Todo lo que ocultas

Capítulo 11 - No deberías gustarme

El rincón más alejado de la biblioteca del instituto estaba envuelto en un silencio denso, apenas roto por el susurro de la llovizna suave que golpeaba los altos ventanales.

A esta hora de la tarde, el lugar estaba prácticamente vacío, lejos del radar de los pasillos ruidosos de Blackwood. Noah había usado el pretexto de una «tutoría externa obligatoria» para hacerme bajar aquí, pero los apuntes de literatura y los libros abiertos entre los dos se sentían como una burla frente a la tensión que flotaba en el aire.

Cada vez que parpadeaba, recordaba sus manos en mi cintura a las tres de la mañana. Su voz rota susurrándome al oído en el pasillo.

—Concéntrate, Hart. Estamos en la página cuarenta —dijo Noah, aunque su propio tono carecía de la frialdad de siempre.

Estaba sentado frente a mí, con la playera del equipo de baloncesto y la mirada fija en mi rostro, analizándome con una insistencia que me estaba quemando la piel.

—No puedo concentrarme si me miras así —admití, cerrando el cuaderno de golpe, incapaz de sostener la farsa por más tiempo—. Esto está mal, Noah. Todo esto es un maldito desastre.

—¿El qué? ¿Estudiar?

—No juegues conmigo —le siseé en un susurro, inclinándome hacia adelante para que mi voz no resonara en los pasillos vacíos—. Tú sabes perfectamente qué. Lo de anoche en el pasillo... lo del despacho. Tenemos que parar. Hay demasiadas barreras y parece que eres el único que las olvida.

Noah dejó caer el bolígrafo sobre la mesa de madera. No habló, pero la diversión desapareció de sus ojos azules, dejando paso a una fijeza letal.

—A ver, ilustrame, Hart. ¿Cuáles son esas barreras tan terribles?

—Para empezar, nuestros padres están casados y vivimos bajo el mismo techo —enumeré, sintiendo que el pánico y la culpa me apretan la garganta—. Segundo, Emma es mi mejor amiga y está completamente ilusionada contigo. Tercero, tú eres Noah Blake. El Chico de Oro. El que camina por el instituto fingiendo que yo no existo para mantener sus malditas apariencias. Y aparte de todo eso... te odio. Desde hace siete años nos odiamos, Noah. No encajamos en ningún lado.

Esperaba que se defendiera, que se burlara o que se pusiera la máscara arrogante para darme la razón y alejarse.

Pero no lo hizo.

Noah ignoró los apuntes por completo. Extendió su mano grande y caliente sobre la madera de la mesa, cubrió la mía y, con una lentitud deliberada, entrelazó sus dedos con los míos.

El contacto eléctrico me mandó una descarga directo al centro del pecho.

—Suéltame —murmuré de inmediato, tirando de mi mano hacia atrás por puro miedo a que la bibliotecaria o algún rezagado se asomara por los estantes—. Alguien nos va a ver, Noah. Hablo en serio.

En lugar de soltarme, él apretó el agarre, inmovilizándome los dedos contra la superficie de madera. Sus ojos azules brillaron con una intensidad cruda, desafiándome a seguir fingiendo que ese supuesto odio seguía siendo suficiente para detenernos. Sostuvo mi mirada con una fuerza que me borrós todas las palabras de la boca, atrapándome en su red.

—Me importa un demonio que nos vean —susurró, ladeando la cabeza—. Y me importa aún menos lo que piense el resto de este maldito instituto. Deja de buscar excusas, Jo.

Rendida, sintiendo que la negación interna se me desmoronaba por completo bajo el calor de su mano, bajé la vista hacia nuestros dedos entrelazados. La culpa hacia Emma seguía ahí, el fantasma de nuestro pasado también, pero el anhelo prohibido era mucho más fuerte, una marea que me estaba arrastrando.

—No deberías gustarme, Noah —murmuré en un hilo de voz, sintiendo una opresión dolorosa en el pecho—. Es un desastre.

Noah se inclinó un poco más sobre la mesa, acortando la distancia entre nuestros rostros hasta que sus ojos se clavaron en los míos con una fijeza salvaje.

—Ya es tarde para eso, Jo —respondió con una voz tan baja y firme que me caló hasta los huesos—. Ya estamos hundidos en esto.

Cuando la campana anunció el cierre de la biblioteca, junté mis cosas a toda prisa con las manos todavía temblando. Salimos por las grandes puertas dobles de cristal hacia la acera del instituto, donde la llovizna empezaba a arreciar.

Caminaba un paso detrás de él, intentando recuperar mi armadura de indiferencia para el trayecto a casa, cuando un coche deportivo negro frenó de golpe en la acera de enfrente.

El cristal del copiloto bajó despacio.

Madison, la capitana de las animadoras y exnovia de Noah, estaba apoyada contra el volante. No dijo una sola palabra, pero clavó una mirada cargada de sospecha, fría y calculadora, directamente en nosotros dos saliendo juntos del edificio vacío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.