—Enamorarme de ti... fue el error más hermoso que he tenido.
Me obsesioné... con la forma en que resistías. Con esa manera absurda de seguir de pie incluso cuando todo a su alrededor se caía. Lo invité a beber porque quería ver qué se rompía primero: su moral o su control. Y cuando no se rompía… entendí que el problema no era él. Era yo. Porque con Max no puedes simplemente observar. Terminas involucrado. Terminas queriendo empujarlo al límite solo para verlo reaccionar.
No es amor lo que siento por él. Es la necesidad de tenerlo cerca incluso cuando lo destruyo, y lo peor es que él aún no entiende que cada paso que da lejos de mí… ya lo estoy siguiendo.
Su forma de caminar es demasiado segura para alguien que ha sido herido. Como si el mundo no tuviera derecho a detenerlo, aunque claramente ya lo ha hecho más de una vez. Sus ojos… no son suaves. Son de esos que no piden permiso para mirar de vuelta. Y eso siempre me molesta un poco más de lo que debería.
Hay algo en su rostro cuando está cansado. No se rinde, solo baja la guardia lo suficiente como para parecer humano. Es en esos momentos cuando es más interesante. Su voz cambia cuando está bajo presión. Más baja, más cruda. Como si ahí sí dejara salir algo real. Y su cuerpo… siempre en tensión, incluso cuando intenta fingir que está en calma.
Como alguien que nunca ha aprendido a confiar del todo en el lugar donde está parado.
No es que me guste en el sentido que otros entienden... Es que es imposible no mirarlo demasiado tiempo. Pero en el fondo del azul siempre estaba esa mancha roja que lo arruinará todo...
—¿Es posible matar a los fantasmas que asustan como tú? —me había dicho un pelirrojo, acercándose a mí cuando estaba por entrar al salón.
No era la primera vez que me lo encontraba, de hecho era la segunda. Cuando intentaba acercarme, él siempre estaba detrás de mí; alguien me seguía.
La tercera vez, me llevó a los baños, ahogándome con el agua sucia del lugar. Mi respiración estaba acelerada mientras que él actuaba normal. De hecho, vi una sonrisa que nunca había visto, como la de un psicópata. Me lanzó hacia la pared sólida de los baños.
Estaba respirando con rapidez, con miedo; quería que la pared me tragara en ese momento. Jaden... era un completo loco.
—¡¿Qué quieres, huérfano?! —grité con todas mis fuerzas.
Tenía miedo. Él solo me miró indiferente, sin sonrisa alguna, como si le molestara. Había escuchado que todo aquel que le decía "huérfano", él siempre se salía con las suyas fuera de la escuela. Se sentó frente a mí, con sus rodillas en el suelo, tomando mi mentón junto a una navaja.
—Es verdad —suspiró—. Soy huérfano. Mis padres no me enseñaron que si mato a alguien es un delito.
Dejé de respirar y él se reía. Acarició mi cabello y mi mentón con su otra mano.
—¿Qué quieres? —susurré, ya con miedo.
—Aléjate de donde no te llaman...
El cuchillo estaba por mi cuello, el filo del metal me estaba levantando los pelos. Iba a morir por este lunático. Este idiota, ¿qué sabía?
—¿Por quién estás interesado, Maximiliano o Alexis?—rió—. Tal vez no los conozcas por sus segundos nombres: Evans o Adrian.
Me quedé en silencio, no quería contestar, pero el cuchillo me punzó.
—A... Adrian Maximiliano... J-Jones —balbuceé torpemente.
Murmuró, pensativo, sin bajar el arma de mí. Pero no me sentía mal, me sentía aliviado; decir mi secreto me había dado paz por un momento, a pesar de... habérselo dicho a la persona incorrecta.
—¿Max no está solo en los salones, fantasma? Se besa asquerosamente con Alexis. ¿Crees que tienes oportunidad? ¿Qué quieres en realidad? ¿Besar a un hombre?
Me besó la comisura de mi labio y no pude defenderme porque tenía la hoja en mi cuello.
Cuando se detuvo me miró, esos ojos verde azulado me miraban a mí, asqueado, disgustado por haber hecho algo que él quiso hacer. Se levantó sin dejar de mirarme y luego me pateó en el estómago.
—Sabes, nunca he matado a alguien, pero no sería tan malo que tú fueras mi primera víctima. Tienes que jurarme algo, fantasma.
Asentí con temor, sosteniendo mi estómago por el dolor.
—Aléjate de Max... no es tuyo.
—¡Tampoco de Alexis! Yo podría...
—Tal vez ambos tengan novia, pero tú y yo sabemos que eso no importa. Mareen y Yara... serán mi asunto de ahora en adelante y tú sigue siendo invisible.
Me golpeó y al abrir el baño su novia Sarah estaba enfrente. Él solo la miró y luego pasó su brazo por su cuello.
—Acabo de besar a un hombre, ¿puedes creerlo? Es lo más asqueroso que he hecho en mi vida.
Supe que a Sarah no le importaba, de hecho se burlaba junto a él como dos demonios riéndose de la víctima. Estaba totalmente aterrado. Ese psicópata podría matarme en cualquier momento... y es por eso que en la secundaria jamás me acerqué a ti...
Supe que te fuiste a Suiza y te seguí. No podía perderte de mi vista, estaba loco, obsesionado con tu paradero, me gustaba saber cómo era tu vida jodidamente perfecta. Casi inmune a la pobreza.
Me di cuenta de que en Suiza estabas a punto de comprometerte y eso me volvía loco. Moví mar y tierra para encontrar a Mareen y en poco tiempo la hice mi esposa. Ella tampoco me conocía, pero era una ventaja. Hice dos hijos con ella porque sabía que a Max le gustaría tener un niño y una niña... y qué mejor que de tu primer amor.
—Tengo dinero. Puedo cumplir tus sueños, Max, ¡pero tienes que amarme a mí, a mí!
—¿Tu esposa es Mareen? —preguntó Max, retrocediendo con miedo.
Yo no pude hacer nada porque sabía perfectamente que Maximiliano se molestaría, pero yo... estoy molesto conmigo mismo por permitir que este loco entrara en nuestras vidas. Lo conocía perfectamente, de hecho mejor que yo, y eso me llenaba de rabia.
—Sí... la hice sufrir por todo lo que te hizo. Ya podemos estar juntos, mi amor... ¡Para siempre!