Todo lo que ocultas

Capítulo 6 - Tormenta

El azote violento de la lluvia otoñal contra los grandes ventanales del despacho me hizo dar un respingo en la silla.

Afuera, la noche se había vuelto completamente negra. Adentro, la lámpara de escritorio del papá de Noah apenas lograba iluminar los pesados libros de texto que teníamos abiertos entre los dos. Estábamos en el rincón más alejado de la casa, rodeados de paredes cubiertas de madera y un silencio sepulcral que solo se rompía por los truenos que retumbaban a lo lejos.

Odiaba las tormentas. Las odiaba con toda mi alma desde la noche en que mi padre murió en la carretera bajo un aguacero idéntico a este.

—Concéntrate, Hart. Estás leyendo la misma línea desde hace diez minutos —la voz de Noah me trajo de vuelta a la realidad.

Estaba sentado frente a mí, con los codos apoyados en el escritorio y un bolígrafo girando entre sus dedos largos. Su tono ya no tenía la ironía de siempre. Me miraba de una forma fija, analizando la rigidez de mis hombros y cómo apretaba los puños sobre mis muslos.

—Estoy concentrada, Blake —mentí, tragando saliva mientras un rayo iluminaba el despacho por completo a través del cristal.

—No es verdad. Estás temblando —repuso él, dejando el bolígrafo sobre la mesa. Su mirada bajó a mis manos—. Sé que es por la lluvia, Jo. No tienes que fingir conmigo.

—Yo no finjo nada. Déjame en paz y sigue explicando el tema.

Un segundo después, un trueno ensordecedor sacudió las ventanas con tanta fuerza que el piso pareció vibrar.

Y entonces, todo se apagó.

La bombilla de la lámpara parpecuó dos veces y la casa se sumió en una oscuridad absoluta. El zumbido del aire acondicionado se detuvo, dejando el despacho envuelto en el ruido de la tormenta que caía afuera.

Solté un jadeo ahogado. Me levanté de la silla por puro instinto de supervivencia, sintiendo que el pecho se me cerraba por el pánico. El aire se me empezó a escapar de los pulmones.

—Jo, quédate quieta. No te muevas —escuché la voz ronca de Noah en la penumbra.

Un instante después, la pantalla de su teléfono se encendió, arrojando una luz blanca y tenue. No se quedó del otro lado del escritorio. Rodeó el mueble a zancadas, me tomó firmemente de la muñeca y, sin pedirme permiso, me guió en la oscuridad hacia el sillón de cuero que estaba al fondo del estudio.

Se sentó primero y me jaló del brazo con suavidad, obligándome a caer a su lado sobre los cojines.

—Respira —murmuró, acomodándose de lado para quedar de frente a mí—. Es solo un apagón. La tormenta va a pasar.

—No puedo —confesé en un hilo de voz, sintiendo que la habitación se me venía encima. Pegué las rodillas a mi pecho, intentando hacerme pequeña.

El espacio entre los dos desapareció. Nuestras piernas se rozaron de inmediato sobre el sofá, un contacto continuo y pesado que mandó una corriente de calor directo a mi cuerpo congelado. Ninguno de los dos se apartó. El sonido de la lluvia cayendo como un muro allá afuera nos aisló por completo del resto de la casa, del resto del mundo.

Miré de reojo su perfil iluminado por el teléfono. La mandíbula de Noah estaba apretada, pero sus ojos azules ya no tenían esa frialdad perfecta que le mostraba a los demás. Se veía extrañamente humano.

—¿Sigue doliendo tanto? —preguntó de pronto, con la voz más suave de lo que jamás la había escuchado.

Sabía perfectamente a qué se refería. Sabía que hablaba de mi papá. De la noche en que todo cambió para mí.

—Sí —admití, y una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla desnuda—. Siento que el mundo se va a romper cada vez que el cielo ruge así. Y odio que me veas así de rota, Noah. Odio que siempre me veas cuando no puedo más.

Noah se quedó callado un segundo. Vi cómo tragaba saliva y dejaba el teléfono sobre el brazo del sofá, apuntando hacia el techo para que la luz fuera más tenue.

—A mí no me importa verte así, Jo —susurró, recortando la distancia entre nuestros rostros hasta que sentí su aliento en mis labios—. Me gusta que seas tú misma conmigo. De hecho, creo que eres la única persona real que conozco... y llevo años deseando ser el único que pueda sostenerte cuando te rompes.

El aire se me atoró en la garganta. Antes de que pudiera procesar sus palabras, Noah extendió su mano en la oscuridad.

Su brazo rodeó mis hombros con una lentitud deliberada, dándome el tiempo exacto para apartarme si quería. Pero no lo hice. Sus dedos grandes y calientes se clavaron en mi brazo y, con un movimiento firme, me atrajo hacia su pecho.

Mi espalda chocó contra su torso. Pude escuchar el latido acelerado de su corazón retumbando contra mi oído, constante y fuerte, tapando el ruido de los truenos de afuera. Su perfume amaderado me inundó los sentidos, mareándome por completo.

No me alejé. Por primera vez en siete años, rompí todas mis barreras, estiré las manos y me aferré con los puños cerrados a la tela de su sudadera negra. Me escondí en el hueco de su cuello como si Noah fuera mi único maldito refugio en medio del caos.

El silencio se volvió espeso entre nosotros, devorado por el calor de nuestros cuerpos. Noah apoyó la barbilla sobre mi cabeza, y sentí cómo uno de sus dedos empezaba a delinear círculos lentos en mi hombro, subiendo con una parsimonia dolorosa hacia mi cuello. Mi respiración se cortó cuando su pulgar rozó la línea de mi mandíbula, obligándome a levantar un poco la vista.




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