Todo lo que ocultas

Capítulo 4 - No me mires así

El crujido de la madera bajo mis pies descalzos sonó como un disparo en medio de la noche.

Eran pasadas las de las once.

Crucé el umbral de la cocina a oscuras con el corazón en la boca, sabiendo perfectamente quién me estaba esperando apoyado contra la mesada de granito.

Me abracé a mí misma. Tiré hacia abajo de las mangas de mi sudadera gris, tres tallas más grande. Iba con los ojos pesados, el cabello revuelto en un moño deshecho y la cara completamente lavada. Sin una sola gota del maquillaje que usaba para tapar mis pecas o el color dispar de mis ojos.

Odiaba estar así de expuesta ante él. Pero el mensaje de Noah no me dejaba otra opción.

Él se giró despacio al notar mis pasos.

Se había quitado la playera del equipo. Llevaba una sudadera negra con las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista las venas marcadas de sus antebrazos. Tenía una taza humeante entre las manos y unas hojas llenas de anotaciones al lado.

Sus ojos azules me barrieron de arriba abajo con una lentitud que me erizó la piel.

No dijo nada durante dos segundos eternos.

La forma en que su mirada se clavó en mi rostro desarmado me dio ganas de darme la vuelta y salir corriendo. Había una fascinación extraña y contenida en sus ojos. Algo oscuro que parecía intentar reprimir sin éxito.

Algo que me ponía los pelos de punta.

—Te costó decidirte a bajar, Hart —susurró.

Su voz ronca rompió la penumbra, yendo directo a mi estómago.

—No te hagas ideas, Blake —respondí en el mismo tono bajo, plantándome a un metro de él—. Simplemente estaba cansada y no pienso aguantar tus aires de grandeza a estas horas. Dame los apuntes de la tutoría de mañana y déjame subir.

Noah dejó la taza sobre el granito con un golpe sordo. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia con una tranquilidad pasmosa que me puso a la defensiva al instante.

—¿Tanto miedo te da pasar diez minutos a solas conmigo? —repuso con una sonrisa de lado. Esa que usaba para desquiciarme.

Noah inclinó un poco la cabeza, sosteniéndome la mirada. La diversión de sus ojos se transformó en algo mucho más denso. Más oscuro.

—A mí no me pareció que estuvieras tan cansada esta tarde —murmuró, dando otro paso que me obligó a retroceder hasta que la madera de la isla de la cocina me frenó la espalda de golpe—. Te vi en la grada, Josie.

Me quedé sin aire.

Atrapada.

—Fui porque mi madre me obligó —logré apoyar las manos en el borde del mueble para que no me temblaran—. No te engañes. Tu partido me pareció aburridísimo.

Noah soltó una risa baja, un sonido sutil que me vibró directo en el pecho. Se inclinó un poco más, rompiendo la poca distancia que nos separaba. Su aliento rozó mi frente.

—Pues a mí me encantó verte ahí —confesó, y su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente suave—. Aunque te pasaras todo el tiempo intentando no mirarme. Me distraes, Jo. Y lo peor es que lo haces a propósito.

—¿Que yo te distraigo? ¡Te crees el centro del universo, imbécil!

Le siseé, apretando los dientes para ocultar el temblor de mi voz. Tenía el pulso totalmente desbocado.

Noah apoyó una mano a cada lado de mi cuerpo sobre la mesada. Me arrinconó por completo, invadiendo cada milímetro de mi espacio personal. Su pecho quedó a nada de rozar el mío. Pude sentir el calor que desprendía su piel, el olor a su gel de ducha mezclado con el café y su respiración profunda golpeándome la frente.

Quería desaparecer.

Giré la cabeza hacia un lado de inmediato, esquivando sus ojos. El pánico me atrapó el pecho. Estaba demasiado cerca, la luz tenue de la cocina le daba de lleno a mi rostro y no tenía dónde esconderme de él.

No quería que me mirara así. No quería que analizara mi heterocromía ni el desastre de manchas marrones que cubría mi piel y que tanto odiaba. No frente a él, que había sido el primero en hacerme sentir un monstruo.

—Mírame, Jo —pidió en un susurro casi imperceptible, su aliento rozando mi oreja.

—No. Suéltame y déjame subir. Ya tienes lo que querías.

—He dicho que me mires.

Antes de que pudiera replicar o empujarlo, los dedos de su mano derecha se cerraron alrededor de mi mentón.

Su agarre no era doloroso, pero sí firme. Implacable. Me obligó a girar la cabeza despacio, forzándome a clavar mis ojos dispares directamente en los suyos.

El aire se me escapó de los pulmones de golpe.

La cercanía era asfixiante, peligrosa. Y una contradicción estúpida me golpeó el pecho. Lo odiaba con toda mi alma, pero mi cuerpo estaba respondiendo a su maldita cercanía. Sus ojos azules bajaron apenas un segundo hacia mi boca, que temblaba ligeramente, y juro que por un instante creí que iba a acortar los escasos centímetros que nos separaban para besarme.

Todo mi cuerpo se tensó, suspendido en una cuerda floja entre el rechazo y un deseo punzante que me negaba a admitir.




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