Todo lo que ocultas

Capítulo 1 - Compartiendo infierno

Todos aman a Noah Blake. Yo fui la única que nunca pudo hacerlo.

Supongo que eso debería hacerme sentir especial. Diferente. Pero, sinceramente, después de seis meses viviendo bajo el mismo techo con él, lo único que me hacía sentir era agotada. Muy agotada.

—¿Piensas quedarte mirando los cereales o vas a desayunar en algún momento?

Levanté la vista despacio. Noah estaba apoyado contra la isla de la cocina con el uniforme de baloncesto impecable del Blackwood Institute y esa expresión tranquila que usaba para irritarme sin siquiera esforzarse. Idiota.

Su padre decía que Noah había heredado los ojos azules de su madre. Yo creía que también había heredado el talento absoluto para arruinarme la existencia.

—¿Andas corto de atención o por qué necesitas respirar oxígeno ajeno tan temprano? —respondí, volcando la leche con brusquedad en el tazón.

Mi madre soltó un suspiro cansado desde la cafetera.

—Buenos días para ustedes también.

Noah dejó escapar una risa apenas audible. Ese era el verdadero problema con él: nunca perdía el control. Simplemente te miraba fijamente, como si supiera un secreto sucio sobre ti, esperando a que explotaras primero. Y yo siempre lo hacía.

—Estamos siendo civilizados, papá —interrumpió Noah antes de beber un sorbo de café.

Mentiroso. No existía nada civilizado entre nosotros, solo portazos, silencios incómodos y una tensión asfixiante que hacía que respirar dentro de esa casa fuera una maldita tortura.

El peor momento del día era el trayecto matutino. Treinta minutos atrapada en el asiento del copiloto con Noah conduciendo relajado, con una mano en el volante, la mandíbula tensa y su perfume caro llenando el espacio. Y yo fingía demencia, aunque mi cerebro insistiera en registrar cada uno de sus movimientos.

Depender de él para ir al instituto era mi mayor humillación personal, pero no tenía opción. Rendí tres veces el examen de conducir. Las tres fueron un completo desastre. En la primera me subí a la acera, en la segunda casi estampo el auto de mi madre contra un contenedor de basura, y en la tercera me dio un ataque de pánico antes de encender el motor. Así que ahí estaba, condenada a su copiloto.

Al llegar a Blackwood, prácticamente escapé del auto, pero mi paz duró doce segundos. Una horda de alumnas y compañeros del equipo se le tiró encima en cuanto cruzamos la entrada principal. El Chico de Oro en su máximo esplendor: capitán del equipo, mejor promedio y el favorito de todos. Jodidamente desesperante.

Mi distracción mental me pasó factura un par de horas después. Durante el examen de Literatura, mi cerebro idiota prefirió pasar veinte minutos colgado de la ventana, observando a Noah entrenar tiros libres en las canchas exteriores. El profesor dejó la hoja sobre mi escritorio con un enorme 43 rojo escrito arriba. Un desastre absoluto.

La frustración me cegó. En cuanto terminó la clase, caminé directo hacia su escritorio.

—Esto es injusto, profesor. Sé que mis últimas entregas no fueron perfectas, pero esta nota está mal —le reclamé, con la voz temblorosa por la impotencia.

El hombre me miró por encima de sus gafas, imperturbable.

—Su hoja estaba prácticamente en blanco, señorita Hart. Si no le gusta la calificación, tendrá que reflexionar sobre su actitud en el aula de castigo esta tarde. Dos horas.

Apreté los puños, tragándome las lágrimas. Genial. Otra humillación para mi colección personal.

Por eso regresé a casa pasadas las ocho de la noche, exhausta y de un humor de perros. La casa parecía en completo silencio y las luces del segundo piso estaban apagadas. Avancé a tientas por el pasillo, deseando llegar a mi cuarto para encerrarme a llorar a solas, pero al doblar la esquina choqué de lleno contra un muro sólido de músculos.

—Mierda —solté, perdiendo el equilibrio.

Antes de caer, dos manos grandes y firmes me sujetaron con fuerza por la cintura. El aire se me atoró en la garganta.

Noah. Incluso en la penumbra, su perfume amaderado y el calor que desprendía su piel lo delataron al instante. Llevaba únicamente un pantalón de chándal gris, dejando su torso desnudo a centímetros de mi rostro. Su respiración pausada chocaba contra mi frente y la presión de sus dedos me quemaba a través de la ropa.

Intentamos mantener nuestra regla de oro de ignorarnos, pero Noah no me soltó. Me mantuvo pegada a su pecho, rompiendo el pacto, mirándome fijamente a los ojos en la penumbra, directo a mi heterocromía.

Sus ojos azules bajaron apenas un segundo hacia mis labios antes de volver a subir con una lentitud peligrosa. Una sonrisa arrogante, oscura y completamente humana apareció en su rostro.

—Estás en problemas, hermanita —murmuró cerca de mi oído, con una voz ronca que me erizó los vellos de la nuca.




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