Todo lo que nunca pasó

Capítulo 4

—Hola, Aurora.

Escuche su voz a mi espalda.

Su voz no fue fuerte.
No necesitaba serlo para poder escucharlo.

Quise escapar. Moverme. Fingir que no había oído nada. Pero mis pies no se despegaron del suelo. Mi cuerpo no reaccionó. Me quedé en trance un minuto y luego corrí a mi asiento.

Alexander me hacía mal.

Me dejaba congelada.

Tenía esa mirada divertida, insolente, como si supiera exactamente lo que provocaba en mí. Como si disfrutara saber que, por unos segundos, me tenía bajo absoluto control. Me miró, sí, pero enseguida sus ojos volvieron a buscar los de ella.

Cielo.

Fue como si el mundo se hubiera detenido. Como si nada más existiera fuera de ese intercambio silencioso entre ellos.

Sentí una presión en el pecho. La disfracé. Me dije que no era nada nuevo, que era solo el rechazo habitual que me provocaba Alexander. Nada más.

Yo tenía una imagen que mantener. Era la chica que nadie lograba descifrar. Difícil de alcanzar. Una muralla. Una actuación perfecta, digna de admirar.

Los días comenzaron a pasar y las clases se volvieron rutina. Intenté mantener mi mente ocupada, saturarla de tareas, apuntes y distracciones, cualquier cosa que me ayudara a olvidar su presencia.

—¿Entendiste algo Aurora?

—¿Aurora?

—Oye...

Lía chasqueo los dedos frente a mi rostro y salí de golpe de mis pensamientos.

—Perdóname Lía —dije—. No te escuché.

—Lo sé —respondió, observándome con atención—. ¿En qué piensas tanto últimamente?

Intenté evadir su pregunta con algo cotidiano, inofensivo.

—Matemáticas. Las detesto, lo sabes. No entiendo nada. Soy buena atrayendo problemas, no resolviéndolos... y menos estos.

Lia soltó una risa y, como si nada, cambió de tema. Me salvé.

Mientras tanto, por el pasillo, lo vi.

Alexander.

Sabía perfectamente lo que hacía. Su pretexto de ir al baño no engañaba a nadie. Era solo una excusa para rondar los pasillos e inquietar a Cielo. Ella era su nuevo objetivo y los cuchicheos detrás de mi asiento lo confirmaban.

Con el paso de los días, aquella fachada inocente que había conocido el primer día comenzó a caer. Esa dulce chica no era callada. No. Era extrovertida, coqueta... y mucho menos ingenua de lo que aparentaba.

Y entonces pasó algo que lo cambió todo.

A los pocos días, Alexander me interceptó en el pasillo.

Yo me moví.

Intenté salir.

Y esta vez sí se apartó.

Pero antes de que cruzara la puerta, lo escuché:

—Aurora boreal ¿sabes algo?

Giré apenas.

Él estaba mirándome de esa forma que me desarmaba sin tocarme.

—Te ves linda cuando te enojas.

El aire cambió.

—Qué bueno —respondí—. Porque contigo es bastante seguido.

Pasé por su lado con el corazón latiendo demasiado rápido para alguien que juraba no sentir nada.

Y aunque no quería admitirlo, algo era claro:

Alexander ya no solo me observaba.

Y eso... no podía terminar bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.