Todo lo que nunca pasó

Capítulo 2

Alexander no era cruel a simple vista.

Al contrario. Era el tipo de chico que hacía que bajaras la guardia sin darte cuenta. Tenía una sonrisa fácil, de esas que parecen sinceras, aunque nunca lo son del todo, y una forma de mirar que hacía sentir especial a cualquiera... incluso cuando esa mirada ya había sido ensayada mil veces antes.

—¿Entonces sí estás rara conmigo? —repitió, apoyado en el escritorio de Aurora.

Ella cerró su cuaderno con calma.

—No todo gira alrededor tuyo.

Él sonrió.

—Nunca dije que sí.

Pero le gustaba que así fuera.

Era cautivador por naturaleza... o por costumbre. Sabía exactamente qué decir, cuándo decirlo y a quién. Conocía el poder de un cumplido bien colocado, de una risa compartida, de una atención repentina que parecía exclusiva. Lo que nadie notaba al principio era que esa misma fórmula la repetía con todas. Cambiaba nombres, gestos mínimos, pero el guión era el mismo.

—Te queda bien el cabello así —le dijo de pronto.

Aurora se quedó inmóvil.

—Siempre lo llevo igual.

—Por eso.

Ese era el problema.

Lo hacía parecer espontáneo. Único.

Lo que casi nadie notaba era que la misma tarde podía inclinarse hacia otra chica y decir:

—Oye, ¿siempre sonríes así o es solo hoy?

Y funcionaba.

Con Lia había sido igual.

Atento. Presente. Detallista.

Alexander mentía con suavidad. No lo hacía para herir —o al menos eso se decía a sí mismo—, sino para evitar el aburrimiento. Para sentirse querido. Para comprobar que podía.

Le gustaba gustar.
Le gustaba ser deseado.
Y, sobre todo, le gustaba saber que podía irse cuando quisiera.

Era un picaflor elegante, cazador de miradas bonitas, de risas tímidas, de chicas que aún creían que el amor era algo limpio. No distinguía entre juego y sentimiento; para él todo era parte del mismo escenario. No se enamoraba: coleccionaba emociones ajenas.

Con sus amigos era carismático, casi admirable. Con las chicas, irresistible. Pero detrás de esa fachada había una inmadurez peligrosa: Alexander no sabía amar porque nunca había aprendido a quedarse. Confundía atención con afecto y conquista con conexión.

Él miró hacia el edificio principal.

Aurora estaba saliendo del salón.

Sonrió.

El problema era que ella no reaccionaba como las demás.

No se derretía.
No buscaba su atención.
No le facilitaba el juego.

Y eso lo intrigaba más de lo que debería.

Para él, Aurora era distinta porque ella no corría detrás.

Y por primera vez, eso lo hacía quedarse un poco más.

Para ella, Alexander no sería solo un nombre importante. Sería una lección. Una herida con rostro bonito.

Y aunque él nunca lo supiera del todo, sería el autor involuntario de muchas de las palabras más tristes que ella aprendería a escribir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.