Aurora estaba sentada bajo uno de los árboles del patio trasero, abrazándose las piernas mientras intentaba respirar con normalidad. Sentía el pecho roto, como si cada palabra que había escuchado minutos antes siguiera repitiéndose dentro de su cabeza.
Segunda opción.
Juego.
Las lágrimas le ardían en los ojos aunque intentaba contenerlas.
Mateo estaba a su lado desde hacía varios minutos, en silencio, respetando el espacio que ella ni siquiera sabía cómo pedir. A veces decía algo pequeño, tranquilo, intentando hacerla sentir menos sola.
—No tienes que fingir conmigo, Aurora —murmuró finalmente.
Ella bajó la cabeza.
Y entonces las lágrimas terminaron cayendo.
Mateo suspiró suavemente antes de acercarse un poco más y rodearla con un brazo, despacio, como si temiera romperla más.
—Oye... tranquila —susurró—. No importa lo que haya pasado.
Aurora apoyó la frente en su hombro intentando esconder el rostro.
Por un instante, el abrazo de Mateo se sintió como descanso.
Como silencio.
Como algo seguro.
Y eso la hizo sentir todavía peor.
Porque incluso ahí, llorando en brazos de alguien que realmente parecía preocuparse por ella... seguía pensando en Alexander.
—Lo siento... —murmuró con la voz quebrada.
—¿Por qué te disculpas?
Aurora cerró los ojos con fuerza.
Porque no sabía cómo explicar el desastre que sentía dentro de ella.
Entonces lo sintió.
Esa presencia.
Levantó lentamente la mirada.
Alexander estaba unos metros más allá, quieto, observándolos.
El corazón de Aurora se detuvo un segundo.
Él no decía nada.
No hacía nada.
Pero había algo en la forma en que los miraba que hizo que el ambiente se volviera pesado de repente.
Mateo también lo notó y tensó ligeramente la mandíbula.
Alexander comenzó a acercarse despacio.
Sin apuro.
Sin enojo evidente.
Y quizá eso era lo que más nerviosa la ponía.
Cuando llegó frente a ellos, sus ojos fueron directamente hacia Aurora.
—¿Estás llorando?
Ella apartó la mirada inmediatamente.
—Estoy bien.
Alexander soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro.
El silencio entre los tres se volvió incómodo.
Mateo quitó lentamente el brazo de alrededor de Aurora, pero permaneció sentado junto a ella.
Como si no quisiera dejarla sola con él.
Alexander lo notó enseguida.
—¿Puedes dejarnos hablar un momento? —preguntó sin apartar la mirada de Aurora.
Mateo frunció el ceño.
—No creo que sea buena idea ahora.
Aurora sintió el pecho tensarse otra vez.
Porque una parte de ella quería que Mateo se quedara.
Pero otra parte...
la peor parte...
seguía queriendo escuchar a Alexander.
Alexander pasó una mano por su cabello con cansancio.
Por primera vez parecía nervioso de verdad.
—Aurora, mírame.
Ella tardó unos segundos en hacerlo.
Y odiaba que incluso ahora siguiera sintiendo ese vacío extraño en el pecho cuando él la observaba así.
—Escuchaste lo que dijo Leo, ¿verdad?
Aurora sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
No respondió.
No hacía falta.
Alexander bajó la mirada un segundo antes de volver a verla.
—No todo fue como él lo dijo.
—Pero no lo negaste —susurró ella.
Esa frase pareció golpearlo.
El silencio cayó entre ambos mientras el viento movía lentamente las ramas sobre sus cabezas.
Aurora sentía ganas de llorar otra vez, pero esta vez no por tristeza.
Era decepción.
La horrible sensación de empezar a ver algo que llevaba demasiado tiempo ignorando.
Alexander dio un paso más cerca.
—Aurora... yo sí te quiero.
Ella sintió el corazón romperse un poco más al escucharlo.
Porque quería creerle.
De verdad quería hacerlo.
Pero ahora tenía miedo de que quererlo tanto terminara destruyéndola más adelante.
—No sé qué hacer contigo —murmuró él casi para sí mismo.
Aurora levantó lentamente la mirada.
Y por primera vez desde que todo empezó, Alexander no parecía el chico seguro que siempre tenía el control.
Parecía perdido.
Como alguien que acababa de darse cuenta de que podía perder algo importante... demasiado tarde.
Editado: 02.06.2026