Todo lo que ocultas

Capítulo 5 - Emma

Mantener un secreto es como intentar sostener agua entre las manos. Tarde o temprano, se te escapa entre los dedos.

El problema era que mi secreto tenía nombre, apellido y dormía en la habitación de al lado.

—¡No, te lo juro! Es que no puedo dejar de pensar en cómo me miró ayer en el partido —Emma se tiró boca abajo en mi cama, abrazando mi almohada contra su pecho—. Josie, en serio, creo que esta vez es el definitivo. Siento cosas en el estómago que nunca antes había sentido.

Me obligué a sonreír mientras me sentaba con las piernas cruzadas en el suelo, apoyada contra la base del colchón. Mi habitación, que siempre había sido mi refugio seguro, se sentía de pronto como un maldito campo minado.

—Emma, la semana pasada me dijiste exactamente lo mismo de Lucas. Y en el verano, el chico de la playa era tu alma gemela.

—¡Eso fue diferente! —se quejó, lanzándome un cojín que atrapé en el aire—. Lo de Lucas fue un enamoramiento pasajero. Y el chico de la playa ni siquiera vive en este estado. Pero Noah… Noah está aquí. Va a nuestro instituto. Y lo mejor de todo es que es tu hermanastro.

Cada vez que pronunciaba esa palabra, sentía un tirón violento en el centro del pecho.

Culpa.

Una culpa enorme, densa y asfixiante que me quemaba la garganta. Emma era mi mejor amiga. Había estado conmigo cuando mi mundo se cayó a pedazos tras la muerte de mi padre, aguantando mis silencios y mis días oscuros. No se merecía esto. No se merecía que su amiga se quedara callada mientras ella planeaba un futuro con el chico que, apenas unas horas antes, me había arrinconado contra la mesada de la cocina.

Todavía podía sentir el fantasma de los dedos de Noah rozando mi mejilla desnuda.

—Por eso necesito que me ayudes, Josie —Emma se incorporó, mirándome con esos ojos brillantes llenos de una ilusión que me hacía sentir la peor persona del universo—. Viven en la misma casa. Desayunan juntos. Tienen las tutorías privadas. Tienes que averiguar qué le gusta en una chica. Si prefiere que sea directa o si le van más las que se hacen las difíciles.

Tragué saliva, sintiendo la boca completamente seca.

—Emma, de verdad creo que no deberías hacerte ilusiones con él. Noah es… complicado. No es el chico perfecto que todos ven en el instituto.

—Sé que te cae mal por lo que pasó cuando éramos niños, Josie. Pero él cambió. Míralo ahora, es un sol con todo el mundo. Solo necesito una señal. Si tú me dices que hay otra persona en su vida, lo dejo estar. Te lo juro.

Se me cortó la respiración.

Díselo. El pensamiento cruzó mi mente como una ráfaga. Dile que se aleje de él. Dile que te toca cuando nadie los ve.

—No sé si hay alguien más —mentí, bajando la vista hacia mis manos para que no descubriera la verdad en mis ojos—. No hablamos de esas cosas, Emma. Ya te lo dije, nos ignoramos todo lo que podemos.

Emma suspiró, acomodándose el cabello detrás de la oreja con expresión resignada.

—Bueno, pero ahora van a pasar tiempo juntos con las tutorías. Por favor, mantén los ojos abiertos, Josie. Si descubres algo, dímelo. No quiero romperme el corazón otra vez.

—Está bien —murmuré, sintiendo que las palabras me pesaban como bloques de cemento—. Te lo prometo.

Emma sonrió, completamente aliviada, y se volvió a recostar, ajena por completo al desastre que acababa de provocar en mi cabeza.

De pronto, un escalofrío me recorrió la nuca. Miré hacia la puerta entornada de mi habitación por puro instinto.

Noah estaba en el pasillo.

Se había detenido justo en la abertura, de camino a las escaleras. Llevaba unos pantalones cortos deportivos y una playera gris de algodón suelta. No se escondía. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos azules estaban clavados directamente en mí, devorando mi expresión de absoluta incomodidad.

Había estado escuchando.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, pero por la intensidad de su mirada, supe que lo sabía todo. Su mandíbula estaba rígida, tensa. Sostuvo mi mirada durante tres segundos eternos, desafiándome en silencio, antes de darse la vuelta y bajar las escaleras sin hacer un solo ruido.

La cena familiar de esa noche fue otra tortura, pero por razones completamente distintas.

Esperaba que Noah me lanzara dardos verbales, que usara lo que había oído para burlarse de mí o de Emma. Pero no lo hizo. Al contrario, empezó a actuar de una manera extrañamente suave frente a nuestros padres.

—Déjame ayudarte con eso, Josie —dijo cuando me vio batallar para abrir una botella de agua, quitándomela de las manos con una caballerosidad que me puso los pelos de punta.

Mi madre lo miró encantada, y su padre sonrió, comentando lo bien que nos estábamos adaptando a vivir juntos. Yo solo quería que la tierra me tragara. Noah estaba jugando conmigo, usando su máscara de chico perfecto para descolocarme.

—¿Me pasas la ensalada, por favor? —pidió Noah, mirándome desde el otro lado de la mesa. Su tono era extrañamente bajo, casi íntimo.

Agarré la ensaladera de vidrio, deseando terminar la cena para encerrarme en mi cuarto. Me estiré para alcanzársela y él extendió las manos para recibirla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.