Todo lo que nos queda de mundo

Capítulo 18

Héctor

—Aleakai… Espera un momento.

Gabriel había ido a buscarlos para cerrar la puerta de la azotea. El frío se les había quedado metido en los huesos y estaban tiritando. El soldado se había echado a reír cuando vio el estado en el que se encontraban y volvió a recordarles que no estaban hechos para la vida en el fin del mundo. Después de bajar los innumerables pisos hasta su habitación, cada uno tomó su turno en la ducha, dejando que el agua les calentase el cuerpo y antes de bajar a cenar, se habían tumbado un rato en la cama, esperando que sus espaldas olvidaran el duro tacto del suelo.

Aleakai no había perdido ni un solo minuto en echarse sobre él para besarle. Su boca estaba en todas partes. En sus labios, en su mandíbula, en su cuello y un poco más abajo, hacia su clavícula. Se le erizaba la piel cada vez que sentía el aliento del moreno contra su cuello. Y por mucho que le insistía en que parase, ni él mismo quería que lo hiciera.

—Solo te estoy dando besos. No estoy haciendo nada inapropiado.

El chico metió las manos bajo su cuerpo para abrazarle. A Héctor siempre le avergonzaba aquella cercanía, porque era incapaz de ocultar lo rápido que le latía el corazón. Aleakai estaba sobre él, con aquella sonrisa arrebatadora en la cara, fingiendo inocencia cuando sabía que estaba provocándole. Se dejó caer contra su cuerpo y Héctor puso sentir el calor que emanaba el contrario. Cuando la cabeza morena y rizada del chico se apoyó en su pecho, no pudo evitar pasar las manos entre sus hebras color castaño. El contrario emitió un sonido parecido a un gruñido y después suspiró. Seguía sintiendo calor en cada punto donde la boca de Aleakai se había posado.

—Deberíamos bajar a cenar. Gabriel me dijo que hablaría con nosotros sobre qué hacer mañana.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El pensamiento de salir a la calle seguía aterrorizándole. Cada vez que cerraba los ojos, infectados, o personas vivas, les perseguían hasta darles caza. No paraban hasta arrancarles el último trozo de carne. A veces, en su imaginación catastrófica, ni siquiera les daba tiempo a transformarse porque se los comían vivos antes. En otros escenarios, eran los saqueadores los que acababan con su vida. Les disparaban o los dejaban moribundos a patadas. Todo aquello daba vueltas en su mente como si fuese un zootropo catastrofista. Inspiró profundamente y aguantó el aire unos segundos. Su miedo era producto de la ansiedad, tenía que sobreponerse a ello. Soltó el aire, imaginando que expulsaba de su cuerpo toda su inseguridad, y se sintió mucho mejor.

—Vamos.

El camino hacia el comedor se le hizo corto comparado con todas las escaleras que había tenido que bajar cuando estaban en la azotea. La sala estaba más vacía que de costumbre, por lo que le había comentado Aleakai, se debía a que muchos de los soldados habían partido hacia la zona segura con los supervivientes que habían encontrado o en busca de más recursos. Su grupo iba a ser el tercero en salir, así que en la mañana llegaría el primero que se marchó. Con aquel sistema rotatorio, se aseguraban de que el hotel nunca estuviese desprotegido, aunque la cantidad de gasolina que gastaban era mucho mayor.

—Aquí viene la parejita. –Héctor puso los ojos en blanco cuando escuchó a Mateo referirse a ellos de aquella forma. A su lado, Amelia se tapaba la sonrisa con la mano.– ¿Preparados para ir a la zona segura? Esta será vuestra última noche aquí. ¿Estáis emocionados?

Héctor guardó silencio mientras se sentaba frente a su plato de comida. Se le había quitado el apetito solo de pensar en tener que enfrentarse al caos que había al otro lado de las puertas del refugipo. Quería ser valiente, quería enfrentarse a ello, pero la sola mención de salir le dejaba paralizado. Nadie habló durante unos largos segundos, así que Aleakai llenó el silencio por él.

—Un poco nerviosos. –Aleakai le dio un pequeño apretón en el muslo para darle ánimos. Héctor se sobresaltó al sentir el contacto y luchó porque su cara no se tiñera de rojo por la vergüenza.– La familia de Héctor está allí, así que todo irá bien en cuanto todos se reúnan. Estoy seguro de ello.

—¿Tu familia? –Esta vez fue Gabriel quien habló. Había apoyado los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia él con especial interés.– ¿Cómo sabes que están allí? Según nos dijisteis, venís del sur. No estabas con ellos cuando todo esto explotó.

—Me dejaron una nota en casa. –Gabriel fue a abrir la boca, seguramente para recordarle que una nota no garantizaba nada, pero Héctor se apresuró a hablar antes de que pudiese decir nada.– Mis padres son médicos. Supongo que los evacuaron de inmediato. No lo sé. Espero que estén allí.

Dio un primer bocado de la comida. El apocalipsis le había enseñado a que, aunque no tuviese hambre o sintiese que iba a vomitar, debía de ingerir alimento para no desplomarse en el caso de que los infectados quisieran tenerle a él de cena. Volvió a quedarse callado, no tenía ganas de hablar y no participaba en el buen humor y las risas que Aleakai, Mateo y Amelia compartían. Sentía que si se unía a ellos, solo conseguiría arruinarles el ánimo. Sin embargo, la constante mirada del soldado comenzó a ponerle nervioso. Dejó el cubierto sobre la mesa de mala gana y le devolvió la mirada.

—¿Qué quieres?

Gabriel entrecerró los ojos antes de hablar.

—¿Cómo se llaman tus padres?



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En el texto hay: misterio, zombies, romance gay

Editado: 31.12.2025

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