El recreo avanzaba lentamente mientras Aurora caminaba por el patio intentando ordenar el desastre que tenía en la cabeza. El ruido de los estudiantes alrededor se sentía lejano, casi apagado frente al caos que llevaba dentro desde aquella mañana.
Entonces escuchó su nombre.
—Aurora.
Se giró y vio a Mateo acercándose hacia ella. Sus pasos eran rápidos, pero su expresión no tenía la tranquilidad de siempre. Parecía nervioso. Más vulnerable de lo normal.
Eso hizo que Aurora se tensara inmediatamente.
—¿Qué pasa? —preguntó intentando sonar tranquila.
Mateo respiró hondo antes de hablar.
—Necesito decirte algo.
Aurora sintió el corazón acelerarse.
Había imaginado ese momento demasiadas veces como para no reconocerlo de inmediato.
Mateo bajó apenas la mirada y luego volvió a verla directamente.
—Me gustas, Aurora. Desde hace mucho tiempo.
El mundo pareció quedarse en silencio durante un segundo.
Porque Mateo no hablaba como Alexander.
No dejaba frases ambiguas flotando en el aire.
No jugaba.
Mateo simplemente decía la verdad.
—Y... quiero intentarlo contigo —añadió más bajo—. Si tú quieres también.
Aurora abrió ligeramente los labios, pero ninguna respuesta salió de inmediato.
Una parte de ella sabía que aquello debería hacerla feliz.
Mateo era tranquilidad.
Era alguien sencillo de entender.
Alguien que probablemente jamás la haría sentir perdida.
Pero antes de que pudiera decir algo, una voz apareció detrás de ambos.
—Vaya... así que era esto.
Aurora sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo antes incluso de girarse.
Alexander estaba apoyado contra una de las paredes del patio, observándolos en silencio.
Sus manos estaban en los bolsillos del uniforme y su expresión parecía tranquila... demasiado tranquila.
Y eso era peor.
Mateo frunció inmediatamente el ceño.
—¿Tienes algún problema?
Alexander ignoró la pregunta por completo. Sus ojos permanecieron sobre Aurora.
—No sabía que ibas a responderle tan rápido.
Aurora tragó saliva.
—Alexander...
Él comenzó a acercarse despacio.
No parecía furioso.
Ni alterado.
Pero había algo en la manera en que la miraba que hizo que Aurora sintiera el pecho apretarse.
—¿Te gusta él? —preguntó directamente.
Mateo dio un paso hacia adelante.
—No tienes derecho a preguntarle eso.
Alexander soltó una pequeña risa seca sin apartar la mirada de Aurora.
—No estoy hablando contigo.
El ambiente se volvió incómodamente silencioso.
Aurora podía sentir la tensión creciendo entre ambos mientras varios estudiantes comenzaban a mirar discretamente desde lejos.
Perfecto.
Otra vez.
—Esto no tiene que convertirse en un drama —murmuró Aurora intentando mantener la calma.
Alexander inclinó apenas la cabeza.
—Entonces dilo.
—¿Decir qué?
—Que no quieres estar con él.
El corazón de Aurora comenzó a latir demasiado rápido.
Porque el problema nunca había sido Mateo.
El problema era Alexander.
La forma en que aparecía justo cuando ella intentaba avanzar.
La forma en que lograba hacerla sentir culpable incluso sin levantar la voz.
Mateo observó a Aurora unos segundos y algo en su expresión cambió lentamente.
Como si comenzara a entender.
—Aurora... —dijo más despacio—. ¿Qué está pasando realmente entre ustedes?
Ella bajó la mirada inmediatamente.
Y ese pequeño gesto fue suficiente.
Alexander sonrió apenas.
No una sonrisa feliz.
Una triste.
Casi cansada.
Como si ya supiera la respuesta antes que todos.
—Eso pensé —murmuró.
Aurora sintió rabia de repente.
Porque odiaba que él pareciera tener siempre el control de la situación incluso cuando todo se estaba desmoronando.
—No hagas esto —susurró mirándolo.
Alexander se acercó un poco más, esta vez más serio.
—¿Hacer qué?
—Confundirme.
El silencio cayó entre ambos.
Por primera vez, Alexander pareció quedarse sin una respuesta inmediata.
Mateo observaba todo con el rostro tenso, incómodo de estar atrapado en medio de algo que claramente venía ocurriendo desde mucho antes de él.
Y Aurora... Aurora comenzaba a sentirse agotada.
Agotada de no saber qué quería.
Agotada de sentir que Alexander aparecía y desaparecía de su vida solo para dejar todo peor.
Alexander bajó apenas la voz.
—Aurora... mírame.
Ella lo hizo.
Y eso fue suficiente para entender algo horrible:
no importaba cuánto intentara convencerse de que debía alejarse.
Seguía queriéndolo cerca.
Editado: 02.06.2026