Todo lo que ocultas

PRÓLOGO: EL DÍA QUE CAMBIÓ TODO

El silencio a los diez años no es pacífico. Es denso, pesado, un monstruo que se te mete en los oídos y te hace escuchar el eco de tu propia respiración.

La nota sobre la mesa de la cocina tenía solo cinco palabras escritas con la caligrafía apurada de mi madre: No soy buena para esto. Al lado, su llavero con la forma de la torre Eiffel. Nada más.

Ese día entendí dos cosas: que la gente que se supone que debe cuidarte puede decidir que no vales la pena, y que el dolor quema tanto que necesitas prender fuego a alguien más para no prenderte fuego tú mismo.

Seis meses después, ella llegó al Blackwood Institute.

—Mírame cuando te hablo, Hart —le solté, cruzándome de brazos en la entrada del pasillo.

Josephine Hart era un desastre viviente. Llevaba una chaqueta negra tres tallas más grande que, según escuché susurrar a los profesores, había pertenecido a su padre, el hombre que se había muerto el mismo mes que mi mamá me había dejado. Estaba rota, igual que yo. Pero ella llevaba la tristeza como una bandera, y a mí la fragilidad ajena me daba asco porque me recordaba a la mía.

Ella no me miró. Mantuvo los ojos fijos en sus zapatillas gastadas, apretando las correas de su mochila contra el pecho.

—¿Eres sorda o qué? —insistí, dando un paso hacia ella. La acorralé contra los casilleros.

Cuando por fin levantó la cabeza, me congelé un segundo. Tenía la cara salpicada de pecas oscuras, diminutas, desordenadas. Pero lo peor eran sus ojos. Uno era marrón oscuro; el otro, un verde claro, casi translúcido. Heterocromía. Algo raro. Diferente.

—Eres rara, Hart —le dije, forzando una sonrisa cruel, encontrando el punto exacto donde golpear—. Das un poco de miedo. ¿Qué te pasa en los ojos? ¿Naciste fallada?

Vi el momento exacto en que mis palabras impactaron en ella. Sus ojos verdes y marrones se llenaron de lágrimas instantáneas, pero no las dejó caer. Su boca se apretó en una línea fina y el color rojo le subió por las mejillas, encendiendo cada una de sus malditas pecas.

—Déjame en paz, Noah —susurró con la voz temblorosa, intentando empujarme para pasar.

—¿O si no qué? ¿Vas a ir a llorarle a tu papá? Ah, no, cierto que ya no está.

Fui un monstruo. Lo supe en el mismo instante en que lo dije. Pero ver que alguien podía ser más miserable que yo me dio una descarga de poder que mi cuerpo de diez años necesitaba desesperadamente. Usé la crueldad como un escudo para que nadie viera que yo también me despertaba llorando a mitad de la noche.

Josie me miró entonces. Directo. Con una furia tan pura que me dio escalofríos.

—Te odio —dijo, y no sonó como el berrinche de una niña. Sonó como un juramento.

A partir de esa semana, el colegio se convirtió en nuestro campo de batalla privado. Yo la buscaba solo para despedazarla con comentarios sobre su aspecto. Me obsesioné con sus reacciones, con la forma en que intentaba volverse invisible.

Y funcionó. A los pocos meses, Josie cambió.

Empezó a usar una capa gruesa de maquillaje beige que le borraba las pecas, dejándole la piel acartonada y sin vida. También aprendió a caminar mirando al suelo, con el flequillo largo cubriéndole la cara para que nadie pudiera notar el color de sus ojos. Se escondió del mundo. Se escondió de mí.

Una tarde, después de clases, la encontré detrás del gimnasio intentando arreglarse el maquillaje frente a un espejo de mano rosa. Tenía los ojos rojos de haber llorado en el baño.

Al verme aparecer, no me dio tiempo a hablar. Se levantó de un salto, miró el espejito y, con toda la fuerza de su cuerpo, lo estrelló contra el contenedor de basura. El vidrio se rompió en mil pedazos.

—No vas a volver a hacerme llorar, Noah Blake —declaró, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano, borrando la pintura y dejando al descubierto tres pecas oscuras—. Nunca más.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome solo con el sonido de mis propios latidos y el reflejo roto de mi culpa en la basura. Ese día nos juramos un odio que creció con nosotros, año tras año, centímetro a centímetro.

Siete años después.

El motor del auto de mi madrastra se apagó frente a la entrada principal.

Miré por la ventana de mi habitación en el segundo piso. El sol de otoño pintaba el jardín de tonos marrones y amarillos. En el asiento del acompañante, mi papá sonreía como no lo había visto sonreír en casi una década. A su lado, la mujer que lo había devuelto a la vida abría la puerta del coche.

Y entonces la vi bajar a ella.

Ya no era la niña de diez años con ropa gigante. Josephine tenía diecisiete, el pelo oscuro le caía en ondas sobre los hombros y llevaba un buzo oversize que le tapaba las manos. Seguía usando esa maldita base pesada que intentaba ocultar lo que yo recordaba perfectamente.

Se paró junto al maletero, mirando nuestra casa con una mezcla de pánico y repugnancia.

Las maletas estaban sobre el asfalto. Sus vidas armadas en cajas. El matrimonio de nuestros padres era un hecho; se habían casado en secreto la semana pasada y hoy era el día de la mudanza oficial.




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