Todo lo que nos queda de mundo

Epílogo

Aleakai

El sonido de una conversación lejana hizo que comenzase a abrir los ojos. El sol entraba a través de las cortinas, así que debía de ser entrada la mañana. No le importaba, era su día libre. Podía quedarse en la cama todo el tiempo que quisiera.

Tenía a Héctor entre sus brazos, con la espalda pegada a su pecho y las piernas de ambos entrelazadas. La camiseta que usaba como pijama se le había resbalado lo justo para descubrir su hombro. Aleakai no dudó ni un segundo en posar un beso en él. La piel fría de Héctor contrastó con la calidez de su boca, decidió dejar un nuevo beso un poco más arriba. Cuando quiso darse cuenta, el cabello rubio le hacía cosquillas en la mejilla y él tenía la boca ocupada besando toda la extensión del cuello de Héctor. El chico se revolvió entre sus brazos, murmurando algo que Aleakai no llegó a entender.

—Buenos días. –Le susurró al oído.

Héctor había girado la cabeza para poder mirarle, aunque sus ojos seguían vidriosos por haber acabado de despertar. Adoraba la imagen de Héctor en la cama, adormilado y con el pelo desordenado sobre la almohada. Amaba la forma en la que fruncía el ceño, molesto por haber sido despertado. Aleakai posó sus labios entre las cejas rubias, consiguiendo que el contrario volviese a cerrar los ojos.

—¿Qué hora es? –Preguntó casi en un susurro.

—No lo sé. Puede que las diez de la mañana, según el apocalipsis.

La voz de Héctor estaba ronca, lo que provocó que un escalofrío recorriera a su cuerpo de pies a cabeza. Aleakai tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no ceder a sus deseos y arrancarle la ropa para besar cada centímetro de piel. El chico se estiró bajo las sábanas, se giró para estar frente a Aleakai y levantó una mano para poder acariciar su cuello y mejilla.

—Buenos días.

Habían pasado cuatro meses desde que le habían dado el alta, medio año de haber llegado a la zona segura. Aleakai podía decir, con una mano en el corazón, que aquellos habían sido los meses más perfectos de toda su vida.

Empezó a entrenar con Gabriel, que descubrió que era un gran profesor, y poco a poco había conseguido ganar algo de velocidad, fuerza y resistencia. Su cuerpo estaba más tonificado, y gracias a la comida que les proporcionaba la zona, bastante completa para los soldados, consiguió ganar algo de músculo. Gabriel siempre se metía con él porque decía que alguien ciego como él, aunque Aleakai le aseguró que veía perfectamente con sus gafas, no podía portar un arma porque no valía para disparar. A pesar de que había sido una broma, Aleakai descubrió que tenía una puntería horrible, en cuestión de armas. Aún así, había conseguido aprender a defenderse de los muertos, y de los vivos.

—Deberíamos ir a desayunar.

—¿Tienes algo planeado para hoy? –Héctor había cerrado los ojos por un momento, pero volvió a mirarle cuando preguntó.– Gabriel me dijo que quería pasar el día con nosotros. –Frunció el ceño y comenzó una imitación bastante exagerada del hombre.– “Estoy muy solo aquí, sin amigos. No puedes quedarte a mi rayito de sol solo para ti. Así nunca seremos una pareja poliamorosa, tienes que colaborar.”

Aleakai se echó a reír cuando la imitación de Héctor acabó. Tenía que admitir que sí era algo que diría Gabriel. Desde que había conocido al militar, se habían hecho muy amigos. El tiempo que había pasado en el hospital les había ayudado a volverse más cercanos. Era un hombre curioso, alocado, sin ningún tipo de filtro, pero a Aleakai le encantaba lo cariñoso, protector y divertido que era. Que siempre incluyese a Héctor, y se esforzase por llevarse mejor con él, también era un punto positivo para el soldado.

—Llevamos toda la semana entrenando, supongo que nos vendrá bien pasar un tiempo de ocio. –Héctor hizo una mueca horrorizada, aunque sabía que era fingida.– Vamos, no pongas esa cara.

—¿Vamos a pasar nuestro día libre con tu amigo? Pensé que eras el romántico de los dos.

Héctor había estado trabajando con su madre en la enfermería. Se había convertido en un increíble aprendiz y poco a poco estaba teniendo más responsabilidad en el trabajo. A veces, Aleakai se sentía triste porque los ojos azules del chico no brillaban de la misma manera cuando hablaba del trabajo de su madre que cuando hablaba del voleibol. En secreto, pues había jurado no decir nada, Gabriel estaba intentando encontrar, en cada salida que hacía, una red y balones de voleibol que estuviesen en buenas condiciones, el soldado quería que fuese una sorpresa.

—Primero, es nuestro amigo. –Héctor puso los ojos en blanco, aunque intentaba reprimir una sonrisa.– Y segundo, Gabriel siempre nos acaba dejando solos. Solo quiere pasar tiempo con nosotros, nos quiere mucho. Y nosotros también le queremos mucho.

Héctor no respondió, pero sabía que la sonrisa, que intentaba ocultar, le daba la razón a sus palabras.

—Venga, vamos a vestirnos.

Héctor se retiró la sábana de un tirón y se puso en pie. A Aleakai le encantaba admirarle cuando hacía cualquier cosa cotidiana. Veía la elegancia y la delicadeza de los movimientos del chico en cada gesto que hacía. En secreto, aunque puede que fuese muy obvio, observaba la bella figura del contrario. En mañanas como aquella, le sol bañaba su piel blanca de forma exquisita. Aleakai no era muy entendido del arte, pero sabía que Héctor era una obra maestra.



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En el texto hay: misterio, zombies, romance gay

Editado: 31.12.2025

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