Empezó como un amor–odio.
Aunque en ese entonces yo lo llamaba rechazo.
Desde la primera vez que conocí a Alexander, supe que no me convenía. No por orgullo sino por algo más simple y más honesto; ya había estado con medio colegio y aun así, tenía el descaro de acercarse a mí como si la memoria colectiva no existiera.
No caí. No al inicio.
La primera fue una chica de ojos azules, tan claros y seguros que se convirtieron en el origen silencioso de una inseguridad que no supe nombrar y que más tarde descubrí que era un presentimiento en realidad. Como si algo, en ella, estuviera destinado a cruzarse conmigo de una forma que aún no entendía. No supe nombrarlo entonces, solo sentí esa alerta muda que el cuerpo reconoce antes que la mente pero esa es otra historia.
Después vino Lía. Una de mis más grandes amigas.
Lía era distinta. Fría como el hielo, precisa, inquebrantable. Yo la admiraba profundamente. Tenía esa fortaleza que yo fingía tener. Era capaz de jugar con los sentimientos ajenos y marcharse antes de que alguien pudiera herirla. Alexander no la dejó; ella lo dejó a él, después de usarlo como si fuera solo una distracción más.
Cuando terminaron, Alexander no tardó en buscar a su siguiente presa. Y fue entonces cuando algo en mí se rompió.
No porque lo quisiera —eso me repetía—, sino porque verlo avanzar con tanta facilidad hacia otra persona desestabilizó algo que yo creía tener bajo control. Lo supe con una claridad dolorosa: estaba en problemas. Graves problemas.
Aquí empieza la primera parte de mi historia.
Tercero de secundaria llegó con esa energía rara de los comienzos. Pasillos llenos. Voces mezcladas. Miradas nuevas buscando dónde encajar.
Y entonces la vi.
Era nueva.
De la misma ciudad de la que tiempo atrás me había marchado.
A simple vista parecía ingenua. Hermosa —lo admito sin resentimiento— y, sobre todo, sociable. Esa última cualidad fue la que me hizo sentir pequeña. Yo no sabía ser así. Nunca lo había sido.
Cuando la encontré sentada en mi pupitre, sentí algo en el pecho. Un presentimiento seco, inmediato. No fue celos. Fue certeza.
Ella era la siguiente.
Y como si el universo quisiera confirmarlo, levanté la mirada y lo vi. Alexander estaba apoyado en el marco de la puerta, observándola con esa atención calculada que ya conocía demasiado bien. No me vio, aunque yo estaba a pocos pasos. Sus ojos no buscaban el pasado, solo la próxima conquista.
Cielo.
Así se llamaba.
Y en ese instante entendí algo que me heló la sangre: yo no era parte de su juego... pero tampoco estaba a salvo de él.
Editado: 02.06.2026