Todo lo que nos queda de mundo

Capítulo 19

Aleakai

Aleakai estuvo toda la noche pendiente del estado de Héctor, aunque Mateo intentara distraerle con charla y alguna que otra pequeña salida a la calle para comprobar el coche. No podía dejar de pensar en lo que había pasado, en su antiguo vehículo y en los cadáveres. En la forma en la que se le había oscurecido a Héctor la mirada. Odiaba lo que aquel mundo les hacía, lo que les obligaba a hacer o a sentir. No podía soportarlo.

—¿Por qué haces eso? –La risa de Gabriel le sacó de sus pensamientos y se quedó quieto en el sitio. No se había percatado de que se estaba moviendo.– ¿Eres supersticioso?

Aleakai tardó un momento en entender a qué se refería. Su mente seguía dándole vueltas al mismo asunto. Miró a su alrededor, completamente confundido por lo que le estaba haciendo tanta gracia al soldado. Fue consciente, por primera vez, de que estaban en el exterior. Se había parado a mitad de un paso de peatones que conectaban ambas calles. Tenía un pie pisando la raya negra y el otro levantado en el aire, como si la pregunta de Gabriel hubiese cortado su movimiento.

—¿Por qué estás saltando las líneas blancas? Llevas un rato haciéndolo.

Gabriel no disimuló su risa, cosa que sí hacía Mateo, que se tapaba la boca por educación. Aleakai se ruborizó por aquella pequeña burla, aunque sabía que no iba a malas. Terminó de recorrer el camino que le quedaba y cerró el capó del camión, que supuso que había dejado abierto, tan suavemente como pudo. Para cuando se acercó al soldado, seguía con el rostro caliente.

—¿Siempre lo haces o estabas ejercitando ese cuerpecito debilucho tuyo?

—Siempre lo hace.

La voz de Héctor, que se había pasado en la puerta del refugio, hizo que apartase la mirada de Gabriel. Era la primera vez que el chico hablaba, o se levantaba del sofá, desde el día anterior. El militar había intentado hablar con él para tranquilizarle, pero no se había mostrado muy colaborador. Que estuviese allí, casi en el exterior, y contestando las preguntas del hombre, era el mayor avance que había visto en las últimas horas.

—Sí que eres peculiar, Kai. –Contestó Gabriel con la voz llena de cariño.

Aleakai no le prestó demasiada atención, tenía los ojos clavados en los azules de Héctor. Necesitaba comprobar que estaba bien. Se le veía cansado y tenía aquella mueca en la cara que siempre hacía cuando estaba harto de escuchar las bromas malas de Gabriel, pero no parecía distinto al Héctor habitual. No pudo resistir el impulso de caminar hacia él y abrir los brazos para pedirle un abrazo. No sabía quién lo necesitaba más, si él o Héctor.

—¿Cómo te encuentras? –Héctor había accedido a su propuesta de abrazo, así que le rodeó con fuerza en cuanto se acercó.– ¿Has podido descansar?

Héctor se quedó unos segundos en silencio, Aleakai sentía su respiración sobre su cuello. Subió una de sus manos hasta atrapar las hebras rubias entre sus dedos. Héctor olía a gel de hotel, a naranja y a desinfectante de manos. La esencia que resumía su estancia en el apocalipsis. En otra vida, cuando abrazase a Héctor, olería a colonia cara, laca para el pelo y detergente de lavanda, pero no tenían nada de aquello en el mundo donde vivía.

—Estoy bien. –Contestó contra su cuello.

—¿Podemos hablar? No quiero que quede nada sin aclarar. ¿Te parece bien? ¿Te sientes con fuerzas?

Héctor asintió de forma casi imperceptible y se separó de su cuerpo. Le había sujetado la mano en el proceso y tiró de él para meterle dentro de aquella casa de campo. Recorrieron el pasillo hasta llegar a la sala de estar que habían utilizado casi como dormitorio. Las mantas que Héctor había estado utilizando para taparse en la noche seguían desordenadas en una de las esquinas del sofá. Aleakai tomó asiento, que se hundió bajo su peso, y miró a Héctor a la espera de que él hiciese lo mismo. Cuando ambos estuvieron sentados, envolvió las manos del chico entre las suyas, queriendo reconfortarle un poco. La mirada cargada de tristeza que tenía el rubio le dolía en el alma. Y sabía que él tenía parte de culpa en ello.

—Quería pedirte perdón. –Héctor pareció sorprendido por ello.– Sé que lo hice ayer, pero… No era mi intención hacerte sentir como que tus decisiones estaban mal y las mías no. Solo… no quiero que cargues con un peso tan grande como es el asesinato. Yo… sigo teniendo pesadillas con aquel hombre del supermercado. –Héctor frunció el ceño ante aquel dato, pero Aleakai no pudo mantenerle la mirada, así que la apartó ligeramente.– Claro que mataría por ti, sin dudarlo, pero siempre como último recurso. Siento haber… No quería… –Le costaba encontrar las palabras.– Sé lo frustrante que es que alguien te juzgue por algo que él mismo hace. No quería hacer eso. Solo… –Soltó las manos de Héctor para pasárselas él mismo por la cara, intentando apartar la frustración que sentía. Cuando bajó las manos, tuvo que recolocar sus gafas para poder seguir viendo con claridad.– Lo que quiero decir es que no hay que ser impulsivos. No puedes dejarte llevar por las emociones, puede ser peligroso. Pero no quise hacerte sentir mal, ni nada por el estilo. Siento no haber elegido bien mis palabras. –Acercó la mano hasta la del chico para poder acariciarla, aunque su mirada seguía clavada en el suelo.– Llevas decaído desde lo que pasó… ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? ¿Qué necesitas? Solo dímelo.

Héctor había permanecido callado. No le pareció extraño porque el chico era el tipo de persona que solía escuchar más que hablar, pero en aquella ocasión se sintió un poco nervioso. Se armó de valor para levantar la mirada del suelo y mirar al rubio. Su expresión no dejaba entrever nada. Aleakai tragó saliva, nervioso. Un segundo después, Héctor sonrió.



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En el texto hay: misterio, zombies, romance gay

Editado: 31.12.2025

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