Todo lo que no te dije

Capítulo treinta — Laberinto de tu ausencia

La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas como una intrusa, dibujando líneas de un dorado pálido sobre las sábanas de hilo.

Me desperté con esa pesadez característica en los párpados, el tipo de cansancio que no se cura durmiendo, sino olvidando. Extendí la mano mecánicamente, buscando el calor de un cuerpo que ya no estaba. El lado de Alexis estaba destendido, frío, como si se hubiera marchado hace horas.

No hubo beso de despedida, no hubo el roce de sus dedos en mi mejilla; solo el silencio sepulcral de una casa demasiado grande para un solo hombre.

​Me incorporé en la cama, observando el hueco que su cuerpo había dejado. Seguramente estaba enojado por lo de ayer. Nuestra discusión había dejado cicatrices frescas sobre las viejas, y su forma de castigarme siempre era la misma: el vacío.

Me quedé allí sentado, mirando la nada a las diez de la mañana, sintiendo que el tiempo en esta casa no transcurría, sino que se estancaba.

​Al salir a la sala, el escenario era el eco de nuestra derrota. Copas de vino a medio llenar, cuyo líquido ya se había oxidado hasta adquirir un tono turbio, y los restos de la cena convertidos en un desperdicio pegajoso sobre la madera cara. Era el reflejo de nosotros: algo de lujo que se había echado a perder por no saber cuándo consumirlo.

Me propuse limpiar, no por higiene, sino por la necesidad desesperada de controlar algo, aunque fueran los platos sucios. Mientras lavaba las copas, el sonido del agua era lo único que llenaba el vacío.

​En el mesón de la cocina, encontré el primer rastro de su rendición. Un teléfono nuevo, reluciente, y una nota escrita con esa caligrafía apresurada que tanto conocía.

​"Prometo que hablaré contigo lo más pronto posible. Estabas profundamente dormido y no quise despertarte. Llegaré mañana por la mañana, así que cuídate. El Gimnasio estará abierto por si te aburres ><"*

​Y debajo, la entrega total de sus secretos. Alexis me había dejado todas sus contraseñas. Cajas fuertes del armario, de la mesa, del almacén; claves de tarjetas de ahorro, crédito y trabajo. Al ver los números, un nudo se me formó en la garganta.

09-18... 12-09... nuestras fechas de nacimiento entrelazadas en cada rincón de su seguridad financiera. Me estaba entregando las llaves de su reino justo cuando yo estaba a punto de abdicar. ¿De qué me servía saber sus secretos ahora que el aire entre nosotros era tan denso que costaba respirar? Me sentí pequeño, un intruso en su sistema de seguridad basado en el amor y la paranoia.

Había decidido que ese sería el día del cambio. Me puse la ropa deportiva, ajustando los cordones de mis zapatillas con una determinación que no sentía desde hacía meses. Iría al gimnasio, quemaría la frustración en las máquinas y me concentraría en una felicidad sencilla, ignorando los secretos que ahora poseía gracias a las contraseñas de Alexis.

Quería ser feliz, o al menos, parecerlo. Pero en cuanto puse la mano en el pomo y abrí la puerta para salir, el mundo que intentaba reconstruir se vino abajo.

​Frente a mí, bajo la luz cruda del pasillo, estaba ella.

​Ojos verdes, profundos y felinos; una melena de un negro azabache que contrastaba con la palidez de su piel.

Era Mareen.

Me quedé paralizado, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Ella, en cambio, se limitó a sonreír con una calma que me resultó aterradora.

​—¿Ibas al gimnasio? —preguntó con voz aterciopelada—. Lamento arruinar tus planes, Max.

​Era ella, sin duda alguna. Aunque llevaba varias vendas asomando bajo su ropa, recordatorios silenciosos de la violencia de la que huía, su presencia seguía siendo magnética y tóxica. La dejé pasar por puro instinto. Mareen entró en la casa, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento lento, casi solemne. Se sentó en el sofá, cruzando las piernas con una elegancia que ocultaba su fragilidad.

​—Vine porque pensé que había pasado algo —soltó, mirándome fijamente.

​—No te preocupes —respondí, tratando de recuperar mi voz—, Alexis ya me explicó tu situación y lo lamento. De verdad.

​—Aún así, quiero hablar del pasado.

​La observé en silencio. En ese momento no vi a la madre de dos hijos que necesitaba protección; vi a la chica que me había hecho la vida imposible hace ocho años por no aceptar un simple rechazo. Miré a la mujer que se vengó porque mi amor por ella se había evaporado antes de empezar. Quería hablar de las cenizas que ella misma había provocado.

​—Sí... —comencé, sintiendo un nudo en la garganta—. Desde que enviaste esa fotografía a mi madre, ella me envió al extranjero para que se me quitara "lo enfermo". Me amenazó con matarse si no me separaba de Alexis. Volví hace poco, creyendo que jamás volvería a verlo, pero gracias a un fiscal, él y yo nos reencontramos.

​Al mencionar al fiscal, una sombra de duda me cruzó la mente. Me di cuenta de algo en lo que no había reparado: el Fiscal Han era el único que me ofrecía alcohol de manera tan persistente, casi como si fuera una medicina necesaria para mantenerme dócil. Insistía tanto que empecé a sospechar que quizás no debía cerrar los ojos con Alexis, sino abrirlos de par en par con Han.

​Me empecé a sentir mal físicamente. La náusea del alcoholismo se mezclaba con la náusea de la traición. Había pasado tanto tiempo conociendo a Han y apenas ahora vislumbraba sus verdaderas intenciones.

​Dejé que Mareen se quedara. En un momento de extraña vulnerabilidad, me quedé acostado con la cabeza sobre sus piernas, sintiendo un calor incómodo.

La pregunta me martilleaba las sienes: Si estoy confiando en Alexis, ¿por qué sospecho de Han? Si confío en Han, ¿por qué sospecho de Alexis?

No tenía pruebas sólidas, pero el comportamiento de ambos me obligaba a sospechar del otro en un ciclo infinito.

​—Durante el tiempo que te conozco, siempre miras a la nada —dijo Mareen, pasando su mano frente a mis ojos.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 22.05.2026

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