Todo lo que nunca pasó

Capítulo 12

El recreo inundaba el patio trasero con risas, pasos apresurados y conversaciones que se mezclaban unas con otras. Aurora caminaba entre los grupos de estudiantes intentando pasar desapercibida. Solo quería encontrar un lugar tranquilo donde pudiera sentarse un momento sin pensar demasiado, sin sentir el peso constante de todo lo que ocurría dentro de ella.

Pero entonces lo vio acercarse.

Alexander caminaba con calma, con las manos en los bolsillos y esa expresión relajada que siempre parecía ponerla nerviosa sin esfuerzo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, inclinó apenas la cabeza y la llamó por su nombre.

—Aurora.

Ella levantó la mirada por un instante y luego volvió a apartarla.

—¿Qué quieres?

—Ven conmigo un rato —dijo él—. Caminemos.

Aurora negó inmediatamente.

—No quiero caminar. Solo quiero estar sola.

Alexander soltó una pequeña risa, más divertida que burlona.

—Últimamente siempre quieres estar sola.

—Porque me gusta estar tranquila.

—O porque estás intentando evitarme.

Aurora suspiró con cansancio y cruzó los brazos.

—No todo tiene que ver contigo, Alexander.

—Nunca dije que sí.

Ella intentó seguir de largo, pero él tomó suavemente su muñeca apenas un segundo, lo suficiente para detenerla antes de soltarla enseguida.

—Espera —murmuró—. Solo quiero hablar contigo.

Aurora sintió cómo su corazón se aceleraba de inmediato, algo que odiaba porque Alexander parecía notarlo siempre.

—¿Hablar de qué?

Él la observó durante unos segundos antes de responder.

—Te vi con Mateo hace rato.

Aurora frunció levemente el ceño.

—¿Y qué tiene?

Alexander se encogió de hombros, aunque su mirada seguía fija en ella.

—Nada. Solo parecías... entretenida.

Por un instante, Aurora casi sonrió.

—¿Estás celoso?

Alexander soltó una risa baja y negó con la cabeza.

—No sé. ¿Debería estarlo?

Y ahí estaba otra vez.

Esa forma suya de responder sin responder realmente. De decir cosas que parecían simples, pero que terminaban quedándose atrapadas en la mente de Aurora durante horas.

El viento movió ligeramente su cabello mientras alrededor de ellos el recreo seguía igual de escandaloso, aunque por alguna razón todo parecía sentirse más lejano.

Aurora bajó la mirada al césped antes de hablar.

—Esto es raro.

—¿Qué cosa?

—Tú y yo.

Alexander guardó silencio unos segundos. Por primera vez no parecía tan seguro de sí mismo.

—Tal vez —admitió finalmente—. Pero no me desagrada.

Aurora sintió un nudo formarse lentamente en su pecho.

Porque a ella tampoco le desagradaba.

Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.

Alexander dio un paso más cerca, despacio, como si quisiera darle tiempo para alejarse si realmente quería hacerlo. Pero Aurora permaneció inmóvil.

—Piensas demasiado las cosas —murmuró él.

—Alguien tiene que hacerlo.

Alexander sonrió apenas, y esa sonrisa pequeña terminó desarmándola más que cualquier otra cosa.

Después todo ocurrió demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.

Él se inclinó apenas hacia ella, dudando un segundo antes de besarla.

No fue un beso perfecto.

Ni seguro.

Ni intenso como Aurora había imaginado tantas veces en su cabeza.

Fue torpe.

Nervioso.

Breve.

Más parecido a una pregunta que a una respuesta.

Pero aun así bastó para cambiarlo todo.

Cuando Alexander se separó lentamente, ambos permanecieron en silencio, observándose con la misma confusión reflejada en los ojos del otro.

Y mientras su corazón seguía latiendo con fuerza, Aurora entendió algo que la asustó profundamente: había personas capaces de quedarse dentro de ti incluso antes de formar parte real de tu vida.




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