El zumbido vibrante de mi teléfono sobre la mesita de noche cortó la penumbra a las 3:33 AM.
Me desperté de golpe, con el corazón dándome un vuelco violento en el pecho. Todavía llevaba puesto su buzo gris. Todavía sentía el fantasma de sus labios presionados en la comisura de mi boca, el roce exacto que me había dejado desvelada hasta hacía apenas una hora.
Estiré la mano a oscuras, parpadeando ante el brillo de la pantalla. Un número no guardado. Un solo mensaje de texto.
«Dame cinco minutos en el pasillo. Solo cinco minutos».
La adrenalina me subió por la garganta como una descarga eléctrica. No necesité preguntar quién era. La audacia, la orden disfrazada de súplica, el peligro latente a mitad de la noche; todo tenía su firma. Miré hacia la pared que compartía mi habitación con la suya. El silencio al otro lado era absoluto, pero la urgencia del mensaje quemaba.
«No. Estás loco», escribí con los dedos temblorosos. «Nuestros padres están durmiendo a tres metros».
La respuesta llegó en un segundo.
«Cuatro minutos entonces. Sal, Jo. Por favor».
Ese «por favor» terminó de romper mi resistencia. Maldije mi falta de control en un susurro, deslicé los pies fuera de la cama y caminé descalza hacia la puerta, cuidando que la madera no emitiera el más mínimo crujido.
Giré el picaporte milímetro a milímetro. Al abrir la rendija, el frío del pasillo me golpeó las piernas desnudas.
Noah estaba allí.
Estaba apoyado de espaldas contra la pared, justo en la zona donde las sombras de las escaleras se volvían más densas. Llevaba solo unos pantalones deportivos grises y una playera negra de manga corta. Al verme salir, sus ojos azules brillaron en la oscuridad con una fijeza que me hizo detener el paso.
No dijimos nada. No podíamos permitirnos el lujo de emitir un solo sonido.
Noah dio un paso largo hacia mí, acortando la distancia con una velocidad felina que me puso a la defensiva por puro instinto, pero no me dejó retroceder. Sus manos grandes y calientes se deslizaron por debajo del dobladillo de su propio buzo, directo a los costados de mi cintura, atrapando mi piel desnuda.
Solté un suspiro ahogado que él ahogó pegando su frente contra la mía.
Me arrastró hacia su cuerpo, hundiéndome en un abrazo silencioso, posesivo y brutalmente firme. El contraste térmico me mareó en el acto: mi cuerpo estaba congelado por el aire de la noche, y el suyo desprendía un calor sofocante, vivo, que me encendió las venas en un parpadeo.
Cerré los ojos, rindiéndome. Mis manos subieron por su pecho, aferrándose a la tela de su playera mientras me pegaba más a él, consciente de la proximidad prohibida de nuestros padres durmiendo al final del pasillo. Si alguno se despertaba, si una puerta se abría, estábamos terminados. Pero el riesgo solo hacía que el latido de su corazón contra mi oído se sintiera más adictivo.
Noah enterró la cara en mi cuello, respirando hondo, apretándome contra su torso como si estuviera intentando memorizar la textura de mi cuerpo. Sus dedos presionaron con fuerza mi cintura, reclamándome en un lenguaje mudo que me destruyó el orgullo.
El tiempo se estiró, volviéndose eterno en medio de la penumbra fría.
Entonces, Noah empezó a separarse. Solo unos milímetros. Los suficientes para obligarme a abrir los ojos y clavar mi mirada dispar en la suya, que lucía completamente oscurecida, sin una sola pizca de su usual control.
Sus labios bajaron por mi mejilla de forma lenta, tortuosa, hasta posarse exactamente en el mismo punto de la noche anterior: la comisura de mi boca. No me besó del todo. Se quedó allí, conteniéndose con un autocontrol tan feroz que pude sentir el temblor rudo de su mandíbula contra mi piel. Su respiración, acelerada y caliente, me humedeció los labios.
—Cinco minutos no van a ser suficientes para siempre, Jo —susurró contra mi boca, con una voz tan baja, rota y promiscua que me caló hasta los huesos.
Antes de que pudiera procesar el impacto de sus palabras o estirar los dedos para retenerlo, Noah me soltó despacio. Se dio la vuelta sin hacer un solo ruido, abrió la puerta de su habitación y se deslizó dentro, desapareciendo en la oscuridad.
Me quedé allí quieta, apoyada contra la pared fría del pasillo, tocándome los labios con las manos temblorosas y con una certeza horrible calándome el pecho: el Chico de Oro acababa de declarar una guerra que yo no tenía ninguna posibilidad de ganar.