Todo lo que nunca quise.

0

Veía cómo las gotas de lluvia caían desde mi ventana. Volteé para echar una última mirada a mi cuarto. Mis cosas seguían ahí: mi guardarropa, mi cama, mi espejo, que decoré con todas las fotos de mis presentaciones, mis trajes... Todo seguía igual.

Menos yo.

Tomé mi bolso junto con la maleta y, sin mirar atrás, bajé por las escaleras. En la sala todo era un caos: mi madre con los nervios de punta, mi padre solo demostraba decepción, mi hermana lloraba en silencio y mi hermano ni siquiera se inmutó.

—Issabela, quiero dejar muy en claro que no estoy de acuerdo con esto —empezó mi madre apenas me vio en las escaleras—. Sé que es difícil justo ahora, pero ¿irte con una familia que no es la tuya al otro lado del mundo no te parece demasiado?

—No, no me parece demasiado —respondí—. No es fácil ahora y dudo que lo sea en algún momento.

Mi madre soltó una risa amarga.

—Claro que no será fácil. Porque estás tomando una decisión impulsiva.

—No es impulsiva.

—¿Ah, no? Hace seis meses estabas hablando de regresar a los escenarios.

Mi mandíbula se tensó.

—Y hace seis meses todavía creía que podía hacerlo.

El silencio se apoderó de la sala.
Mi padre se levantó del sofá y me observó durante unos segundos.

—Tu madre tiene razón en una cosa.
Lo miré.

—¿Cuál?

—Que estás huyendo.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

—No estoy huyendo.

—Entonces dime qué estás haciendo.

—Intentando seguir adelante.

—¿Siguiendo adelante o escapando de todo lo que te recuerda quién eras?

Bajé la mirada.

Porque esa pregunta dolía demasiado.

Mi hermana se secó las lágrimas.

—¿Y si te quedas? —preguntó con voz temblorosa—. Solo un poco más.

Mi corazón se encogió.

—No puedo.

—¿Por qué?

Porque si me quedaba, iba a seguir despertando cada mañana esperando una vida que ya no existía.

Porque si me quedaba, seguiría viendo mi reflejo y preguntándome qué habría pasado si aquella lesión nunca hubiera ocurrido.

Porque ya no sabía quién era aquí.
Pero ninguna de esas respuestas parecía suficiente.

—Porque necesito empezar de nuevo —dije finalmente.

Mi madre negó con la cabeza.

—Las personas no empiezan de nuevo, Isabela.

—Sí lo hacen.

—No. Aprenden a vivir con lo que les pasó.

—Pues yo necesito ambas cosas.

Mi padre suspiró profundamente.

Por primera vez parecía cansado más que molesto.

—Nunca pudimos convencerte cuando tomabas una decisión.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

—No.

—Te pareces demasiado a tu madre.

—Lorenzo.

—¿Qué? Es verdad.

Por primera vez en toda la mañana alguien soltó una pequeña risa.

Incluso mi hermano levantó la vista de su teléfono.

—Bueno, si ya terminaron el drama familiar del siglo...

—Mateo —advirtió mi madre.

—Solo digo que el vuelo no va a esperar.

Mi hermana comenzó a llorar otra vez.

Y esta vez fui yo quien la abrazó.

—Voy a llamarte todos los días.

—Promesa.

—Promesa.

—¿Videollamadas?

—Todas las que quieras.

—¿Incluso cuando sea de madrugada?

—Incluso cuando sea de madrugada.

Ella asintió, aunque seguía llorando.

Entonces escuchamos un coche detenerse frente a la casa.

La familia de mi mejor amiga había llegado.

Y de repente todo se volvió real.

Mi madre comenzó a llorar otra vez.

Mi padre apartó la mirada.

Mi hermana se aferró a mi brazo.

Y hasta mi hermano pareció quedarse sin palabras.

Tomé aire.

Era el momento.

El momento que había imaginado durante semanas.

Y aun así no estaba preparada.

—Los quiero —susurré.

Mi madre me abrazó primero.

Tan fuerte que apenas podía respirar.

—No importa cuánto tardes —dijo entre lágrimas—. Esta seguirá siendo tu casa.

Y por primera vez desde que tomé la decisión de marcharme, sentí ganas de quedarme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.