Eran las tres de la mañana y el techo de mi habitación seguía siendo el mismo cuadrado blanco insípido de las últimas cuatro horas.
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, el maldito olor de la lluvia otoñal me llenaba la nariz, mezclado con el aroma dulce y suave del cabello de Jo. Todavía sentía el peso de su cuerpo hundiéndose conmigo en el sillón del despacho, la forma en que sus dedos se habían clavado en mi sudadera negra como si yo fuera su única tabla de salvación.
Como si no me odiara con cada fibra de su ser.
Giré la cabeza hacia la mesita de noche, donde la luz de la luna iluminaba el cuaderno de dibujo que tenía abierto. Estiré la mano y pasé las yemas de los dedos sobre el trazo a lápiz.
Era un desastre de líneas rápidas, pero ahí estaba ella.
Había dibujado su perfil sin darme cuenta, concentrándome en la curva de su nariz y, sobre todo, en ese rastro caótico de manchas marrones que le cubrían las mejillas. Jo odiaba sus pecas. Usaba capas de maquillaje para enterrarlas porque creía que la hacían ver defectuosa.
Y gran parte de la culpa seguía siendo mía. Por el maldito idiota en el que me convertía cada vez que alguien la miraba.
Me pasé una mano por la cara, recordando el día en que Iván, mi mejor amigo desde la infancia, cometió el error de hablar de más en el patio del colegio cuando apenas teníamos diez años.
«Oye, Blake, la niña nueva de las trenzas... Josie. Estuve mirándola en el recreo. Creo que es la niña más linda de todo el salón. Esos ojos de dos colores que tiene son increibles», me había dicho con una sonrisa boba.
Sentí una furia tan ciega, extraña y salvaje en ese instante que estuve a punto de empujarlo contra el muro. Mi cerebro de diez años no entendía qué era ese sentimiento, pero no soportaba la idea de que otros ojos la recorrieran. No soportaba que nadie más notara lo que a mí me quitaba el sueño desde que llegó al colegio.
Así que hice lo único que sabía hacer para alejar a los demás y marcar territorio: destruir.
Esa misma tarde, cuando la encontré en el pasillo rodeada de otros niños, me acerqué con mi peor cara de niño malcriado. Quería llamar su atención, que me mirara a mí, pero la rabia por lo que había dicho Iván me quemaba por dentro y lo arruiné de la peor manera.
«Oye, Hart», le grité en voz alta, captando la atención de todos a nuestro alrededor. «Deja de mirarnos con esos ojos deformes. Solo las brujas tienen los ojos así, das miedo. Dañas la vista».
Todavía recordaba cómo se le borró la sonrisa de golpe. Cómo se le llenaron los ojos de lágrimas y se tragó el llanto frente a todo el mundo, apretando los puños antes de dar la vuelta y salir corriendo. Iván no volvió a mencionarla porque le dio vergüenza, pero yo me gané su odio eterno.
Desde ese día, cada vez que intentaba acercarme para arreglarlo, terminaba usando la crueldad como escudo. Convirtiendo mi obsesión en una pared de burlas para que ella nunca notara que me moría por dentro si alguien más se le acercaba.
Ella no tenía idea de que yo me sabía de memoria la posición de cada una de esas manchas. No sabía que llevaba años contando esas malditas pecas en mi cabeza, obsesionado con la idea de tocarlas una por una hasta que entendiera que no eran imperfecciones.
Eran de mi Jo.
Cerré el cuaderno con un golpe seco, frustrado por mi propia falta de control. Me senté en el borde de la cama y exhalé un susurro amargo en la penumbra.
Lo peor no eran sus pecas. Eran sus ojos.
Esa maldita heterocromía me tenía loco desde la infancia. Un ojo marrón, profundo como la tierra, y el otro de un verde tan vivo que me quemaba la retina cada vez que me desafiaba con la mirada. Unos ojos que ella ahora camuflaba o desviaba porque mis palabras de imbécil le habían hecho creer que eran una rareza de la que avergonzarse.
Nadie me miraba como ella. Todo el mundo en el instituto agachaba la cabeza o me sonreía para quedar bien con el "Chico de Oro".
Pero ella no. Jo me miraba con un asco tan puro que me encendía la sangre.
Anoche, en el sillón, bajo la luz tenue del teléfono, esos dos ojos de colores distintos me miraron con una vulnerabilidad que casi me hace perder la cabeza. Estuve a milímetros de mandarlo todo al demonio. A milímetros de estampar mis labios contra los suyos y confesarle que me importa un carajo que nuestros padres se hayan casado, que me importa un carajo el instituto y las malditas apariencias.
Estuve a nada de romper mi propia regla de oro: mantener la distancia para no terminar de destruirla más de lo que ya lo hice en el pasado.
Mañana en los pasillos de Blackwood High tendría que volver a ponerme la máscara. Tendría que ignorarla, pasar por su lado como si fuera una desconocida y dejar que tipas como Madison usaran mi brazo solo para que nadie sospechara el infierno que se estaba desatando bajo el techo de mi casa.
Sé perfectamente lo que va a pasar. Ella va a fingir que la tormenta nunca existió. Va a agachar la cabeza, a ponerse su armadura de maquillaje para tapar sus ojos y sus pecas, y a evitarme como si yo fuera la peor de sus pesadillas.