Héctor
Tenía que ser una pesadilla. No había otra opción.
La sangre que brotaba del costado de Aleakai no podía ser real.
La palidez de su piel no era cierta.
No podía estar perdiéndole. No después de todo lo que habían pasado.
No.
Tenía que ser un mal sueño. Quizás seguía durmiendo en el camión. Debía de ser eso.
Debía despertar. Abrir los ojos. Salir de allí.
—¡Ayúdalo! Se está muriendo. ¿¡Qué clase de médico eres, Héctor!?
La mano de Aleakai estaba fría. Cuando le separaron a la fuerza, el tirón hizo que le dolieran los huesos. Se estaba alejando. No podía reaccionar. Sentía los brazos de su padre clavándose bajo su pecho. Le oprimía las costillas. Le alejaba de Aleakai. Estaba dejando que se desangrara. Estaba permitiendo que muriera.
—Ayúdalo… –Dijo con un hilo de voz. Sus pies arrastraban por el suelo.– Eres médico, ayúdalo.
Su cabeza era incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo. Estaban en la zona segura, estaban a salvo, ¿por qué Aleakai no se levantaba y le acompañaba? Aquello estaba mal. No podía terminar así.
—Suéltame…
El crujido de las puertas metálicas le hizo volver en sí. Fue consciente del ruido, de los gritos de Gabriel, de los pasos apresurados de la gente, de la voz de su padre pidiendo que abrieran la puerta. Lo vivía todo como si estuviese en cámara rápida.
—Suéltame. –Intentó deshacerse del agarre de su padre, pero tenías las manos llenas de sangre y se resbalaba. ¿De dónde había salido tanta sangre?– ¡Que me sueltes!
Traspasó las puertas de la zona segura. Nada más poner un pie en ella, los soldados que la custodiaban la cerraron frente a él. Estaba dentro, pero estaba solo. Al otro lado, Aleakai se moría y no estaba haciendo nada para evitarlo.
Comenzó a forcejear hasta que finalmente su padre le soltó. No pudo dar siquiera un paso cuando el hombre se colocó frente a él y le sujetó la cara. ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué le miraba con tanto alivio? ¿Por qué no movía el maldito culo y hacía algo? Le debía la vida a Aleakai, ¿por qué no le estaba salvando? ¿Por qué le estaba dejando morir? ¿Dónde estaba su obligación como médico?
Una ira densa comenzó a treparle por la garganta.
—Mi niño…
Las palabras le dieron ganas de vomitar. Hacía unos minutos estaba saltándose la fila para poder ver a su padre, ahora solo quería sacarle aquella estúpida sonrisa de felicidad de su cara. ¿Qué le hacía tan feliz? ¿Era tonto y no se había dado cuenta aún de que estaba desesperado? ¿Por qué seguía sin hacer nada?
—Abre la puerta. Cúralo. ¿¡Por qué sigues ahí como un gilipollas!? ¡Haz algo!
La mirada de su padre se abrió de pura sorpresa. Era la primera vez que le hablaba de aquella manera. Era la primera vez que le insultaba. No había rastro de nostalgia, ni de ganas de reencuentro en su ser. Solo podía pensar que todos aquellos segundos que estaba perdiendo, era tiempo de vida que se escapaba del cuerpo de Aleakai.
—Héctor…
—¡Abre la puerta! –Intentó apartarle de un empujón, pero casi no le pudo mover, estaba al límite, agotado y muerto de miedo. Comenzaba a perder los nervios.– ¡Ayúdalo! ¡Haz algo! ¡Se está muriendo! ¡Cúralo! ¡Deja de mirarme! ¡SÁLVALE LA VIDA!
Sus gritos atrajeron a los guardias que merodeaban por la entrada. Poco le importó. Si tenía que matar uno a uno a cada soldado que se cruzara, lo haría. No necesitaba a nadie que no fuese a ayudar a Aleakai. Les sobraban todos. Los cambiarían por el chico sin pestañear. ¿Por qué ellos seguían respirando cuando no habían hecho nada por él y quién había arriesgado la vida por mantenerle a salvo se estaba desangrando?
—Cálmate…
La palabra fue como un disparo. Se le nubló la vista. No podía pensar. Le temblaba el cuerpo de pura rabia. ¿Cómo iba a calmarse cuando estaba perdiendo al chico al que amaba? ¿Cómo iba a calmarse cuando ni siquiera le había dicho que le quería? No había tiempo para la calma. ¿Por qué él estaba tan calmado? Estaba seguro de que si vomitaba, soltaría veneno.
Agarró con fuerza el cuello de la bata de su padre y lo zarandeó con fuerza. Quería hacerle despertar. Que entrase en razón. Quería hacerle daño. Quería morderle. Arrancarle la carne. Que sufriera lo que él estaba sintiendo. Que sintiera cómo se le estaba rompiendo el corazón, se le derretían las entrañas y le ardían los pulmones.
Aleakai se estaba muriendo por su culpa. Porque le había soltado la mano.
—¡QUE LO AYUDES! DEJA DE PERDER EL TIEMPO.
El empujón que recibió no vino de su padre, sino de un soldado que se había acercado. No le dio importancia, no podía verle, solo era un borrón frente a sus ojos nublados por el dolor y la ira. Gritaba. Puede que gritase palabras, no estaba seguro. Lo hacía con fuerza, como si quisiera escupir el dolor. Le dolía la garganta. Se estaba quemando desde dentro. Se le acababa el tiempo y nadie hacía nada. ¿Por qué no le escuchaban? ¿Por qué nadie se movía?
—Tú no eres así… ¿Qué te ha hecho ese chico?
Giró la cabeza con tanta rapidez que el tirón que le dio el cuello le hizo perder la visión por un momento. Sentía electricidad en la cabeza. Le temblaban los dientes. Le ardía el corazón. ¿Qué clase de insinuación era esa? ¿Qué quería decir?