El eco del click en la cerradura se me clavó en la base de la nuca.
Me quedé completamente inmóvil en la cama, con los dedos enterrados en los puños de su buzo gris, esperando que Noah diera el siguiente paso. Que me reclamara la ropa, que se burlara o que soltara esa furia contenida que le hacía tensar la mandíbula.
Pero no hizo nada de eso.
Se deslizó de espaldas contra la madera de la puerta hasta sentarse directamente en el suelo, con las piernas largas extendidas y los brazos apoyados en las rodillas. Se veía agotado. La máscara del Chico de Oro que llevaba en el instituto se había quedado en el pasillo.
—No te voy a pedir que te lo quites, Hart —dijo, y su voz sonó tan baja y rasposa en la penumbra que me erizó la piel—. Quédatelo. Te queda mejor que a mí.
Tragué saliva, parpadeando en la oscuridad. El corazón me dio un vuelco violento. No había veneno en su tono.
Me deslicé despacio fuera del colchón, cuidando que el cuello ancho del buzo no volviera a resbalarse por mi hombro, y me senté en el suelo, a un metro de él. El piso de madera estaba frío, pero el aire entre los dos quemaba.
—¿Por qué me mirabas así en la puerta? —pregunté, rompiendo el silencio con un hilo de voz—. Pensé que ibas a gritarme por tocar tus cosas.
Noah soltó una risa corta, amarga, mirando el techo.
—Nadie en este pueblo sabe lo que es perder una mitad, Hart —soltó de pronto, cambiando de tema, y el tono de su voz me oprimió el pecho de golpe—. Todos nos miran como si fuéramos perfectos desde que nuestros padres se casaron. Pero estamos igual de jodidos.
No necesité que me lo explicara. Sabía de qué hablaba. Su madre se había ido cuando él era un niño, dejándolo con un espacio vacío que su padre intentó llenar con dinero y exigencias. Mi padre había muerto en un segundo bajo la lluvia. Dos ausencias distintas, el mismo agujero negro en el estómago.
—Por eso odias las tormentas, ¿no? —murmuró, girando la cabeza para mirarme.
—Y tú por eso eres un imbécil conmigo —le respondí, con una honestidad áspera que nos hizo sostenernos la mirada—. Desde el primer día.
Noah tragó saliva. Vi el movimiento rígido de su garganta antes de bajar la vista hacia sus propias manos.
—Tenía diez años, Jo —confesó, y escuchar ese apodo de su boca en un susurro tan suave me desarmó—. Llegaste al colegio y todo el mundo hablaba de ti. De tus ragos, de tus ojos. Iván no paraba de decir que eras la niña más linda del salón. Y a mí me dio una rabia que no supe controlar.
—¿Rabia? ¿Por eso me dijiste que parecía una bruja y que daba miedo frente a todos? —el viejo dolor punzó en mi pecho, real y pesado—. Me hiciste odiar mis ojos durante años, Noah.
—Porque era un niño estúpido y egoísta —siseó él, y por primera vez noté frustración real en su voz, no arrogancia—. Mi madre acababa de largarse. Yo sentía que si algo me gustaba o me parecía especial, el mundo me lo iba a quitar. Así que cuando te vi... quise que me odiaras. Quise romper lo que tenías antes de que alguien más te tocara. Fui un maldito cobarde.
El hielo que había tardado siete años en construir alrededor de mi corazón empezó a agrietarse, derritiéndose bajo la intensidad cruda de sus palabras. No era una disculpa perfecta; era real. Era la torpeza de un chico que no sabía cómo lidiar con lo que le provocaba.
—Siempre me sentí como un bicho raro —murmuré, bajando la vista hacia el tejido gris de su buzo.
—Eres rara —coincidió él, acortando la distancia entre los dos sin que yo pudiera detenerlo. Se arrastró por el suelo hasta quedar a centímetros de mí—. Pero del tipo que me vuela la cabeza. Del tipo que no me deja dormir una sola maldita noche, Jo.
Su calor corporal me inundó. Extendió su mano grande con una lentitud tortuosa, dándome el espacio para apartarme.
No me moví. Me quedé suspendida en su respiración.
Las yemas de sus dedos, cálidas y ligeramente ásperas, se posaron en mi mejilla izquierda. Subió despacio, con una parsimonia dolorosa que me cortó el aire, hasta que su pulgar delineó con una suavidad infinita el contorno de mi ojo verde.
—Nunca vi ojos más lindos que los tuyos —susurró, inclinándose tanto que su aliento rozó mis labios—. Jamás.
El mundo se redujo a ese espacio mínimo entre nuestras bocas. Todo mi cuerpo temblaba, respondiendo a su cercanía con un deseo ciego que ya no podía camuflar con odio. Sus ojos bajaron a mis labios y juro que sentí el roce inminente de su boca contra la mía.
¡Pam!
El sonido seco de la puerta principal de la casa abajo nos hizo saltar a los dos.
—¡Josie! ¡Noah! Chicos, ya llegamos. ¡Les trajimos la cena! —la voz de mi madre resonó desde la planta baja, seguida por el eco de sus pasos apresurados empezando a subir los escalones.
El pánico me congeló la sangre. Si nos encontraban aquí, a oscuras, con Noah en mi suelo y yo usando su ropa, todo el frágil equilibrio de nuestra familia se iría al demonio. Pensé en Emma y la culpa me golpeó el estómago.
Noah reaccionó en un parpadeo. Se puso de pie sin hacer un solo ruido. Se paró frente a mí, obligándome a levantar la vista desde el suelo.