Héctor
Despertar. Desayunar. Tomar una ducha. Hacer inventario. Pasear. Volver a la habitación. Comer. Mirar el atardecer. Cenar. Dormir.
Esa había sido su rutina desde hacía dos semanas, desde que había hablado con su padre y le había perdido algo de libertad a cambio de hacer el trabajo que le pedía. Se mantenía distraído, ese era un buen punto, pero nada había mejorado. En las noches, se despertaba sobresaltado por las pesadillas, revivía la muerte de Aleakai una y otra vez. En las mañanas, el sentimiento de soledad le helaba los huesos y le era imposible levantarse de la cama. Tenía que repasar varias veces los inventarios que hacía para asegurarse de que no se había equivocado. Cuando paseaba no prestaba atención al paisaje, se cruzaba con personas que le sonreían, pero él nunca devolvía el saludo. A veces, se quedaba hasta tan tarde en la plaza, mirando el cielo, que se le hacía prácticamente de noche y Bruno tenía que volver a buscarle.
—¿Te gusta el trabajo? –Estaba cenando con su familia, un requisito que su padre había añadido más tarde, y que no podía disfrutar del todo. No se sentía correcto.– ¿Qué has estado haciendo hoy?
Troceó la comida en partes tan pequeñas que casi no se podían coger con el tenedor. Era la única forma que tenía de tragarse los alimentos y no vomitar.
—He estado mirando el almacén.
No añadió mucho más. Su trabajo no era emocionante y él no tenía ganas de hablar.
El ambiente en la mesa era tenso, lo sabía. No estaba teniendo un buen momento con su padre y aquello afectaba al resto de miembros de su hogar. Con el paso del tiempo, el enfado había ido disminuyendo, sabía que su padre no había sido el causante directo de su desgracia, pero había sido quien le había alejado de la puerta y luego le había negado volver. Respecto a su madre y su hermana, simplemente estaba demasiado cansado como para sentir algo que no fuese tristeza. Intentaba superarlo, pensar en otra cosa, pero no podía pasar página. El remordimiento, la culpa y la soledad le estaban matando. Echaba tantísimo de menos a Aleakai que solo quería llorar, pero no podía.
—¿Quieres que mañana vayamos a dar un paseo juntos, Tori?
—Puede que otro día, Clara. Mañana tengo que estar en el almacén. Aún me queda trabajo que hacer.
Y durante las horas que pasaba contando latas de conserva, patatas y garrafas de gasolina, tenía una excusa para intentar no pensar, aunque nunca conseguía dejar de hacerlo, en Aleakai.
Lo único positivo de aquellas reuniones familiares improvisadas era que había conseguido mirar a sus padres y hermana, a los que antes amaba con una intensidad desmesurada, a la cara sin querer vomitar. Sabía que no los odiaba, que no había dejado de quererlos, pero no podía sentir lo mismo que antes. Su cuerpo estaba anestesiado y parecía que la función de querer se había congelado por completo.
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En los últimos dos días, se había pasado incontables horas en el almacén. Debido a ello, se había quedado sin trabajo que hacer. Les había preguntado a los soldados que pasaban por allí, por si debía de contabilizar algo más, pero nadie sabía decirle nada. Así que decidió tomarse el resto de la mañana y de la tarde libre.
Hacía muchísimo frío, más del que había hecho en todo el mes. Tenía las manos y la cara congeladas, pero no le dio importancia. Tomó asiento en uno de los bancos que había instalado en la calle, frente a la puerta principal, aunque alejado unos metros de ella. El sol daba directamente en el sitio en el que se había instalado, así que podía disfrutar del calor en un lugar tranquilo. Cerró los ojos, podía ver sombras a través de sus párpados. Por un instante, su mente viajó tiempo atrás y se encontró sentado en el asiento del copiloto del coche, con Aleakai cantando canciones deprimentes a su lado, mientras mantenía la cabeza apoyada en la ventanilla y disfrutaba del bochorno que comenzaba a formarse en el interior. Cómo echaba de menos aquellos momentos. Solo deseaba volver atrás. Abrir los ojos y encontrarse con aquella sonrisa con hoyuelos y aquellos ojos castaños. ¿Cómo iba a seguir viviendo sin tenerle a su lado? ¿Cómo iba a seguir viviendo si su corazón estaba roto?
No tenía forma de calcular cuánto tiempo había estado bajo en el sol, pero supuso que fue el suficiente para comenzar a sufrir un golpe de calor en pleno invierno. Su mente no paraba de reproducir voces, como si le llamasen. A veces, le pasaba. Quizás era su cabeza, que se negaba a soltar el recuerdo de Aleakai, pero solía oír que le llamaba, aunque nunca estuviese allí cuando se giraba. Cada vez, las escuchaba más fuertes. Y cada vez dolía más.
Un golpe en su hombro hizo que se incorporase, abriendo los ojos inmediatamente. Parecía que el tiempo de descanso había acabado.
Solo que el soldado que estaba a su espalda no era Bruno.
—Pero si es el tortolito rubio. –Saludó Gabriel, con una amplia sonrisa y el pelo revuelto por el viento.– Cuanto tiempo sin verte.
Héctor se quedó congelado en el sitio. Observaba al soldado sin poder creerse que estaba allí, frente a él, que fuese real. Una parte de su cabeza había decidido que todo lo que había vivido fuera de la zona segura había sido un sueño. Tener a Gabriel frente a él era la prueba de que Aleakai había existido y le había amado. El militar parecía contrariado, como si no esperase su reacción.