Todo lo que ocultas

Capítulo 8 - Tu buzo

El olor me golpeó antes de que pudiera verlo.

Era esa mezcla exacta que definía a Noah Blake: ropa limpia, una colonia amaderada e intensa con notas de sándalo, y ese rastro persistente de la lluvia que se había quedado guardado en las fibras de algodón.

Ahí estaba, olvidado sobre la secadora de la lavandería común del sótano. Un buzo oversize gris, con los puños ligeramente desgastados y el logo del equipo casi imperceptible por el uso. Mi corazón dio un vuelco estúpido contra mis costillas.

Miré hacia las escaleras. No se escuchaba a nadie en la casa. Nuestros padres habían salido a cenar y el silencio de la propiedad era absoluto.

No lo pensé. Fue un impulso irracional, una necesidad desesperada de tener algo suyo que no fuera una mirada fría en los pasillos de Blackwood o un recuerdo de la infancia. Lo tomé con las manos temblorosas, lo escondí debajo de mi chaqueta y subí los escalones a toda prisa, sintiendo que llevaba un tesoro robado que me quemaba la piel.

Al cerrar la puerta de mi habitación, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Me quité la sudadera gris que llevaba puesta y me deslicé dentro de la suya. Me hundí en la tela. Era enorme; las mangas me cubrían las manos por completo y el dobladillo me llegaba a la mitad de los muslos. El calor residual de la lavandería me envolvió de inmediato, pero lo que realmente me mareó fue su aroma, colándose por mis sentidos, reclamando mi espacio.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero.

Era una imagen ridículamente íntima. El cuello del buzo era tan ancho que se resbalaba de lado, dejando al descubierto mi hombro y mi clavícula derecha. Mis pecas resaltaban con fuerza contra el gris pálido y, por primera vez en el día, no busqué el maquillaje para taparlas. Mis ojos, el marrón y el verde, brillaban con una confusión que me asustó.

Parecía una chica que acababa de pasar la noche en la cama de su novio.

Sentí una oleada de vergüenza brutal que me encendió las mejillas. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se suponía que lo odiaba. Se suponía que Noah era el monstruo que me había llamado bruja a los diez años. El mismo que hoy caminaba con Madison del brazo para que nadie sospechara de nosotros.

Pero ya no podía seguir mintiéndome.

Me dejé caer de espaldas en la cama, abrazando mis propias rodillas y hundiendo la cara en el cuello de la prenda. Inhalé profundo, sintiendo un anhelo tan prohibido que me dolió el pecho. Admitirlo en la mitad de la noche era el fin de mi cordura, pero la verdad estaba ahí, asfixiándome: Noah Blake ya no me resultaba indiferente. Lo deseaba con la misma fuerza con la que intentaba odiarlo.

De pronto, el sonido seco del picaporte me hizo ponerme rígida en el colchón.

La puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.

Me senté de golpe, con el pulso desbocado y la respiración atorada en la garganta.

Noah estaba parado en el umbral.

Llevaba el cabello rubio ligeramente desordenado y una playera negra que se ajustaba a sus hombros. No se movió. Se quedó completamente estático, con la mano apoyada en el marco de madera, observándome detenidamente. Su mirada bajó con una lentitud tortuosa por todo mi cuerpo, reconociendo la prenda gris, las mangas enormes, y se detuvo ahí, fija y pesada, en mi clavícula descubierta.

El silencio que se instaló en el cuarto se volvió denso. Peligroso.

La humillación me revolvió el estómago de inmediato. Me miraba con una fijeza tan cruda, tan indescifrable, que el pánico me nubló el juicio. Me descubrió. Me había atrapado usando su ropa sin permiso, invadiendo su propiedad como una estúpida acosadora. Su mirada oscura solo podía significar una cosa: estaba furioso por mi atrevimiento. Esperé la burla cruel. Esperé que se riera de mí, que soltara algún comentario venenoso sobre lo ridícula que me veía intentando quedarme con algo suyo.

Me preparé para el golpe, apretando la tela del buzo entre mis puños para que no notara cuánto me temblaban las manos.

—¿Qué haces, Hart? —su voz sonó más áspera de lo normal, tan baja que me vibró en el pecho.

—Yo... lo encontré en la lavandería —atiné a decir, sintiendo que la cara me ardía de la pura vergüenza. Intenté tirar del cuello del buzo hacia arriba para cubrirme, pero el tejido volvió a resbalar, exponiendo mi piel—. Pensé que era de mi madre o una prenda vieja. No te des ideas, Blake. Te lo iba a devolver.

Noah soltó una risa corta, tensa, sin un ápice de gracia. Dio un paso corto hacia el interior, obligándome a encogerme en el colchón.

—No mientas. Sabes perfectamente de quién es —murmuró, sin apartar los ojos de mi rostro.

Me sostenía la mirada de una forma que me ponía los pelos de punta. No había su típica sonrisa de suficiencia. Se veía rígido, casi alterado. Estaba segura de que le daba asco o rabia ver su ropa favorita en mi cuerpo desastroso, sin una sola gota de maquillaje que tapara mis pecas o la rareza de mis ojos dispares. Para un perfeccionista como él, que yo hubiera tocado sus cosas debía ser una ofensa intolerable.

—¿A qué venías, Noah? —le pregunté, desesperada por desviar su atención, por hacer que me gritara por el buzo y se fuera antes de que mi pulso me delatara—. Dijiste que nuestros padres no debían vernos hablar aquí arriba. ¿Qué quieres? Cobrame el maldito buzo si quieres, pero no me mires así.




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