Me quedé parado ahí. Agitado, con la ropa en la camilla sin aún ponérmela. El doctor suspiró nuevamente, acercándose a mí.
—Alexis... debes aprender a dejar ir.
—¡No puedo!...No después de lo que sacrifiqué. No después de lo que soy.
Jack dio un paso más, ignorando el peligro que yo representaba.
—Mírate. ¡Estás de pie por pura rabia!, pero tu cuerpo se está rindiendo. Maximiliano hizo lo que un hombre libre hace: eligió su camino. Si de verdad lo amas como dices, lo último que puedes hacer por él es no convertirte en su sombra por el resto de su vida.
Apreté los dientes. El dolor del brazo izquierdo era un latido constante, una alarma que me recordaba que seguía vivo, muy a mi pesar. Miré la ropa casual sobre la cama. Si me la ponía, si cruzaba esa puerta, el mundo exterior no sería el mismo. Max... Max estaría a miles de kilómetros intentando olvidar mi nombre.
—Él me salvó —murmuré—. Me salvó en la secundaria, cuando cometí un error y pensé en suicidarme, pero él me salvó... y otra vez lo hizo, pero me dejó aquí para que viviera, Jack. No puedo simplemente "dejarlo ir" cuando él fue quien me dio esta segunda oportunidad que no pedí.
Levanté el arma.
—Déjame buscarlo, deja que yo busque a la persona que me importa.
—¡Ya te dije que no puedo!
—¡Entonces te mueres! —grité en un hilo—. Nadie es un obstáculo para mí...
El frío del arma estaba en su cabeza. Él se quedó en silencio. Estaba desesperado por saber dónde estaba cuando, en ese momento, mi padre entró a la habitación.
No tenía cara de sorpresa. Cerró la puerta y se colocó frente a su hermano menor.
—Mátame.
Fue lo que dijo gélidamente, acercando el arma a él. ¿Qué demonios hacía aquí y quién metió en este asunto a este señor? Aun así no se movió; se quedó quieto, rígido frente a mí, sin miedo. Nada lo hacía cambiar de opinión.
—¿Por qué tienes un arma? ¿A qué te dedicas realmente para venir dos veces al hospital y que Jaden esté en estado crítico ahora?
—Solo discutimos. Nos enseñaste a usar armas, papá, así que no te hagas el inocente.
Bajé el arma, la dejé en la cama y comencé a desconectarme de los cables que estaban en mi cuerpo. Realmente no sabía a dónde iría o qué camino tomar para buscarlo. No obstante, mi padre y mi tío no se movían del lugar; no estaban asustados, simplemente preocupados.
—A dónde irás si ya pasaron tres días —preguntó mi tío—. Esto puede ser peligroso, necesito que reposes para poder recuperar la movilidad de tu brazo... si no me haces caso, tu brazo quedará inmóvil.
—¡¿Entonces qué hago?! ¿Sabes lo que piensa Maximiliano de mí en estos momentos? ¿Sabes dónde está ahora como para estar tranquilo? ¿Por qué se esmeran en detenerme?
Golpeé la camilla, ya no sabía qué hacer.
—¿Saben que? me voy ahora mismo.
—¡¿Tanto amas a ese niño?! —gritó mi tío, colocándose detrás de mi padre como escudo.
—¡Sí, lo amo tanto! Amo a Maximiliano como nadie tiene idea. Porque Max... porque él me dio libertad. Algo que nadie pudo hacer por mí —dirigí mis ojos a mi padre—. Max no vio en mí al heredero de los Torres. Él vio a alguien que quería ser escuchado, al niño asustado. Maximiliano Jones... a él lo amo. Porque amo cómo se siente existir cuando estoy con él.
Y al fin, había encontrado el significado del amor; ese que nunca tiene un verdadero significado, pero para mí, el amor es todo aquello que te hace sentir que existes, que te hace sentir vivo. Había pensado tanto en ese significado que ahora que no lo tengo, ya no sé cómo decirlo.
Ellos se quedaron en silencio. Mi padre se mantuvo firme, aunque mirando a la nada, mientras que mi tío no sabía cómo actuar. Tomé el arma de nuevo, apuntando a ambos, cerrando los ojos por un milisegundo.
—Muévanse. Lo iré a buscar; lo buscaré debajo de las piedras si es necesario.
Se hicieron a un lado y abrí la puerta con torpeza.
Hace mucho tiempo, cuando era un estúpido adolescente, no sé cómo es que podía mirarte fijamente sin que te dieras cuenta. Era como un juego criminal. Cuando no podía verte, ansiaba las ganas de buscarte, pero a veces no te encontraba y eso me desesperaba con totalidad. Tenía que hacerme la idea de que estabas ocupado y no te buscaba, y cuando al fin te encontraba, estabas en la enfermería. Debí buscarte mucho más en ese momento.
Sentía que pensarte era tan prohibido como tenerte. Algunos de nuestros abrazos fueron problemas para amarnos; en los ocho años que te fuiste quería abrazarte, pero no podía tenerte. Quiero darte el título de mi primer amor, aunque de niño siempre creí que las personas que aman siempre serán la misma. Porque cuando estoy contigo todo se convierte en un caos, en una guerra entre lo correcto y lo pecaminoso, como si todo lo que nos rodea no nos quisiera juntos.
No quiero que seas un sticker difícil de quitar; de hecho, quiero que seas un tatuaje. Que tú seas la tinta que esté dentro de mí para siempre, que solo seamos uno. Que nos amemos con la intensidad con que lo hago yo. Aunque ahora mi lealtad se ha convertido en problemas, mentiras y un juego de armas...
Quiero darte el título de mi primer amor, aunque de niño nunca supe explicar lo que sentía o lo que realmente era. Nadie me enseñó a ponerle nombre. Y aun así, también quiero darte el título de mi único amor, porque aunque el tiempo pasó, el sentimiento se quedó.
—Maximiliano...
Cuando te vi al abrir la puerta, no pude creer lo que miraba. Creí que, por estar todavía bajo la anestesia, eras una simple ilusión que pasaba por mi cabeza. Lo sorprendente es que conozco esos gestos de memoria. Llevabas esa cara de "¿Por qué te volviste a meter en problemas?". Recuerdo esa cara en la dirección de la escuela.
Él estaba bien. Estaba abrigado, su piel intacta, incapaz de parecer tocable, como una pintura en un museo.
Caí al suelo. Sentí la porcelana fría en mi rodilla desnuda, pasando mi mano herida por su pantalón de tela. Abrazarlo a él se sentía como aferrarse a un lugar del que no querías escapar.