Caminaba por el pasillo con los libros apretados contra el pecho, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera el cansancio acumulado de esa semana. El ruido de los estudiantes alrededor hacía eco entre los casilleros, mezclándose con risas, conversaciones y puertas metálicas cerrándose de golpe.
Y entonces lo vi.
Alexander.
Estaba al otro lado del pasillo, caminando con tranquilidad mientras hablaba con uno de sus amigos. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, dejó de prestarle atención a todo lo demás.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
Por suerte, esta vez no me detuve demasiado tiempo.
—Hola —dijo cuando llegó frente a mí.
Su voz sonaba tranquila, casi demasiado tranquila.
—Hola —respondí intentando mantenerme indiferente.
Me apoyé contra el casillero para parecer más relajada de lo que realmente estaba.
Alexander me observó unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Qué respuesta tan corta.
—¿Esperabas algo más?
Él soltó una pequeña risa por la nariz y se acomodó la mochila sobre un hombro.
—No sé. Últimamente siento que me hablas como si te hubiera hecho algo.
Lo miré por un instante.
Si él supiera todo lo que pasaba por mi cabeza cada vez que aparecía, probablemente dejaría de hacer preguntas tan simples.
—Tal vez solo estoy cansada.
Alexander inclinó apenas la cabeza, como si intentara descifrarme.
—O tal vez estás evitándome.
Negué inmediatamente.
—No todo gira alrededor tuyo.
—Nunca dije que sí —respondió divertido.
Odiaba que siempre pareciera tan relajado mientras yo sentía que debía pensar cada palabra antes de decirla.
Apreté un poco más los libros contra mi pecho y desvié la mirada hacia las ventanas del pasillo.
—No entiendo por qué siempre estás tan pendiente de mí.
—¿Pendiente? —repitió él—. Eso sonó un poco dramático.
—No fue dramático.
—Un poco sí.
Rodé los ojos con cansancio.
—Solo digo que no necesitas aparecer cada vez que estoy tranquila.
Alexander sonrió apenas.
—Entonces sí te das cuenta cuando aparezco.
Mi corazón dio un pequeño salto incómodo.
Y eso era exactamente lo frustrante de hablar con él.
Nunca decía demasiado.
Pero siempre lograba dejar algo flotando en el aire.
—Piensas demasiado las cosas —murmuró él.
—Y tú no piensas ninguna.
—Buen equilibrio entonces.
No pude evitar soltar una pequeña risa, aunque intenté esconderla enseguida.
Alexander la notó de todos modos.
Siempre notaba todo.
El pasillo comenzó a vaciarse poco a poco mientras algunos estudiantes regresaban a sus aulas. Por un momento quedó un silencio extraño entre ambos, uno que no se sentía incómodo... pero tampoco sencillo.
Entonces vi movimiento al otro extremo del pasillo.
Mateo.
Estaba apoyado cerca de las escaleras, observándonos desde lejos con expresión seria. No parecía molesto exactamente. Más bien confundido.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, apartó la vista casi de inmediato.
Sentí una extraña culpa atravesarme el pecho.
Volví a mirar a Alexander, que seguía frente a mí con esa calma desesperante, como si no hubiera notado nada alrededor.
Y quizá lo había notado.
Quizá simplemente no le importaba.
—Tengo que irme —murmuré finalmente.
Alexander asintió despacio, sin dejar de mirarme.
—Está bien.
Pero antes de que pudiera alejarme por completo, habló una vez más.
—Aurora.
Me detuve apenas.
—¿Qué?
Él sonrió de lado, pequeño, casi imperceptible.
—Te ves bonita cuando intentas actuar como si no estuvieras nerviosa.
Sentí el rostro arder inmediatamente.
No supe reaccionar, solo retrocedía intentando ignorar cómo mi corazón latía demasiado rápido, entendí algo que empezaba a asustarme más de lo que quería admitir:
Alexander tenía la extraña habilidad de convertir momentos simples en algo que yo terminaría pensando durante días enteros.
Editado: 02.06.2026