A lo largo de estos años, Aurora se había dedicado a escribir poemas de desamor como si el centro de su existencia se resumiera a eso. Si bien en un inicio Aurora era la eterna enamorada, uno nunca termina de conocer a alguien. Idealizó tanto la idea del amor, no, idealizó tanto a Alexander que terminó desinflando la burbuja que había creado.
Cada poema representaba la lucha constante hacia los sentimientos no correspondidos de Alexander. Cada verso era una lágrima a causa de la comparación con cada chica que él agregaba a su colección, cada letra el recordatorio constante que nunca era su turno. Cada silencio, la tortura de sus miedos.
Aurora cometió un pequeño error y no fue enamorarse de Alexander porque el amor no es malo en sí, es malo enamorarse cuando no estás lista para ello y cuando tu oponente sabe moverse en el tablero. La pequeña Aurora de trece años que memorizaba los cambios de hora para saber cuando pasar por el aula de Alexander, los amigos que frecuentaba, las fiestas a la que él llegaba, las palabras que escuchaba, las canciones que memorizaba y las sonrisas que aún en mente la atormentaban. Era su mundo, sólo él, y esa fue su perdición porque cuando Alexander lo notó no hubo escapatoria de ese laberinto.
Alexander controlaba su mente, esos ojos adorablemente manipuladores, la tenían bajo control. Destrozada al enterarse de lo que en realidad significaba para él y que efectivamente era parte de su interminable lista de conquistas, Aurora quería retroceder el tiempo.
Tiempo en el que siguiera feliz en su grupo de amigos, donde se dedicara solo a alcanzar notas altas y querer a un chico solo de lejos porque de cerca esa estrella era un sol ardiente que quemaba su ser hasta el punto de devorarte. Mi sol.
—Aurora, mírame a los ojos -suplicó con la mirada baja-.
—Tengo un poema para ti Alex, léelo.
—Mmm...-entusiasmado me besó la frente y leyó en voz alta- y... si esto es un sueño, no me despiertes. Tengo miedo. Alexander, eres tu ahora lo único que tengo.
—Si Boreal, soy el único a quien tienes.
Algunas horas más tarde, en casa de Lía se avecinaba una tormenta.
—¡NO, MIKE, NO PUEDES TERMINARME POR MENSAJE! —gritó Lía, caminando de un lado a otro con el celular en la mano.
Aurora, sentada sobre la alfombra de la habitación, levantó lentamente la mirada.
—¿No llevaban juntos literalmente un día?
—¡Veinticuatro horas exactas! —corrigió Lía indignada—. Eso ya cuenta como responsabilidad afectiva.
Aurora no pudo evitar soltar una pequeña risa.
Mike había terminado con Lía porque, según él, "ella daba miedo cuando se enojaba".
—Le dije UNA vez que si me engañaba le quemaría la sudadera favorita —se defendió Lía—. ¡UNA sola vez!
—Lía... llevaban doce horas saliendo cuando dijiste eso.
—Bueno, yo acelero procesos.
Aurora negó con la cabeza divertida mientras Lía seguía dramatizando la ruptura como si hubiese perdido al amor de su vida.
—Encima mira esto —dijo mostrándole el celular—. Me puso: "No eres tú, soy yo".
Aurora arqueó una ceja.
—Clásico.
—¡Y luego me pidió que le devolviera su cargador portátil! ¡Eso fue lo que más me dolió!
Aurora terminó riéndose de verdad por primera vez en semanas.
Y quizás eso era lo extraño de crecer: podías estar destruyéndote por dentro y aun así reírte por una estupidez en la habitación de tu mejor amiga.
Pero incluso entre las risas, Alexander seguía ahí.
Como un pensamiento constante.
Como una herida abierta.
Como el poema que nunca terminaba de escribirse.
Editado: 02.06.2026