como una marioneta a la que le han cortado los hilos. El mundo daba vueltas y el rojo... el rojo lo cubría todo. No sentía el dolor de la bala en mi brazo, ni el frío de la lluvia que empezaba a mezclarse con el lodo. Solo sentía un vacío ensordecedor.
Miré hacia abajo. Jaden estaba allí, con la paz que no pudo encontrar en vida reflejada en su rostro ahora inmóvil. La última lágrima se había secado, dejando un rastro de humanidad en medio de aquel monstruo en el que Harvey nos había convertido.
—¿Jaden? —susurré.
No hubo respuesta. El "clic" final del arma había sellado nuestro pacto de infancia de la manera más cruel posible. Lo había defendido de sí mismo, pero el precio había sido su último aliento.
La Realidad de la Huida
De pronto, el peso de la realidad me golpeó en el pecho. Max.
Él estaba ahí fuera, corriendo por su vida, creyendo que yo era un asesino a sangre fría, manchado con la sangre de su "refugio". Todo me quemaba la garganta: lo había salvado de la muerte, pero lo había condenado al trauma. Lo había alejado de mí con una mentira sangrienta solo para que tuviera una oportunidad de respirar.
Me llevé la mano sana a la cabeza, apretando mis sienes.
El azul intenso de mis ojos, ese que Max solía decir que iluminaba sus mañanas, se estaba apagando bajo una costra de errores y sangre. Me di cuenta de que todos seguíamos siendo esos niños del kinder: Jaden seguía huyendo de la culpa; yo seguía buscando un amigo, y Max... Max seguía creyendo que los refugios eran seguros, sin saber que los más hermosos son los que tienen las trampas más letales.
—Jaden está herido, ¡necesito ayuda en la zona sur central ahora mismo! ¡Se está muriendo! —grité por el radio con las últimas fuerzas que me quedaban.
Verlo ahí, indefenso, con su cabello confundiéndose con el rojo de la sangre, me partió el alma. Pero la frustración de saber que Max estaba allá afuera, odiándome y en peligro, me obligó a soltar su mano.
—Lo siento, Jaden... tú sabes que él es importante para mí —susurré antes de que los enfermeros lo subieran a la camilla.
Me atendieron ahí mismo, un vendaje improvisado para retener la hemorragia, pero la bala seguía dentro, quemando mi carne como un recordatorio constante de mi traición. Ignoré los gritos del enfermero que me exigía ir al hospital. Mi cuerpo pesaba, mi mente estaba borrosa por la pérdida de sangre, pero mis piernas seguían moviéndose por puro instinto de supervivencia.
Cinco minutos. Fue lo que tardé en llegar a la salida, solo para encontrarme con el hombre que había tejido esta telaraña desde el principio.
—Fiscal...
Él soltó una carcajada seca, ajustándose el traje mientras miraba mi estado lamentable con un placer sádico.
—Sabe, joven... le advertí muchas veces al licenciado —dijo el Fiscal Han, con esa sonrisa que me daban ganas de borrarle a golpes—. Pero él siempre decía lo mismo: "Quiero que él me lo diga". Esas eran sus únicas palabras cuando le advertía de usted.
Supongo que no le fue bien. Lo vi salir de aquí hace un momento... lleno de sangre y con el alma rota.
La tensión en el aire se volvió eléctrica. Han no solo había enviado a Max al matadero, sino que ahora disfrutaba viendo cómo los restos de mi vida se desmoronaban frente a él.
—¿Dónde está? —pregunté, dando un paso inestable hacia él, dejando un rastro de gotas rojas sobre el pavimento—. ¿Qué le hizo?
—Quería que él viera el monstruo que es —soltó el Fiscal con sonrisa de victoria—. Tenga suerte. Dudo mucho que lo perdone.
Sentí la rabia bullir en mis venas, superando por un segundo el dolor físico. Me acerqué a él, con la voz cargada de amenaza real.
—Te advierto una cosa, Favre... si Maximiliano Jones se monta a un avión, te hago la vida imposible empezando con tus hijos y tu esposa.
Su mandíbula se tensó al instante, cerrando los puños mientras el calor de la ira deformaba su rostro.
—Mira de lo que eres capaz —rió, tomándome del hombro con cinismo—, pero tengo un puesto superior a ti. Soy intocable.
—Entonces siéntate y ve cómo tu vida se hace miserable —le solté, desprendiéndome de su agarre—. Vendrás a mí de rodillas a pedir que te perdone la vida.
—Me estás amenazando para después irle a llorar a ese idiota —escupió él como última palabra.
Reí con amargura mientras me sostenía el brazo, caminando con dificultad hacia mi auto. El brazo me temblaba; el dolor era una bestia que ya no podía contener. Al cerrar la puerta del coche, solté un grito que desgarró el silencio del estacionamiento. Era insoportable.
Con movimientos torpes, saqué de la guantera gasas, agua esterilizada y yodo. Apreté la herida con fuerza, ahogando un gemido, tratando desesperadamente de detener la hemorragia. Aunque recién me habían tratado. Respiraba agitado, con la mente martilleando la misma idea: ¿qué iba a hacer ahora?
No podía dejarlo ir como la última vez. Mi renuncia estaba sobre la mesa, Imperia ya no importaba. Si todos tenían que morir, que lo hicieran, pero él no. Pensé en ir a casa, pero ya no era un lugar seguro para él. Tenía que ir al aeropuerto. Estaba a una hora y Max me llevaba ventaja.
Cada minuto en la carretera se sentía eterno. Marcaba su número una y otra vez, pero el silencio era mi única respuesta. Manejaba a toda velocidad, ignorando el mareo y la carretera vacía, hasta que, justo antes de rendirme, la llamada fue aceptada.
—Vuelve a llamar y te juro que llamo a la policía —su voz sonó cortante, definitiva.
—¡Max! ¡Debes escucharme! —supliqué con desesperación—. Por favor, no te vayas.
—Alexis...
—Sé que vas al aeropuerto. Detente, necesitamos hablar, yo...
—Esta no es la vida que quiero para mí.
—¡Max, por favor! —grité, golpeando el volante con la mano sana, mientras el dolor del brazo me subía por el cuello—. No dejes que el Fiscal gane. Él te llevó allí para esto, para que me vieras caer. ¡Todo lo que hice fue para que no tuvieras que pisar ese infierno!