Todo lo que nunca pasó

Capítulo 5

El pasillo estaba lleno de ruido, mochilas chocando, alumnos corriendo antes de que empezara la siguiente clase. Lia hablaba a mi lado sobre algo relacionado con química, o matemáticas, o quizá ambas. Yo asentía de vez en cuando, fingiendo escuchar.

Porque desde hacía varios segundos sentía esa sensación incómoda en el pecho.

Como si alguien me estuviera mirando demasiado.

Y cuando escuché su voz detrás de mí, confirmé lo que ya sabía.

—Aurora.

Cerré los ojos apenas un segundo antes de girarme.

Alexander estaba apoyado contra los casilleros, tranquilo, con esa expresión relajada que siempre parecía esconder algo.

—¿Qué quieres? —pregunté intentando sonar indiferente.

Él sonrió apenas.

—Qué carácter.

Lía miró entre ambos con incomodidad.

—Voy adelantándome al salón —murmuró antes de desaparecer rápidamente.

La odié un poco por dejarme sola.

Alexander esperó a que ella se fuera para acercarse unos pasos.

No demasiado.
Solo lo suficiente para ponerme nerviosa.

—¿Me estás evitando otra vez?

—No todo gira alrededor de ti.

—Mm... eso dolió.

Rodé los ojos intentando ignorarlo.

Pero era difícil.

Porque Alexander tenía esa costumbre insoportable de hablar como si todo fuera un juego que ya llevaba ganado.

—¿Ya terminaste? —pregunté—. Tengo clase.

Intenté seguir caminando, pero alguien apareció al lado de Alexander antes de que pudiera irme. Un chico de su salón que había visto un par de veces en los recreos.

Alto.
Desordenado.
Sonrisa fácil.

—Hola —me dijo—. Tú eres Aurora, ¿no?

Asentí apenas.

El chico sonrió más.

—Soy Nico. Siempre te veo con—

—Ella no está interesada.

La voz de Alexander cortó la frase inmediatamente.

Mi ceño se frunció.

Nico soltó una pequeña risa incómoda.

—Ni siquiera le he preguntado nada.

Alexander se encogió de hombros.

—Te estoy ahorrando tiempo.

—¿Y tú quién eres? ¿Su guardaespaldas? —bromeó Nico.

Alexander sonrió.

Pero esta vez la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Algo así.

Sentí el ambiente tensarse inmediatamente.

—Alexander... —murmuré molesta.

Él ignoró completamente mi tono.

Nico volvió a mirarme.

—Bueno... igual quería pedirte tu Instagram.

Abrí la boca para responder, pero Alexander habló primero otra vez.

—No usa mucho sus redes.

—Sí uso —dije rápido, mirándolo mal.

Alexander bajó la mirada hacia mí con tranquilidad.

Demasiada tranquilidad.

—Pero no le respondes a cualquiera.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

Nico levantó ambas manos, divertido y confundido al mismo tiempo.

—Está bien, hermano. Relájate.

Hermano.

La palabra me hizo querer reír y gritar al mismo tiempo.

Porque Alexander no era mi novio.
No éramos nada.

Y aun así actuaba como si alguien hubiera olvidado avisarme.

Nico volvió a mirarme una última vez.

—Supongo que hablamos otro día.

Esta vez sí se fue.

El silencio quedó suspendido entre Alexander y yo.

Lo miré inmediatamente.

—¿Qué fue eso?

Él se encogió de hombros.

—Nada.

—¿Nada? Acabas de espantar a alguien solo porque quiso hablar conmigo.

Alexander ladeó apenas la cabeza.

—No me gustó cómo te miró.

Sentí el estómago apretarse.

—No puedes hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Actuar como si tuvieras derecho sobre mí.

Por primera vez, Alexander dejó de sonreír un poco.

Solo un poco.

Lo suficiente para volver todo más serio.

Se acercó lentamente hasta quedar frente a mí. El ruido del pasillo seguía alrededor, pero de pronto parecía lejísimo.

—Nunca dije que tuviera derecho sobre ti.

—Entonces deja de comportarte así.

Alexander bajó apenas la mirada hacia mis labios antes de volver a verme a los ojos.

Ese gesto mínimo bastó para desordenarme entera.

—Lo intento —murmuró.

El corazón me latió demasiado rápido.

Odiaba cuando hablaba así.
Bajo.
Tranquilo.
Como si cada palabra estuviera hecha específicamente para romperme la concentración.

—Un día me ignoras y al siguiente actúas como si—.

Me callé sola.

Porque no sabía cómo terminar esa frase sin admitir demasiado.

Alexander sonrió apenas otra vez.

—¿Como si qué?

Desvié la mirada frustrada.

—Olvídalo.

Él apoyó una mano en la pared, a un lado de mi cabeza. No llegó a tocarme, pero la cercanía bastó para dejarme completamente quieta.

—No me gusta la idea de alguien más acercándose a ti —dijo finalmente.

Mi respiración se cortó un segundo.

—Eso no tiene sentido.

—Tal vez no.

—Entonces deja de hacerlo.

Alexander me observó en silencio unos segundos eternos.

Y cuando habló otra vez, su voz sonó mucho más baja.

—No puedo.

Sentí algo romperse suavemente dentro de mí.

Porque esa era exactamente la clase de cosas que no debería decirme.

La clase de cosas que me hacían quedarme incluso cuando sabía que no debía.

Alexander se apartó lentamente como si nada hubiera pasado.

—Nos vemos, Aurora Boreal.

Y se fue caminando por el pasillo con la misma calma de siempre.

Mientras yo me quedaba ahí, inmóvil, entendiendo algo que dolía admitir:

Alexander nunca terminaba de elegirme...
pero tampoco sabía cómo dejarme ir.




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