Aurora estaba sentada en el suelo de su habitación, abrazando sus piernas mientras la luz del atardecer entraba lentamente por la ventana. Afuera, todo seguía igual: los autos pasando, las voces lejanas de los vecinos, el mundo avanzando como si nada hubiera cambiado.
Pero dentro de ella todo se había detenido.
Las palabras de Leo seguían repitiéndose en su cabeza una y otra vez.
"Siempre fue tu segunda opción."
"Al final cayó en tu juego."
Aurora cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo el pecho le ardía.
Lo peor era que una parte de ella siempre había tenido miedo de eso.
De no ser especial.
De ser simplemente otra historia más para Alexander.
Las hojas sueltas llenas de poemas seguían desordenadas sobre el escritorio y la cama. Algunas arrugadas, otras manchadas con tinta o lágrimas secas. Meses enteros escribiendo sobre él como si entender sus sentimientos pudiera hacer que dolieran menos.
Ahora solo parecían evidencia de todo lo que había entregado sin darse cuenta.
Un golpe suave en la puerta la hizo levantar apenas la mirada.
—Aurora...
Lía.
Aurora no respondió, pero tampoco dijo que no entrara.
Lía abrió la puerta lentamente y se sentó junto a ella en el suelo. Durante unos segundos no dijo nada. Solo permaneció ahí, acompañándola en silencio.
Y eso hizo que Aurora quisiera llorar más.
—¿Quieres hablar? —preguntó Lía finalmente.
Aurora soltó una pequeña risa rota.
—No sé ni qué decir.
Su voz salió débil, cansada.
Lía observó las hojas esparcidas por toda la habitación y entendió inmediatamente.
Alexander.
Siempre terminaba siendo Alexander.
Aurora se cubrió el rostro con las manos intentando controlar las lágrimas, pero ya era tarde.
—Me siento tan estúpida... —susurró entre sollozos—. Todo este tiempo pensé que tal vez... tal vez yo significaba algo distinto para él.
Lía bajó la mirada sin saber qué responder.
Porque la verdad era que ella también había comenzado a sospechar cosas sobre Alexander desde hacía tiempo.
Aurora respiró hondo, aunque sentía que el aire no era suficiente.
—Y ahora siento que solo fui alguien más en su juego.
Decirlo en voz alta hizo que doliera peor.
Mucho peor.
Lía tomó suavemente su mano.
—Aurora... que alguien juegue contigo no significa que tus sentimientos hayan sido mentira.
Pero Aurora negó lentamente con la cabeza.
—Sí, pero él sabía exactamente lo que hacía... y aun así me dejó acercarme.
Las lágrimas volvieron a caer.
Porque eso era lo que más la destruía:
Alexander había visto cuánto lo quería...
y nunca la detuvo.
—Lo peor es que sigo pensando en él —admitió avergonzada—. Después de todo, sigo queriendo verlo.
Lía sintió un nudo en el pecho.
Aurora siempre había sentido todo demasiado fuerte. Como si amar significara entregarse completa, incluso cuando la otra persona apenas sostenía una parte de ella.
—Eso no te hace débil —dijo Lía en voz baja.
Aurora soltó otra risa triste.
—No. Me hace patética.
Se levantó lentamente y caminó hasta el escritorio, tomando una de las hojas arrugadas entre sus manos. La observó apenas unos segundos antes de dejarla caer otra vez.
Tantos poemas.
Tantas palabras.
Tantas noches pensando en alguien que probablemente nunca la miró con la misma intensidad.
Aurora sintió el pecho romperse un poco más.
Porque por primera vez entendió algo horrible:
Había pasado tanto tiempo intentando que Alexander la eligiera...
que dejó de elegirse a sí misma.
Editado: 02.06.2026