Todo lo que nunca pasó

Capítulo 25

Aurora despertó sobresaltada.

El pecho le subía y bajaba con dificultad mientras la oscuridad de la habitación lentamente se acomodaba frente a sus ojos.

Miró alrededor confundida.

No estaba en preparatoria.

No existían los pasillos interminables.

Ni las gradas del gimnasio.

Ni las fiestas donde Alexander siempre parecía encontrarla entre la multitud.

Solo había una habitación pequeña iluminada tenuemente por las luces de la ciudad entrando por la ventana.

Aurora respiró agitadamente y tomó el celular de la mesa de noche.

1:27 a.m.

Veinte años.

Tenía veinte años.

Se quedó inmóvil varios segundos, intentando ordenar su mente.

Porque todavía podía sentirlo.

La voz de Alexander.

Sus manos.

Las discusiones.

La manera en que la miraba.

Incluso el dolor.

Todo se sentía demasiado real.

Tan real... que asustaba.

Aurora llevó lentamente una mano a su rostro.

Y entonces lo vio.

Sobre el escritorio, cubierta por libros universitarios y hojas desordenadas, seguía ahí.

La libreta azul. La real.

El corazón comenzó a latir más fuerte.

Se levantó lentamente de la cama y caminó hacia ella como si temiera descubrir algo horrible.

Sus dedos temblaron apenas al abrirla.

Poemas.

Decenas de poemas.

Páginas enteras escritas con tinta negra.

Versos tachados.

Fechas.

Iniciales escondidas entre metáforas torpes.

Todo existía.

La libreta sí era real.

Los poemas también.

Alexander no.

Aurora sintió un vacío extraño abrirse dentro de ella.

Porque Alexander jamás había sido suyo.

Ni siquiera un poco.

Nunca existieron besos.

Ni confesiones.

Ni escenas bajo la lluvia.

Ni relaciones tóxicas imposibles de abandonar.

Alexander jamás estuvo con ella.

Solo fue un chico de preparatoria al que observó demasiado tiempo desde lejos.

Un chico que probablemente nunca entendió la magnitud de todo lo que provocó en ella sin siquiera intentarlo.

La realidad era mucho más simple.

Y mucho más triste.

Aurora se enamoró sola.

Idealizó miradas.

Construyó escenarios enteros en su cabeza.

Convirtió silencios en promesas inexistentes.

Y durante años escribió poemas sobre un amor que nunca ocurrió.

Las lágrimas comenzaron a caer lentamente mientras seguía pasando páginas.

Porque de alguna manera eso dolía más.

Todo ese sufrimiento.

Toda esa tristeza.

Toda esa dependencia emocional.

Había nacido únicamente dentro de ella.

Aurora recordó entonces algo que había leído una vez:

"A veces no superas a una persona. Superas la versión que inventaste de ella."

Y Alexander había sido exactamente eso.

Una fantasía tan perfecta y destructiva que terminó consumiendo años enteros de su adolescencia.

Aurora cerró lentamente la libreta azul y miró por la ventana.

La ciudad seguía despierta.

Los autos seguían avanzando.

La vida seguía existiendo incluso después de descubrir que algunas historias de amor jamás fueron reales.

Entonces sonrió.

No una sonrisa feliz.

Una cansada.

Nostálgica.

Casi dolorosa.

Porque finalmente entendía la verdad:

Alexander nunca rompió su corazón.

Fue Aurora quien se destruyó intentando convertir una ilusión en una historia de amor.




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