Aleakai
Amanecía el tercer día en el hotel. La luz del amanecer comenzaba a colarse entre las cortitas y le daban a la habitación una tonalidad blanquecina que, cuando abrió los ojos, pensó que estaba en el cielo. Estaban hechos un amasijos de brazos y piernas, no sabían dónde empezaba uno y acababa el otro. El calor que desprendía el cuerpo de Héctor, que aún dormía, le incitaba a volver a cerrar los ojos.
En aquellos días, el humor del chico había mejorado de forma considerable. Comer, dormir y poder ducharse habían sido un buen estimulante para que el ánimo de ambos se mantuviese en alzas. Habían podido conocer a otros soldados, con los que habían cenado y compartido historias de antes de que el mundo fuese un infierno. Por las mañanas, después de tomar un pequeño desayuno, Aleakai acompañaba a Gabriel para revisar los coches y Héctor se quedaba ayudando a Milena en la enfermería. Tener algo que hacer, además de evitar morir, les vino bien.
En el segundo día, Mateo y Amelia llegaron al hotel con la noticia de que habían encontrado al soldado que buscaban cuando los conocieron, la pareja de Amelia. Por desgracia, ya no estaba vivo cuando lo hallaron. El llanto de la chica sobrecogió a Héctor, que fue el encargado de intentar levantarle el ánimo, aunque era una tarea de lo más complicada. Verle interactuar con aquella aura de hermano mayor hizo que el corazón de Aleakai se acelerara. Durante todo el día, ambos habían estado pendiente de la chica. Se sentía identificado con su dolor y no podía evitar querer hacer compañía a la muchacha.
Ahora, con los primeros rayos de sol del día número tres de aquella estancia, Aleakai sentía que su cuerpo y su mente estaban unidas de nuevo. Miró a Héctor, que seguía durmiendo entre sus brazos, con el pelo rubio revuelto y aquella expresión de paz que le encantaba ver. Se sentía normal, como si no hubiese muertos vivientes habitando las calles. Si ignorada la desolación que podía atisbarse a través de la ventana, solo eran una pareja normal, disfrutando de su estancia en un hotel, pasando unas vacaciones, probablemente.
—Héctor. –Susurró el nombre del chico contra su cuello, posando sus labios en su piel un segundo después.– Despierta, tenemos que bajar a desayunar.
El contrario inspiró profundamente y emitió un sonido mitad queja, mitad murmullo adormilado. Había descubierto que a Héctor se le pegaban las sábanas por la mañana, si estaba lo bastante relajado como para disfrutar del sueño. Le encantaba seguir encontrando pequeños trocitos de su personalidad mientras convivían.
—Vamos, ya ha amanecido.
Bajó sus labios hasta la curva de su cuello y sonrió satisfecho cuando el contrario se estremeció. Héctor le acabó apartando y dándole la espalda para seguir durmiendo, tapándose la cabeza con las mantas. Aleakai le dio, exactamente, cuatro segundos para que disfrutase de volver a cerrar los ojos antes de buscar sus costados para hacerle cosquillas. Héctor se sobresaltó y pataleó hasta alejarse de sus manos. Cuando le miró, ya estaba lo suficientemente despierto como para ser capaz de cabrearse.
—Odio que hagas eso.
Aleakai sabía que mentía.
—Buenos días a ti, también.
Eliminó la distancia que había entre ambos para dejar un casto beso sobre sus labios. Cuando se alejó, notó que el enfado del chico había desaparecido por completo. Aleakai sintió el impulso de arrancarle las sábanas y tirarse sobre él para comérselo a besos, otra vez, pero tuvo que luchar contra él. El día había empezado y debía de ponerse en marcha, cuanto antes, mejor.
—Venga, se nos hará tarde.
---
Tras el desayuno, se separó de Héctor para poder ir a hacer sus tareas asignadas. Desde que ofreció sus servicios como mecánico, siempre había algún coche que revisar. Cuando los vehículos se acabaron, estuvo arreglando todo tipo de electrodomésticos y aparatos electrónicos. No tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, y se aseguró de dejar claro que aquella no era su área, pero a Gabriel no le importó. La mano de obra gratuita, aunque inexperta, seguía siendo fundamental, incluso en el apocalipsis.
—Ya están rotos o funcionan mal. No puedes empeorarlo.
A Aleakai seguía pareciéndole increíble la facilidad con la que había formado una amistad con el soldado de pelo negro. El hombre parecía disfrutar del humor enrevesado que tenía, siempre que hacía alguna de sus bromas macabras, el militar estallaba en carcajadas. El roce hacía el cariño, y ellos pasaban mucho tiempo juntos, desde que le habían encargado mantener a punto todos los coches y aparatos electrónicos del lugar.
Le había contado que había estado casado, pero que su mujer murió en los primeros días del estallido del virus. No tuvo tiempo de llegar a casa porque había estado destinado en otra ciudad cuando el caos se extendió por el país. Mateo y él formaban parte de la misma unidad, eran algo así como mejores amigos, por eso siempre iban juntos, llevaban varios años sin separarse. Le había hablado de su familia, de su ciudad natal, Valencia, y de sus amigos. Aleakai había compartido algunas memorias sobre su vida. Le había hablado sobre la abuela María, sobre su jefe y Elliot. No tenía muchas cosas bonitas que contar, pero Gabriel escuchaba cualquier recuerdo con el mismo interés.
Sin embargo, por lo que más preguntaba era por su relación con Héctor.