Todo lo que nunca pasó

Capítulo 22

Después de su ruptura de exactamente veinticuatro horas con Lía, Mike terminó integrándose al extraño círculo social de Aurora casi por accidente.

O quizá por destino.

Lía y Mike ya no podían permanecer en la misma habitación sin discutir.

—Dile que deje de respirar tan fuerte —se quejaba Lía en la cafetería.

—Dile que deje de existir dramáticamente —respondía Mike desde el otro extremo de la mesa.

Y Aurora quedaba atrapada entre ambos, intentando no reírse.

Lo extraño era que, pese a todo, Mike comenzó a quedarse.

Aparecía junto a Aurora antes de clases.

Le mandaba fotos horribles de perros parecidos a profesores del colegio.

Y poco a poco, sin que ella lo notara, empezó a convertirse en su lugar seguro.

Porque Mike nunca le preguntaba cosas que dolieran demasiado. Solo estaba ahí.

Una tarde lluviosa, mientras esperaban a que Lía terminara un castigo por discutir con una profesora, Mike y Aurora permanecían sentados en el suelo del pasillo vacío cerca de la biblioteca.

—Te la pasas escribiendo en hojas sueltas —comentó él, observando los papeles arrugados alrededor suyo—. Un día vas a perder algo importante.

Aurora se encogió de hombros.

—No escribo cosas importantes.

Mike la observó unos segundos.

Luego sacó de su mochila una libreta azul oscuro, pequeña, con estrellas plateadas dibujadas en la portada.

—Toma. Feliz cumpleaños.

Aurora parpadeó sorprendida.

—¿Qué es esto?

—Una libreta, genio.

—Ya sé, pero... ¿por qué?

Mike se encogió de hombros, evitando mirarla directamente.

—Porque escribes demasiado. Y porque las personas que escriben tanto normalmente están intentando sacar algo de su cabeza.

Aurora pasó lentamente los dedos sobre la portada.

No era un regalo enorme.

No era costoso.

No era romántico.

Pero nadie antes había notado algo tan pequeño sobre ella.

—Gracias —susurró.

Mike sonrió apenas.

—Llénala con poemas famosos cuando seas escritora deprimente y millonaria.

Aurora soltó una risa.

Sin saberlo, ese fue el inicio de todo.

La primera página la escribió esa misma noche.

Y después vino otro poema.

Y luego otro.

Y otro más.

Hasta que la libreta se convirtió en un refugio lleno de sentimientos que nunca supo decir en voz alta.

La mayoría tenían algo en común.

Alexander.

Aurora escribió sobre sus ojos.

Sobre su voz.

Sobre la manera en que él destruía su tranquilidad sin siquiera intentarlo.

Y mientras más poemas llenaban la libreta, más se vaciaba ella.

Una tarde, meses después, Mike encontró a Aurora escribiendo sola en las gradas del gimnasio.

—¿Otro poema triste? —preguntó sentándose junto a ella.

Aurora cerró rápidamente la libreta.

—No son tristes.

Mike levantó una ceja.

—Aurora, literalmente pareces una protagonista con depresión estética.

Ella soltó una pequeña risa.

Pero Mike notó algo detrás de esa sonrisa. Cansancio.

—¿Él volvió a hacerte daño? —preguntó más serio.

Aurora no respondió inmediatamente.

Porque la verdad era peor:

Alexander ni siquiera necesitaba hacer algo para dolerle.

Existía... y eso bastaba.

Mike observó la libreta entre sus manos.

—Ojalá algún día escribas sobre alguien que no te haga sentir rota.

Aurora tragó saliva lentamente.

Porque en el fondo comenzaba a entender algo aterrador:

Alexander había sido el protagonista de todos sus poemas pero jamás de su historia de amor.




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