respondió él, con una calma que me inquietó—. De igual manera ya tomé una decisión: desde ahora tú mismo te tomarás tus medicamentos, te pondrás tus vendas y te aplicarás la crema en ese labio mugroso.
Se veía tranquilo, demasiado quizás, y eso me alivió el pecho. Mierda, realmente amo a este hombre.