Todo lo que nunca quise.

1

Voy sacando un montón de blusas de mi armario y, mientras me las pruebo una a una, mis ganas de llorar aumentan cada vez más.

Estos últimos dos años no he hecho nada más que subir de peso. Primero fueron tres kilos, luego cinco más y, justo ahora, tengo más de quince kilos por encima del rango saludable para mí, lo que tampoco ayuda a mejorar mi autoestima ni mi confianza, es muy frustrante.

No le deseo a nadie tener que ver cómo su cuerpo se va deformando poco a poco y no saber cómo detenerlo. Sí, claro que lo intenté: dietas, ejercicios, dejar de comer, reducir porciones, y aun así ver que nada funciona.

—No me queda...

Mi voz salió en un susurro.

Intenté cerrar por última vez la cremallera del vestido frente al espejo, pero no subió. Con frustración, lo lancé sobre la cama.

—Oye.

Leila apareció en la puerta.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Ella arqueó una ceja.

—Isabela, estás llorando.

Suspiré.

—Estoy cansada.

—¿De qué?

Señalé la ropa sobre la cama.

—Nada me queda bien. Antes podía usar todo esto y ahora apenas me entra.

Las lágrimas cayeron.

—Siento que mi cuerpo ya no me pertenece.— Leila se sentó a mi lado.—He intentado de todo y sigo sintiéndome atrapada.

—Eso no cambia quién eres.

Solté una risa amarga.

—Es fácil decirlo.

—Pero yo te conozco. Cuando te veo, no pienso en tu peso.

Guardé silencio.

Leila se levantó de repente.

—Ya vuelvo.

Rebuscó en su armario y sacó un vestido rojo con una bandana a juego.

—Póntelo.

—No quiero pasar vergüenza.

—No la pasarás.

Terminé aceptando.

Cuando salí del baño, sonrió.

—¿Ves? Te queda precioso.

Me miré al espejo.

Por primera vez en todo el día no quise llorar.

—Gracias.

—Para eso estoy.

Se dejó caer sobre la cama.

—Además, necesito que te pongas así de guapa para la reunión familiar de hoy.

—¿La de tus primos?

—Sí. Hace años que no los veo.

—¿Cuántos son?

—Tres primos insoportables.

Reí.

—¿Y si cambiaron?

—Eso quiero averiguar.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

Leila me lanzó una almohada.

—Cállate.

La atrapé.

—Al menos no tendrás que enfrentarlos sola.

—Exacto.

Me señaló.

—Porque tú vienes conmigo.

—No sé...

—Sí vas a venir.

Negué con la cabeza.

—Eres imposible.

—Y aun así sigues siendo mi amiga.

Sonreí de verdad.

Mis problemas seguían ahí, pero junto a mi mejor amiga todo parecía un poco más soportable.

***

—Tú debes ser Isabela.

Me giré y me encontré frente a un chico alto de cabello oscuro y ojos marrones.

Por un segundo me quedé observándolo.

Era ridículamente guapo.

—¿Y tú eres...?

—Andrew.

Antes de que pudiera responder, una voz apareció detrás de él.

—¿Solo vas a decir tu nombre? Qué aburrido.

Otro chico se colocó a su lado.

Era más delgado, de piel muy pálida y una sonrisa que parecía significar problemas.

—Yo soy Edward. El primo favorito de la familia.

—Nadie te ha nombrado primo favorito —respondió Andrew.

—Porque tienen miedo de admitir la verdad.

—Porque no es verdad.

—Detalles.

No pude evitar reír.

—¿Siempre son así?

—Peor —contestó Leila, apareciendo a mi lado—. Te presento a mis primos insoportables.

—Qué forma tan bonita de recibirnos —dijo Edward llevándose una mano al pecho.

—Todavía falta uno.

Miré alrededor.

—¿Dónde está Alex?

Leila señaló hacia la terraza.

A través de la puerta de cristal vi a un chico sentado sobre la barandilla.

Tenía varios tatuajes visibles en los brazos y sostenía un cigarrillo entre los dedos.

Parecía completamente ajeno al ruido de la fiesta.

—Ahí.

—¿Siempre está solo? —pregunté.

—Casi siempre.

—No está solo —dijo Edward—. Está con sus pensamientos oscuros y misteriosos.

Andrew soltó una carcajada.

—Ignóralo.

—Nunca me ignoren. Soy el alma de esta familia.

—Eres el motivo por el que mi tía tiene migrañas —dijo Leila.

Edward pareció orgulloso.

—Gracias.

Yo me reí.

Quizás por primera vez en mucho tiempo me estaba divirtiendo de verdad.

—¿Así que tú eres la famosa Isabela? —preguntó Andrew.

Sentí cómo mi sonrisa se debilitaba un poco.

—¿Famosa?

—Leila habla mucho de ti.

—Demasiado —añadió Edward.

—Muchísimo —confirmó Andrew.

—Son unos exagerados.

—No lo somos —dijeron ambos al mismo tiempo.

Leila les lanzó una mirada asesina.

Yo terminé riéndome.

—Bueno, espero que haya dicho cosas buenas.

—Depende —contestó Edward.

—Edward.

—¿Qué? Estoy siendo sincero.

—Edward.

—Está bien.

Volvió a mirarme.

—Sí. Solo cosas buenas.

Antes de que pudiera responder, una mujer apareció cargando una bandeja llena de comida.

—¡Leila!

—Hola, tía.

La mujer la abrazó inmediatamente.

Luego me observó.

—¿Y tú eres la amiga?

—Sí, señora.

—Nada de señora.

Me dio un abrazo antes de que pudiera reaccionar.

—Soy Carmen.

—Mucho gusto.

—Leila habla de ti todo el tiempo.

—¿También usted?

Edward se echó a reír.

—Te dije que eras famosa.

—No ayudes.

La mujer me observó durante unos segundos.

No de forma incómoda.

Más bien como si intentara conocerme.

—Es un placer tenerte aquí.

Sentí algo cálido en el pecho.

—Gracias por invitarme.

—Esta también es tu casa mientras estés aquí.

Aquellas palabras me tomaron por sorpresa.

Porque después de los últimos años, pocas veces me había sentido bienvenida en algún lugar.

La conversación fue interrumpida por otra mujer.

Luego por un hombre.

Después por una abuela.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.