Pero entonces Alexander sintió su presencia.
Mateo.
Muy cerca a las escaleras, casi al final del pasillo, quieto, observándonos con los brazos cruzados y la mandíbula ligeramente tensa. No parecía dispuesto a acercarse, pero tampoco podía apartar la mirada. Y cuando lo vi ahí, algo incómodo se instaló en mi pecho.
Alexander siguió la dirección de mis ojos y lo encontró enseguida.
Por un instante, una sonrisa lenta apareció en su rostro.
No una sonrisa feliz.
Una de esas sonrisas tranquilas que parecían esconder demasiadas cosas.
Luego volvió a mirarme a mí.
Y avanzó un paso.
Solo uno.
Pero bastó para que mi respiración se desordenara.
—Aurora —murmuró con calma—. ¿Por qué siempre actúas como si yo fuera el problema?
Apreté los libros contra mi pecho intentando mantenerme firme.
—Porque contigo todo termina siendo un problema.
Él soltó una risa baja, apenas audible.
—No digas eso cuando sigues aquí conmigo.
Mi corazón dio un golpe incómodo.
Quise responder algo inteligente, algo frío, algo que lo hiciera dejar de mirarme de esa manera, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
Alexander inclinó apenas la cabeza, estudiándome en silencio.
—Te vi mirándome hoy.
—No te estaba mirando.
—Mm... claro.
Odiaba eso.
La forma en que siempre parecía descubrirme incluso cuando intentaba esconderme detrás de cualquier excusa.
Di un pequeño paso hacia atrás buscando espacio, pero mi espalda terminó chocando suavemente contra los casilleros.
Alexander lo notó.
Siempre lo notaba todo.
—Relájate —murmuró—. No voy a hacerte nada.
Pero el problema nunca había sido ese.
El problema era cómo me hacía sentir.
La culpa.
Los nervios.
La ansiedad absurda de querer que se acercara y alejara al mismo tiempo.
Entonces pensé en Cielo.
Su novia.
La realidad cayó sobre mí como agua fría.
—¿Y Cielo? —pregunté bajando la voz—. ¿No se supone que deberías estar con ella?
Por primera vez, Alexander apartó la mirada unos segundos.
—Estamos mal últimamente.
Sentí el pecho tensarse más.
—¿"Mal" cómo?
Él suspiró suavemente y se apoyó a mi lado contra los casilleros.
—Ya no hablamos igual.
—Pero siguen juntos.
—Sí.
Esa respuesta dolió más de lo que debería.
Porque de pronto entendí lo horrible de toda la situación.
Alexander seguía con Cielo.
Mateo nos observaba desde lejos con esa expresión incómoda.
Y yo estaba ahí, atrapada en medio de algo que ni siquiera sabía nombrar.
—Esto está mal... —murmuré casi para mí misma.
Alexander giró apenas el rostro hacia mí.
—Entonces dime que deje de hablarte.
Abrí la boca.
Pero no salió nada.
Porque si había algo peor que tenerlo cerca... era imaginarlo lejos.
Y Alexander lo supo en el instante en que guardé silencio.
Sus ojos cambiaron apenas, suavizándose por un segundo antes de volver a esa calma peligrosa que siempre tenía cuando sentía que llevaba ventaja.
—Eso pensé —susurró.
Mi respiración se volvió irregular.
A la distancia, Mateo se movió incómodo antes de finalmente darse vuelta y alejarse por el pasillo.
Y verlo irse hizo que algo dentro de mí se sintiera aún peor.
Porque Mateo representaba todo lo que probablemente necesitaba:
tranquilidad,
claridad,
algo sencillo.
Mientras que Alexander...
Alexander era exactamente el tipo de persona que terminaba destruyéndote sin darse cuenta.
Él volvió a acercarse apenas, lo suficiente para obligarme a levantar la mirada hacia sus ojos.
—Aurora —dijo en voz baja—. Deja de actuar como si no sintieras nada cuando estamos así.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
—No me hagas esto —susurré.
Alexander me observó durante unos segundos eternos.
Y luego sonrió apenas, triste esta vez. Casi cansado.
—El problema es que tú tampoco quieres que pare.
Editado: 02.06.2026