Alexander no preguntó más. Y eso fue lo peor.
Después de aquel día, algo en él cambió. no me buscaba directamente, no me detenía en los pasillos, pero siempre estaba cerca. Observando. Midiendo como si necesitara confirmar una y otra vez que ya no estaba en su alcance.
Y entonces hizo lo que mejor sabía hacer.
Se volvió novio de Cielo.
No fue sorpresa para nadie. Algunas semanas bastaron para que lo hiciera oficial. Cielo caminaba con la seguridad de quien siente que ganó algo importante y Alexander... Alexander parecía cómodo. Tranquilo. Incluso feliz.
Eso me confundió más de lo que debería.
Mientras tanto, mi relación seguía viva.
James.
Aún recuerdo cómo es que acabamos juntos. Una tarde cuando Lía fue a mi casa y me distraje por un momento. Había recibido una confesión dulce de este chico tímido. Lia le dio la respuesta que él quería y yo simplemente no supe decir que no en un inicio, pensando que con el tiempo tal vez mis sentimientos se alinearían a los suyos.
Increíble, atento, paciente. Me escuchaba, me cuidaba a la distancia, me daba exactamente lo que alguien enamorado da. Y yo... yo no sentía lo mismo.
Pasaron tres meses.
Tres meses de llamadas largas, mensajes constantes y una culpa que crecía despacio. Yo no lo amaba. Y aunque nunca se lo dije con crueldad, lo estaba lastimando igual. Fingir también hiere.
Fui yo quien terminó con él.
No hubo drama, ni gritos. Solo una conversación honesta que me dejó un vacío incómodo. Esa tarde me prometí algo: nunca más jugar con el corazón de alguien. La vida siempre cobra factura y yo ya sentía que la mía venía en camino.
Lia empezó a mirarme distinto.
No decía nada pero observaba. Demasiado.
Editado: 02.06.2026