Todo lo que ocultas

Capítulo 2 - Castigo

—Vas a recibir tutorías de Noah, Josie. Y no es una discusión —soltó mi madre, dejando los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco.

La cena familiar se convirtió en mi ejecución pública en tres segundos. Mi madre me miraba con esa expresión de haber encontrado la salvación, mientras el padre de Noah asentía, orgulloso del rendimiento perfecto de su hijo en el último examen. Y Noah… Noah ni siquiera me miraba. Cortaba su carne con una parsimonia que me ponía enferma, luciendo esa maldita tranquilidad de quien sabe que ha ganado antes de empezar a jugar.

Quise gritar. Quise levantarme y estampar mi plato contra la pared, pero me obligué a tragarme la humillación. No iba a darles el espectáculo que esperaban. Menos a él.

Esa escena de la noche anterior se había transformado en mi sentencia de muerte para el día siguiente. Pasé el resto de la velada y toda la mañana en el instituto con el estómago hecho un nudo, sintiendo una cuenta atrás invisible corriendo en mi contra. Ver a Noah en los pasillos de Blackwood, rodeado de su equipo de baloncesto y luciendo esa jodida sonrisa perfecta, solo aumentó mis ganas de estampar la mochila contra el suelo. Él sabía lo que venía. Yo también.

Por eso, cuando dieron las ocho de la tarde del día siguiente, la cocina de nuestra casa se sintió como una celda de aislamiento.

Los libros de Literatura pesaban más que el plomo sobre la madera de la isla. Me senté a la fuerza, apretando los dientes para no salir corriendo. Noah apareció un minuto después, arrastrando la banqueta de enfrente con un chirrido molesto. Se había quitado la camiseta del equipo y ahora llevaba una de algodón negro que le quedaba estúpidamente bien. Apoyó los antebrazos en la superficie, mirándome con esa pose de tutor paciente que no se creía ni él.

—A ver, Hart. Abre el tema tres —dijo, usando un tono falsamente protector que me revolvió el estómago.

—Puedo leer sola, Blake. No necesito que me hables como si fuera retrasada —escupí, pasando las páginas con tanta agresividad que casi arranco una.

—Si pudieras sola, no habrías sacado un cuarenta y tres y no te habrían mandado al aula de castigo ayer, ¿no crees? —esbozó una sonrisa irónica, esa que le salía tan natural—. Estoy intentando ayudarte. Tu madre está preocupada, y yo solo quiero que este año no sea un desastre para ti.

Su condescendencia me quemó la sangre. El resentimiento que llevaba guardando durante años me subió por la garganta como ácido puro.

—¿Ayudarme? ¿Tú? —solté una carcajada amarga, cerrando el libro de golpe—. No me hagas reír. No te pongas la máscara de hermano perfecto conmigo, Noah. Te conozco. Conozco al imbécil que disfrutaba haciéndome la vida imposible a los diez años, al que se encargaba de recordarles a todos en el pasillo que yo era la rara de los ojos deformes.

Noah se tensa. Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero vi cómo sus dedos se apretaban alrededor del borde de la mesa y cómo su mandíbula se volvía una línea rígida. Sus ojos azules perdieron esa calma insoportable y se oscurecieron. Le había dado donde dolía, justo en el recuerdo de la crueldad que ahora intentaba enterrar bajo su fachada de chico de oro. El pasado todavía le escocía, y saberlo me dio una descarga de adrenalina brutal.

—Eso fue hace años, Josephine —su voz bajó un octavo, sonando más grave, más cruda—. Éramos niños.

—Tú eras un monstruo. Y no voy a olvidar lo que me hiciste sentir por mucho que ahora juegues a ser el salvador de la casa.

Nos quedamos en silencio, desafiándonos con la mirada. La tensión entre los dos era algo físico, una cuerda invisible que se tensaba más y más con cada respiración. Yo tenía los puños cerrados sobre mis muslos, conteniendo el temblor de la rabia. Él me sostenía la mirada de una forma tan salvaje que sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. No había nada de "hermanastros" en la forma en que nos mirábamos. Era odio puro, o tal vez algo mucho peor que no quería nombrar.

Estiré la mano para agarrar mi bolígrafo, dispuesta a terminar con esa farsa y largarme a mi cuarto, pero Noah se adelantó.

Se inclinó sobre la mesa de golpe, invadiendo mi espacio personal de una manera tan brusca que me obligó a echar el cuerpo hacia atrás. Su mano atrapó el bolígrafo antes que la mía. Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. Pude oler su perfume, ese aroma caro y amaderado que odiaba porque me aceleraba el pulso, y sentí el calor que desprendía su piel.

Mis ojos se clavaron en los suyos. Estaba tan cerca que podía ver las motas oscuras en su mirada azul. Bajé la vista un segundo hacia sus labios, rozando el peligro, antes de volver a mirarle de frente. El corazón me iba a mil por hora, golpeándome las costillas con una fuerza estúpida. Quería apartarme, pero mi cuerpo no respondía. Estaba completamente hipnotizada por la cercanía, por la electricidad estúpida que siempre vibraba entre nosotros cuando cruzábamos los límites.

—Suelta el bolígrafo, Noah —susurré, odiando que mi voz sonara tan jodidamente afectada.

Noah me sostuvo la mirada un segundo más, saboreando el control de la situación, y luego apartó la mano despacio, dejándome libre.

Se echó hacia atrás en su banqueta, y vi cómo recolocaba su máscara perfecta en un parpadeo. La frialdad volvió a sus ojos como si nada hubiera pasado. Esbozó una sonrisa de suficiencia que me dio ganas de pegarle.




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