—Maximiliano Jones...
Pronunciar su nombre fue como morder un vidrio. Me miraba con una expresión que no pude descifrar; era un naufragio de asombro y horror, una mezcla amarga que se decantaba rápidamente hacia una decepción absoluta. El aire entre nosotros se volvió denso, cargado con el olor metálico de la muerte que me rodeaba.
Mi radio chirrió, rompiendo el silencio como un latigazo.
—A2, los de la zona sur son dos que mataste. Confirma.
Apreté el dispositivo sin despegar los ojos de Max, quien seguía ahí, estático, procesando el hecho de que su "cielo" era un verdugo.
—Sí —afirmé, y mi propia voz me sonó ajena, despojada de toda humanidad—. Yo los maté.
Maximiliano rodó los ojos en un gesto de amargura pura, se acercó a mí con una furia desesperada y me tomó del cuello de la camisa, sacudiendo mi mundo de mentiras.
—¿Esto era tu puto cambio? —me escupió, y sus palabras dolieron más que cualquier bala.
No hubo tiempo para responder. El eco de botas pesadas anunció la llegada de los refuerzos que yo mismo había pedido. No podía explicarle nada, no podía pedirle perdón. Cuando los dos soldados aparecieron entre la maleza, no dudé. Disparé al instante. El estruendo de la pólvora fue el adiós definitivo a mi fachada. No iba a permitir que le pusieran una mano encima; prefería ser un traidor antes que verlo morir.
En cuanto cayeron, corrí hacia ellos. No buscaba signos de vida; buscaba su sangre.
Me acerqué a Max, que estaba petrificado por el miedo. Con movimientos erráticos y desesperados, tomé la sangre tibia de mis compañeros y la restregué en su pecho, en su cara, en su ropa.
Apretaba la pierna del cadáver bajo mis manos para extraer el líquido rojo y cubrilo a él, intentando montar una puesta en escena macabra que lo hiciera pasar por una víctima y me permitiera sacarlo vivo de este infierno. Parecía un crimen de odio, pero era mi último acto de amor.
—Max, escúchame —le supliqué, mientras mis dedos temblorosos lo manchaban—. Debes salir de aquí antes de que te descubran.
Él me miraba con un terror que me desgarraba. Lo abracé con fuerza, queriendo absorber su pánico, pero mi cuerpo solo le devolvía el frío del acero. Se sentía vacío. No había consuelo en el abrazo de un monstruo.
—Esto... es lo que no podías explicarme —susurró, apartando mis brazos con una firmeza que me heló el alma.
Max estaba rígido, su respiración era un silbido entrecortado, como si el aire del bosque le quemara los pulmones. No apartaba la mirada de la sangre que cubría sus manos. Yo no sabía qué hacer con las mías; estaban empapadas de una traición que no tenía vuelta atrás.
—Esto... —tragó saliva, luchando contra las náuseas— esto es lo que no podías decirme. Debí creerle al fiscal Han.
Cerré los ojos, sintiendo el impacto de ese nombre. Sí. Era esto. La oscuridad que escondí tras besos y promesas. Lo que soy cuando el sol se pone. Lo que haría por cualquiera, pero que nunca quise que él viera.
—Max, no tenía que ser así —susurré, interponiendo mi cuerpo entre el suyo y el ruido de más soldados acercándose—. No quería que vieras esta parte de mí... pero no hay tiempo. Si te ven, te matarán sin preguntar.
Él retrocedió un paso, pero su mano seguía aferrada a mi brazo, como si una parte de él aún no pudiera soltar al hombre que creía conocer. Estaba en shock, suspendido entre el amor y el horror.
—Alexis... tú... tú disparaste a tu propio compañero —dijo con la voz rota, cada sílaba cayendo como un vidrio que se hace añicos—. ¿Qué es este lugar? ¿Qué eres tú?
Sentí un nudo de hierro en la garganta. No había palabras que pudieran lavar lo que acababa de pasar.
—Alguien que intenta protegerte —respondí. Era la verdad más cruda y miserable que me quedaba.
Las radios estallaban en voces, las botas golpeaban la tierra cada vez más cerca. El protocolo de emergencia estaba en marcha. Los demás llegarían en segundos. Lo tomé del rostro, obligándolo a mirarme por encima del caos.
—Max, mírame. No puedes quedarte aquí. Si te encuentran, si saben que viste esto... no sé qué te harán. Tienes que correr. ¡Ahora!
Sus lágrimas rodaban por sus mejillas, mezclándose con la sangre ajena, en una imagen de pureza mancillada que me perseguirá siempre.
—¿Y tú? —susurró, su voz cargada de una preocupación que no merecía—. ¿Qué te harán a ti?
Quise mentirle. Quise decirle que todo estaría bien. Pero la realidad era una losa demasiado pesada.
—Sobrevivo —dije con frialdad de quien ya no tiene nada que perder—. Pero tú no. Así que corre. ¡Ya!
Hubo un segundo de silencio absoluto en su mirada. El miedo se mezcló con algo profundo y protector; una última chispa de conexión que se apagaba. Entró en una etapa de negación, golpeándose la cabeza como si quisiera despertar de una pesadilla. En el forcejeo, dejó caer un sobre. Lo recogí y lo abrí: un contrato de IMPERIA con su nombre resaltado en negrita.
—¿Por qué quieres trabajar aquí? —le pregunté, apretando su muñeca, sintiendo la frustración explotar en mi pecho—. ¿No ves el peligro?
—No —respondió, y en su mirada solo quedó el vacío de la decepción—. Nunca me lo dijiste. Asesino.
Me quedé paralizado. Esa palabra colgó en el aire húmedo del bosque, pesada como el plomo. Su muñeca temblaba bajo mi agarre, pero no se soltó; me miraba como si por fin estuviera viendo el verdadero rostro de la persona con la que dormía cada noche.
La frustración me subió por la garganta, una mezcla de rabia contra Han, contra este lugar y contra mí mismo por no haber sido capaz de mantenerlo lejos de esta podredumbre.
—¡Lo hice por ti! —le siseé, apretando los dientes para no gritar—. ¡Todo este infierno es para que tú no tuvieras que saber que este mundo existe!
Él soltó una risa amarga, una que me dolió más que un golpe en las costillas.
—¿Para que yo no lo supiera? —preguntó, mirando el sobre del contrato que ahora estaba pisoteado y sucio—. Me trajiste a vivir a una casa llena de cámaras, me escondiste quién eras... y ahora me manchas de sangre para "protegerme".