Me puse de pie con las piernas de plomo, pero antes de dar un paso, sentí la mano de Alexis apretar mi muñeca. Su mirada saltó de la mía a la de su padre. En ese instante, vi a Izan Torres reflejado en su hijo: la misma mandíbula tensa, el mismo instinto de posesión, la misma mirada de quien no sabe dejar ir. Alexis se parecía a su madre en la belleza, pero sus raíces estaban profundamente enterradas en el fango de su padre.
—No le diré que te deje, no tengo posición de ese derecho. Suéltalo —dijo el señor Izan, mirando la mano en mi muñeca.
—¿Por qué debería de creerte?
—No necesito que lo creas. Maximiliano Jones sabe qué decisión tomar. Creo que tú también sabes cuál es su derecho.
Me llevó al jardín donde el abuelo nos descubrió hace ocho años. Volver aquí me revolvió el estómago al instante. Era la primera vez que iba a hablar con mi suegro a solas, cara a cara. Me sentía nervioso y... sea lo que sea, ojalá pueda entender.
—Solo quería agradecerte por haber traído de vuelta a Alexis a los brazos de su madre. Me es difícil mantenerla feliz durante la ausencia de él.
Me quedé helado. No esperaba gratitud, y mucho menos una confesión de su propia insuficiencia como esposo.
—Señor Torres... —empecé a decir, pero él levantó una mano para cortarme.
—Mi esposa sonríe mucho cuando está con su hijo; sus ojos cambian de repente a un brillo envidiable lleno de alegría. Realmente lo agradezco.
Se veía muy agradecido. Gracias a Dios no fue una advertencia de familia típica de la gente con dinero. No obstante, yo realmente quería entender; quería comprender el dolor de Alexis, no solo escucharlo. Quería tener una importancia no solo en él, sino en todo su entorno.
—¿Ha pensado en disculparse con Alexis? —dije, con la esperanza de tener una respuesta.
—Prefiero que me odie. Sé que si me disculpo, él me perdonará aunque lo niegue. Y eso sería peor.
—¡Si lo sabe, entonces por qué no lo hace! —le reclamé, incapaz de entenderlo.
—Porque no quiero su cariño. No quiero que me vea como un padre. De hecho, desearía no tener un vínculo con mi hijo... porque no lo merezco.
Sus palabras me golpearon.
Recordé algo que Alexis me confesaba siempre: "Me gustaría que mi padre, por primera vez, me abrazara". No era un simple capricho de adolescente; era el ruego de un niño quebrado, una raíz que crecía en la oscuridad, buscando desesperadamente un poco de luz que nunca llegaba.
—¿Usted quiere a Alexis?
—¿No escuchaste lo que acabo de decir? —su tono volvió a ser cortante, defensivo.
—No me refiero a eso —balbuceé, tratando de no retroceder—. Me refiero a si alguna vez, estando lejos, sintió la necesidad de volver a casa solo para escuchar esa voz detrás de la puerta.
La palabra "necesidad" pareció dejarlo hipnotizado. El silencio se prolongó tanto que el jardín pareció quedarse sin aire. Lo pensó demasiado.
—Creo que usted sabe todos los sueños que Alexis ha...
Justo cuando iba a insistir, él se adelantó.
—Sí, he tenido esa sensación —me interrumpió, bajando la mirada por primera vez—. Es por eso que me retiré del servicio militar.
Era un hombre capaz de armar el rompecabezas más complejo, pero la culpa era la pieza que nunca lograba encajar. Sus palabras fueron un hilo de voz, un susurro casi inaudible que, sin embargo, lo confesaba todo.
—Creo que Jack ya te contó que estuve enamorado de mi esposa por mucho tiempo...
—También dijo que quería un hijo —añadí en voz baja.
—Un hijo que se pareciera a ella —confesó.
Antes de que pudiera procesar aquella confesión, unos gritos desgarraron la calma del jardín. Alexis venía hacia nosotros; su rostro era una máscara de furia pura, una tormenta que amenazaba con arrasarlo todo.
—¡Ya platicaron demasiado!
Llegó a mi lado como un vendaval, sujetándome del brazo con firmeza para reclamar mi lugar junto a él. Le di un golpe seco en la cabeza, intentando frenar su impulsividad y obligarlo a callar.
—Cállate —le solté.
Por fin guardó silencio, aunque su respiración seguía siendo agitada. Katherine se acercó y entrelazó su brazo con el de su esposo, replicando nuestra postura. Alexis no pudo evitarlo; se estaba consumiendo en un ataque de celos absurdos contra su propio padre, como si verlos juntos fuera una afrenta personal.
—¡Suelta a mi mamá!
—Es mi esposa, te guste o no —Hablo Izan, frenando en seco el ímpetu de su hijo con una sola mirada.
—Hijo, ya lo hablamos —intervino Katherine, con la voz cargada de un agotamiento —. Ya te lo expliqué en la mesa. No lo hagas más difícil.
—¿De verdad piensas que un hombre como él puede volver a enamorarte? No juzgo la edad de ustedes dos, pero... mamá, es Izan Torres. El mismo de siempre.
Nos tomó dos horas más de una batalla de voluntades hacerle comprender a Alexis que debía permitirles esa segunda oportunidad. Aunque terminó cediendo, se notaba que no lo aceptaba del todo; era una tregua armada con alfileres. Cada vez que Katherine o yo intentábamos razonar, él ponía una nueva barrera, incluso con el señor Izan tratando de mediar. Finalmente, Alexis dio la "señal amarilla".
—Lo acepto con una condición —dijo, cruzándose de brazos y recuperando su postura—: que no la beses, ni la abraces, ni la toques. Es más, ni siquiera respires cerca de ella.
—Es mejor que nos vayamos —intervine—. Hablaré con él en casa. Alexis... ¿por qué no les das un abrazo de despedida a tus padres?
Él envolvió a su madre en un abrazo asfixiante, como si temiera que al soltarla ella fuera a desaparecer. Sin embargo, cuando se separó, evitó activamente mirar a su padre. Izan, por su parte, permanecía estático; no parecía esperar nada de su hijo.
—Alexis... —susurré, dándole un toque de atención.
—¿Qué? —preguntó de mala gana—. Ya vámonos.
—A tu padre también.
Alexis se quedó de piedra frente a él. Eran el espejo uno del otro: la misma altura, el mismo orgullo, la misma terquedad. El silencio pesaba hasta que Katherine, con la sabiduría de quien conoce a sus hombres, les dio un empujón decidido. Alexis se vio obligado a rodear a su padre con los brazos, un gesto mecánico y sin esperanza de reciprocidad. Era un abrazo forzado, el primero en una eternidad.