Todo lo que ocultas

Capítulo 3 - El chico de oro

El rugido de las gradas del Blackwood Institute casi hace que me estalle la cabeza. Cientos de personas gritaban al unísono, saltando y agitando pancartas con los colores del colegio mientras el silbato del árbitro marcaba el final del tercer cuarto.

Otra jugada magistral de Noah Blake. Otra canasta limpia que nos ponía diez puntos por encima en el marcador.

—¡Es que es increíble! ¡Dios mío, Josie, dime que has visto ese triple! —Emma me agarró del brazo, sacudiéndome con una fuerza que estuvo a punto de hacerme tirar el vaso de refresco.

Asentí con una sonrisa falsa que ya me empezaba a acalambrar los músculos de la cara. Si por mí fuera, estaría metida en mi habitación con música a todo volumen, pero mi madre me había rogado que viniera. “Hay que apoyar a tu hermano, Josie, ahora somos una familia”, me había dicho con esa mirada de culpa que me desarmaba. Así que ahí estaba, tragándome el polvo del pabellón y la adoración colectiva hacia el Chico de Oro.

Desde mi asiento en la tercera fila, busqué a Noah en la cancha. Estaba rodeado por sus compañeros, chocando las manos, con el cabello rubio húmedo pegado a la frente y esa maldita seguridad que parecía venirle de nacimiento. Al otro lado de la pista, Madison, su exnovia y la capitana de las animadoras, lo devoraba con la mirada mientras se acomodaba la coleta alta.

Sentí una punzada incómoda en el estómago, una mezcla extraña de envidia y pura disonancia cognitiva. Me jodía ver la facilidad pasmosa con la que el mundo entero lo amaba. Para ellos era el dios del instituto; para mí, el chico que me había dejado marcada la piel con sus palabras crueles años atrás. ¿Cómo demonios lo hacía? ¿Cómo borraba el monstruo que llevaba dentro frente a tanta gente?

De pronto, Noah giró la cabeza hacia las gradas. Sus ojos azules barrieron la multitud de forma automática hasta que se detuvieron.

Directo en mí.

Me quedé helada. Estaba lo suficientemente cerca como para ver cómo se le tensaba la mandíbula. El balón descansaba bajo su brazo, pero no se movió durante varios segundos, ignorando por completo los gritos de su entrenador. Sentí el pulso acelerarse en el cuello, una reacción estúpida de mi cuerpo ante su escrutinio. Noah parecía distraído, extrañamente ido mientras me sostenía la mirada, como si el ruido del pabellón hubiera desaparecido para los dos.

El silbato volvió a sonar, rompiendo el hilo invisible. Noah parpadeó, regresó al partido y yo por fin pude soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Cuando el partido terminó con una victoria aplastante, la marea humana bajó a la cancha. Emma me arrastró de la mano entre los estudiantes hasta que quedamos cerca de la zona de vestuarios. El ambiente apestaba a sudor, palomitas y hormonas adolescentes.

—Josie, tengo que contarte algo porque si no voy a reventar —dijo Emma de repente, deteniéndose en seco y mirándome con las mejillas encendidas.

—¿Qué pasa? Me estás asustando.

Emma miró hacia el pasillo por donde los jugadores empezaban a salir y luego volvió a mí con un dramatismo absoluto en los ojos.

—Estoy enamorada de Noah. Pero de verdad, Josie. Sé lo que vas a decir, que la semana pasada juraba que Lucas era el hombre de mi vida y que en el verano conocí a mi alma gemela en la playa... pero esto es diferente. Te lo juro. Llevo días sin poder dormir pensando en él. Y ahora que vivís bajo el mismo techo... no sé, pensaba que podrías echarme una mano para averiguar si tengo alguna oportunidad.

Tragué saliva. Juro que sentí un sabor amargo en la boca, denso y desagradable. Una punzada de culpa salvaje me atravesó el pecho, una sensación asfixiante que no logré comprender del todo. ¿Por qué me sentía así? Emma se enamoraba tres veces por mes, pero pensar en ella cerca de Noah, metida en el espacio que ahora nos pertenecía a oscuras en el pasillo de casa, me revolvió el estómago.

—Emma, yo… —comencé, pero las palabras se me murieron en la garganta.

—¡Buen partido, Blake! —gritó alguien a nuestras espaldas.

Noah apareció entre la multitud. Llevaba la bolsa de deporte colgada de un hombro, la camiseta de tirantes del equipo todavía empapada de sudor y la piel encendida por el esfuerzo. Varias personas intentaron pararlo, pero él avanzó esquivándolos con una puntería milimétrica.

Directo hacia nosotras.

Emma se tensó a mi lado, conteniendo el aliento. Yo me obligué a clavar los pies en el suelo, cruzándome de brazos para poner distancia.

Noah se detuvo a menos de medio metro de mí. Pasó olímpicamente de Emma y de los tíos que le venían pisando los talones. Su respiración era agitada, ruidosa, y pude notar el olor a limpio mezclado con el calor de su piel. Era jodidamente invasivo. Se inclinó un poco hacia mí, recortando la altura, solo para buscarme las cosquillas.

—Vaya, Hart. No sabía que te gustaba el baloncesto —dijo con esa voz ronca que le quedaba después de jugar—. O quizás has venido solo para comprobar si el cuarenta y tres de tu examen se contagia.

—He venido porque mi madre me ha obligado, Blake —le siseé, apretando los dientes, odiando la forma en que mis ojos bajaban por su cuello sudado antes de obligarme a mirarle de frente—. No te flipes. Tu juego me aburre.

Noah soltó una risa baja, un sonido sutil que me vibró directo en el pecho. Sus ojos azules destellaron con esa burla arrogante que me desquiciaba, pero también con una intensidad que me hizo dar un paso atrás de forma instintiva.




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