Todo lo que no te dije

Capítulo treinta y uno — Apunta a la realidad

—¿Cómo me dices eso ahora? ¿Cómo esperas que me vaya de tu lado? —me había gritado esa última noche, mientras la desesperación se le cerraba en la garganta—. No te dejaré solo, amor. No puedo hacerlo ahora que todo parece desmoronarse.

​—Te irá bien, tonto.

​Pero los días pasaron. Exactamente cuatro días de un silencio radiofónico que me estaba volviendo loco. No había sabido nada de él. Ni un mensaje, ni una señal de vida, nada que confirmara que seguía respirando en aquel bosque. Me había prometido escribirme a diario, pero estos cuatro días se sentían como cuatro siglos de abandono. ¿Si es un simple guardia de seguridad, por qué le exigen tanto? ¿Por qué la señal de un teléfono no podía escapar de entre los pinos?

​La duda sembró la curiosidad, y la curiosidad me llevó de vuelta a la pantalla de mi laptop. Empecé buscando lo básico: el valor de las piezas que Alexis solía dejar descuidadas por la casa. Me encontré con un anillo, una pieza aparentemente sencilla, que en el mercado oficial de subastas alcanzaba los 200,000 dólares.

​Me quedé helado. Mi mente de abogado empezó a atar cabos. Alexis decía que trabajaba en el "bosque minero", custodiando gemas que para él parecían simples accesorios, pero que para el resto del mundo eran tesoros inalcanzables. La joyería detrás de todo tenía un concepto puramente clasista: si no tenías el apellido o el saldo bancario adecuado, ni siquiera tenías derecho a opinar sobre su brillo.

​Profundicé en la red, saltando de artículo en artículo, esquivando firewalls y foros de chismes corporativos. El fundador y dueño de las minas aparecía en algunas fotos granuladas bajo el nombre de Harvey. Su apellido estaba borrado de las redes, protegido por capas de seguridad digital, pero su rostro... ese rostro me resultaba familiar de una manera inquietante.

​Por un momento, el corazón se me detuvo al pensar que era mi suegro, Izan. Ese cabello grisáceo, la mandíbula cuadrada, la mirada penetrante... Pero al observar los ojos, unos ojos de un gris gélido y calculador, descarté la idea. Mi suegro no se dedicaba a la joyería, ni mucho menos era una figura pública de ese calibre. Sin embargo, el parecido era innegable. Era como mirar una versión distorsionada y más oscura de la familia Torres.

​Las noticias hablaban de robos constantes. La zona minera era un campo de batalla donde ricos con ambiciones desmedidas enviaban mercenarios para obtener las piedras y venderlas en el mercado negro. Pero lo que más me perturbó fue el apodo que la prensa amarillista le daba al lugar: "El Bosque Maldito".

​Y en el centro de todo, el nombre que lo coronaba todo: IMPERIA.

​—No entiendo... es tanta información que es difícil procesar —susurré para mí mismo, frotándome las sienes.

​IMPERIA no era una cadena de tiendas; era una jerarquía superior a nivel internacional. Sus gemas eran únicas, montadas en artesanías auténticas de oro y diamante que ninguna máquina podía replicar. Pero, ¿cuáles eran sus protocolos? ¿Qué clase de seguridad estricta requería que un hombre como Alexis desapareciera del mapa?

​En internet circulaban teorías conspirativas: desde sacrificios rituales hasta laboratorios de experimentación con minerales. Teorías absurdas, seguramente, pero todas coincidían en algo: nadie que entrara al corazón de IMPERIA salía siendo el mismo.

​Me recosté en el sofá, rodeado de artículos impresos y pestañas abiertas. Cada pieza del rompecabezas encajaba en un lugar que no quería ver. Alexis no era un guardia común. No era el hombre que vigilaba una puerta por un sueldo mínimo. Era alguien vital en la estructura de una organización que movía los hilos del lujo mundial.

​—Tú no eres un guardia como me lo has recalcado tanto —suspiré, cerrando la computadora con un golpe seco. La oscuridad de la sala parecía ahora más densa, cargada con el peso de lo que acababa de descubrir.

​Él me había pedido que esperara, que confiara, que no preguntara. Pero Alexis me había dado las contraseñas de sus cajas fuertes, y con ellas, sin saberlo, me había dado el permiso tácito para desenterrar su verdadera identidad.

​—Me voy a encargar de saber quién eres realmente, Alexis. Voy a entrar en tu mundo, aunque sea lo último que haga.

Llamé al Fiscal Han en un arranque de desesperación y curiosidad. Necesitaba que alguien rompiera el silencio de estos cuatro días, aunque ese alguien fuera la persona que más desconfianza me generaba. Él, con una puntualidad que rayaba en lo obsesivo, llegó exactamente a la hora acordada. Abrí la puerta y lo vi entrar con esa elegancia gélida que lo caracteriza. Se sentó en el sofá de la sala, el mismo donde Alexis solía abrazarme, profanando el espacio con su sola presencia.

​—Creí que no volvería a hablarme, Licenciado —dijo, cruzando las piernas con suficiencia.

​—Quería hablar con alguien —respondí, tratando de mantener la voz firme mientras me sentaba frente a él—. Alexis está trabajando dentro del bosque. Me dijo que no volverá en los próximos cuatro meses.

​Esperaba una reacción de sorpresa, pero Han solo se quedó pensativo, asintiendo para sí mismo como si confirmara una sospecha.

​—La tasa de criminalidad en el bosque ha aumentado mucho últimamente —soltó Han, mirándome a los ojos—. Torres y Jaden son la cabeza de la organización allí dentro.

​—La palabra "organización" suena bastante... criminal —musité, sintiendo escalofrío.

​—No es como que la organización sea limpia por completo, Jones. Usted lo sabe mejor que nadie.

​—¿Por qué me dice eso? —pregunté, provocando deliberadamente sus insinuaciones. Quería que soltara todo, que dejara de hablar en acertijos de una vez por todas.

​—Ya se lo había dicho antes —respondió él.

​Se instaló un silencio crucial. Un silencio que me hizo cuestionar si debía seguir escarbando en esta fosa o si era mejor confiar en las palabras de Alexis, que ahora me parecían vacías por la falta de pruebas.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 08.06.2026

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