Creí que ese sería mi final: morir tras recibir dos disparos. Creí que todo el sufrimiento contenido por fin se acabaría en ese instante y que mi alma comenzaría a florecer como en primavera. Pero morir cerca del invierno era raro; sentir el cambio del clima calando mis huesos lentamente era algo difícil de procesar. Sin embargo, no morí. Cuando me dieron el alta, el doctor me sentenció con una advertencia:
—Es probable que pierdas la movilidad de las piernas.
Al principio lo sentí como un castigo, el peor de todos. Vivir sin alma, me decía a mí mismo. Regresar a ese hogar donde me golpeaban por derramar una sola lágrima no se sentía seguro; se sentía como volver al peligro. Pero desde el primer día allí, mi estadía fue completamente extraña. El monstruo ya no estaba.
—El doctor dijo que ya podrías comenzar a bañarte —anunció Izan, abriendo la puerta de la habitación.
No me negué; creí que podría hacerlo solo. Pero él, aunque ya era un viejo, logró cargarme con cuidado hacia la silla de ruedas y luego me llevó hasta el baño. Me resultaba insólito no escuchar ni un solo reproche de su parte; hacía todo en un silencio sepulcral.
Quería provocarlo, hacerlo sentir mal, pero antes de que pudiera articular palabra, vi a Katherine asomarse a la puerta con una sonrisa dulce, llevando un delantal y su largo cabello recogido. En cuanto Izan se retiró, lo comprendí todo.
—¿Tú... tú me vas a bañar? —exclamé, apenas vi a Katherine acercarse con las toallas.
—No puedes hacerlo solo. Este bebé de veinticinco años necesita un baño, ¿verdad?
—¡No quiero que me veas! —protesté, sintiendo mis mejillas teñirse de un rojo intenso—. ¡No quiero que me veas desnudo!
—Bañé a Alexis a los quince, ¿qué diferencia hay con que tengas veinticinco?
Estaba decidida. Y yo no podía huir porque mis estúpidas piernas no me funcionaban al cien por ciento. Me ayudó a entrar en la bañera, donde el agua apenas me cubría. Yo mantenía la mirada perdida, consumido por la vergüenza, mientras ella me lavaba con la naturalidad de quien baña a un niño cualquiera, frotando un champú suave sobre mi cabello.
—Qué vergüenza... Me estás bañando tú...
—¿Quieres que lo haga Izan? Puedo llamarlo si prefieres.
Dejó la esponja en el agua y amagó con levantarse. Al ver que hablaba en serio, le tomé la mano con prisa, mirándola fijamente.
—¡Hazlo tú! —pedí en un susurro—. No quiero que nadie más me vea...
Ella soltó una pequeña risa y volvió a sentarse. Enjabonó mis piernas y mi espalda mientras yo seguía completamente sonrojado, contemplando a una madre que bañaba a un chico que ni siquiera llevaba su sangre.
—Recuerdo cuando Alexis reaccionó exactamente de la misma manera —comentó ella, con nostalgia—. Recuerdo que me gritó: "¡No tienes derecho a verme desnudo!", olvidando por completo los cuatro años en que le cambié los pañales.
Su risa se sintió como una hermosa victoria.
—El doctor dijo que las balas no se acercaron a la columna vertebral —añadió Katherine, rompiendo el silencio—. Con terapia, volverás a caminar.
—Quiero caminar.
Pasamos un largo rato en el baño mientras ella curaba mis heridas con una delicadeza infinita. Yo no podía dejar de mirarla, hasta que la duda me obligó a preguntar:
—¿Me cuidas solo por ser el hijo de la persona que amaste? Sé... sé la historia que hubo entre mi padre y tú.
Katherine se detuvo justo cuando terminaba de colocar el último vendaje. Se colocó detrás de mí y comenzó a cepillar mi cabello con suavidad; para ese momento, ya habíamos salido de la bañera.
—Siempre he querido tener muchos hijos —confesó con ternura—. Pero Izan solo me dio uno. Sin embargo, la vida me dio dos más para adoptar: a Maximiliano y a ti. Los quiero como a mis propios hijos.
—¿Por qué nunca hablas de mi padre?
—Tu padre y yo éramos de mundos diferentes. Él era un hombre libre que podía hacer lo que quisiera, a la hora que quisiera... Mientras que yo... yo solo sabía recibir órdenes.
—Pero yo no soy tu hijo... ¿Por qué me tratas como si lo fuera?
—Porque eres el hermano de vida de mi hijo, eres la sangre de mi primer amor y eres mi niño desde el momento en que pisaste esta casa. Eres mi hijo aunque no te guste. Mira nada más, te estoy bañando y ya eres un viejo. No tienes idea de cuántas veces lloré por ti desde que te fuiste.
Jamás había escuchado palabras así en toda mi vida. Se sentía sumamente extraño, pero reconfortante. Pensar que durante tanto tiempo creí que no le importaba a nadie... era el peor sentimiento del mundo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije, mirándola de frente cuando se colocó ante mí con esa sonrisa que siempre traía en los momentos más brillantes.
—Claro, lo que quieras.
—¿Puedo... llamarte mamá?
Esa fue mi única petición si iba a pasar los próximos meses bajo su techo.
—¿O sea que ahora tendré que compartir a mi mamá? —le pregunté a Jaden días después, mirándolo con una mezcla de burla e inquietud mientras recordaba su historia.
Sabía que esa cicatriz de bala lo marcaría de por vida, pero se convertiría en el recordatorio del día en que finalmente se desahogó tras tantos años de encierro. Lo abracé con fuerza; me hacía inmensamente feliz ver que Jaden volvía a ser el mismo chico que había conocido en la infancia, cuando apenas sabíamos nada de la vida.
Sin embargo, a pesar de la felicidad, la oscuridad seguía pesando sobre nosotros.
El contrato.
Ese maldito documento me tenía completamente atado de pies y manos. Por más que intentaba buscar una cláusula para romperlo, era una condena ineludible.
Pensar que ahora Jaden y yo sabíamos que Harvey Lorien estaba dispuesto a desatar una guerra entre nosotros me aterraba. Los problemas que venían iban a ser más grandes, más tediosos, casi imposibles de sobrevivir.
Me apoyé en el hombro de Jaden, abrumado por la realidad. En ese instante, volví a sentir que mi vida era una completa mierda.