Aurora y Lía caminaban por el patio, esquivando grupos de estudiantes que reían, gritaban y se empujaban. El sol caía directo sobre ellas, pero Aurora apenas lo notaba; estaba concentrada en la tranquilidad que le daba caminar junto a Lía, como si todo lo demás fuera un ruido distante.
—Aurora... —dijo Lía, con un tono que rara vez usaba, más suave y serio que su habitual despreocupación—. Quiero decirte algo...
Aurora arqueó una ceja, intrigada.
—¿Sí?
Lía suspiró, pero su sonrisa ligera seguía ahí, como si quisiera quitarle el peso a lo que iba a decir.
—No me molestaría... que tú y Alexander estén juntos.
Aurora se detuvo en seco y la miró, sorprendida.
—¿Qué?
—Sí —replicó Lía, encogiéndose de hombros con esa naturalidad que la hacía imposible de no confiar—. Ya estuve con él, sé cómo es. Y también sé lo que sientes y lo que has hecho desde un inicio para reprimirlo. No tienes que ocultarlo, ni sentir culpa. No me lastimas, Aurora. Solo quiero que seas feliz.
Aurora bajó la mirada, con un nudo en el pecho. Por un momento, no dijo nada; sentía cómo la culpa se mezclaba con un alivio extraño. Lía no estaba celosa, no la juzgaba. La entendía.
—Lía... —murmuró Aurora, suavizando su voz—. Gracias. De verdad. Pero prefiero dejar las cosas así.
—Lo sé —dijo Lía, riendo suavemente—. Pero confío en ti. Y sé que no harías nada para lastimarme. Así que relájate. Haz lo que tu corazón quiera.
Aurora se quedó en silencio unos segundos, pensando en lo que Lía le había dicho. Esa sensación de culpa, ese miedo a herirla, parecía desvanecerse un poco. La despreocupación de su amiga, combinada con la confianza que le transmitía, la hacía sentir más ligera.
—Sabes —dijo Aurora, caminando otra vez—, a veces siento que mi cabeza es un lío. Que si hago algo, todo se rompe... pero hoy, esto... hablar contigo, me ayuda.
—Ah —dijo Lía, con un guiño—. Misión cumplida. Me gusta cuando soy útil.
Aurora rió suavemente y sacudió la cabeza.
—Eres imposible.
—Gracias —respondió Lía, cruzándose de brazos mientras se acercaban al aula—. Es parte de mi encanto.
El timbre sonó, y ambas se dirigieron a clase. Aurora se sentó junto a Mateo, que la esperaba con su típica sonrisa confiada. Habían pasado más tiempo juntos desde que él llegó a integrarse al aula a mitad de año, y su presencia le resultaba extrañamente reconfortante.
—¿Lista para sobrevivir a historia sin morir de aburrimiento? —preguntó Mateo, inclinándose ligeramente hacia ella mientras abrían sus cuadernos.
—Más que lista —respondió Aurora, acomodándose en su asiento con esa seguridad natural que la definía—. Tú preocúpate de no quedarte dormido en la carpeta.
Durante la clase, Mateo encontró pequeñas formas de acercarse a ella: comentarios discretos, gestos que solo Aurora podía notar, miradas cómplices que la hacían sentir observada, aunque de manera sutil y divertida. No era invasivo, pero sí intenso. Cada gesto suyo parecía medir exactamente el impacto que tendría sobre Aurora, y ella lo notaba.
Mientras la profesora escribía en la pizarra, Aurora pensaba en Lía y en lo que había dicho. Su amiga la entendía, pero aún así sentía ese tirón hacia Alexander que no sabía cómo manejar. Era como caminar en la cuerda floja: quería avanzar, pero sin lastimar a nadie.
Cuando la clase terminó, Aurora y Mateo salieron juntos del aula. Él caminó a su lado, relajado, como si todo el colegio no importara.
—Hoy sobrevivimos —dijo Mateo, con una sonrisa ladeada—. Aunque me pregunto... ¿cuánto de tu paciencia es real y cuánto es actuación?
Aurora lo miró, con los brazos cruzados y levantando ligeramente la ceja, su clásica expresión de diva.
—Si fuera actuación, ¿crees que estarías cerca de mí todo el tiempo?
—Touché —dijo él, levantando las manos—. Pero no puedo evitarlo. Estar cerca de ti... es interesante.
Aurora rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.
—Interesante, ¿eh? Lo tendré en cuenta.
Mateo se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz con un tono que solo ella podía oír.
—Solo para que lo sepas... me gusta que seas difícil de leer. Hace que todo esto sea más divertido.
Aurora respiró hondo, manteniendo su calma exterior, pero por dentro sintió un escalofrío extraño. La conversación con Lía, la presencia de Mateo, todo eso la mantenía en equilibrio entre culpa y curiosidad. Por primera vez en días, no estaba pensando en lo que había perdido; estaba caminando hacia algo nuevo, impredecible... algo que todavía no tenía nombre, pero que definitivamente la estaba atrapando.
Lía los observaba desde la esquina, apoyada contra la pared, con esa sonrisa despreocupada que siempre tenía. Aurora la notó, y por un segundo se preguntó cómo podía alguien ser tan segura y ligera mientras ella misma estaba llena de dudas. Pero luego suspiró, divertida. Esa era Lía. Siempre sería Lía.
Editado: 02.06.2026