Todo lo que ocultas

Capítulo 12 - Demasiado cerca (POV Noah)

Habían pasado dos malditos días desde la biblioteca, y Jo se había convertido en un fantasma inalcanzable dentro de mi propia casa.

Me estaba evitando de una forma ridícula, moviéndose por las habitaciones como si midiera cada paso para no coincidir conmigo en el mismo metro cuadrado. Abajo, en la sala, se había pegado a su madre como un escudo humano, y cuando por fin la vi subir las escaleras sola, la seguí a una distancia prudencial, cazándola.

La vi meterse en el vestidor de blancos del pasillo, un cubículo asfixiante y estrecho repleto de estanterías con sábanas y toallas limpias.

No lo dudé. Entré justo detrás de ella y, con un movimiento rápido y perfectamente silencioso, empujé la puerta a mis espaldas hasta que el pestillo encajó con un golpe seco.

Click.

—¿Qué te pasa? ¿Estás loco? —me siseó de inmediato, pegando la espalda contra las maderas del fondo, con los ojos dispares abiertos de par en par por el pánico—. Sal de aquí, Noah. Mi madre está abajo. Si nos encuentra encerrados aquí...

—Me has estado rehuyendo dos días enteros, Hart —la interrumpí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía, rebotando en las paredes mínimas del armario.

Di un paso al frente, acorralándola entre los estantes de lino que olían a suavizante y a encierro. El espacio era tan reducido que era una maldita trampa. Para caber los dos, tuve que pegarme a ella hasta que nuestros pechos se rozaron con suavidad cada vez que uno de los dos tomaba aire. Podía sentir el calor salvaje que desprendía su piel, el ritmo errático de su respiración golpeándome la barbilla.

—Vine por sábanas limpias. Déjame salir —murmuró, apoyando sus manos traicioneras en mi pecho para intentar empujarme.

Solo consiguió que mis músculos se tensaran bajo la playera del equipo. No me moví ni un milímetro. La sola idea de dejarla ir ahora que la tenía así de cerca me parecía una locura.

—No hasta que hablemos de lo que dijiste en la biblioteca, Jo —solté, fijando mis ojos en los suyos. Esas palabras me habían estado taladrando la cabeza durante cuarenta y ocho horas—. Dijiste que no deberías gustarme. Dijiste que nos odiamos.

—Es la verdad —respondió en un hilo de voz, desviando la mirada hacia mis hombros—. Nos odiamos desde hace siete años.

—Yo nunca te odié —confesé, y sentir esa verdad saliendo de mi boca, sin ironías ni escudos de arrogancia, me dejó extrañamente expuesto en la penumbra—. Fue todo lo contrario, maldita sea. Te lo dije en tu cuarto y parece que no quieres entenderlo. Fui un imbécil a los diez años porque no sabía qué hacer con lo que me provocabas, pero nunca fue odio, Jo. Nunca.

El aire entre los dos se volvió denso, asfixiante. Sus grandes ojos, el verde y el marrón, volvieron a clavarse en los míos, brillando con una confusión tan pura que me destrozó el resto del autocontrol que me quedaba. Si ella sentía un miligramo de lo que a mí me estaba calcinando las venas, no iba a dejar que siguiera escondiéndose detrás de esa palabra.

—Entonces... ¿te gusto, Hart? —Le pregunté, bajando la voz hasta que se convirtió en un susurro áspero, peligroso—. Dímelo a la cara. Dime que me odias mirándome a los ojos.

Jo tragó saliva, y vi el movimiento de su cuello, justo donde el buzo gris que todavía llevaba puesto —mi maldito buzo— se resbalaba dejando al descubierto su clavícula. Estaba temblando, pero esta vez no había una tormenta afuera. Era por mí.

Mis ojos dejaron de pensar y bajaron de forma obsesiva hacia sus labios. Empecé a inclinar la cabeza centímetro a centímetro, con una lentitud tortuosa que me estaba volviendo loco, dándole la oportunidad eterna de golpearme o apartarse.

Pero sus manos no me empujaron. Sus dedos se cerraron en la tela de mi playera, aferrándome, mientras sus labios se abrían apenas un milímetro por puro instinto.

Nuestras respiraciones se mezclaron, calientes, rápidas, llenando el espacio minúsculo del armario. Hundí mis manos en su cabello oscuro, sosteniéndole la nuca con fuerza, obligándola a quedarse allí, atrapada conmigo en este infierno flotante.

Las puntas de nuestras narices se rozaron. El primer beso estaba ahí, a una milésima de segundo de distancia, un impacto inminente que iba a destruir lo poco que quedaba de nuestra cordura.

¡Riiing! ¡Riiing!

El estridencia de un tono de llamada rompió el silencio como un balazo.

No era mi teléfono. El de Jo empezó a parpadear con una luz blanca y violenta dentro del bolsillo del buzo, vibrando con saña contra mi propio abdomen por la cercanía de nuestros cuerpos.

Nos congelamos. La burbuja se pulverizó en un parpadeo.

Jo, con las manos temblorosas y la cara lavada completamente roja, deslizó los dedos en el bolsillo y sacó la pantalla. Al ver el nombre que brillaba en la pantalla, el poco color que le quedaba en las mejillas se evaporó por completo.

Era una videollamada. Y el nombre en letras grandes decía: Emma.

La culpa, pesada y destructiva, se instaló en el espacio mínimo que nos separaba. Emma. Su mejor amiga. La chica que suspiraba por mí en los pasillos de Blackwood y a la que Jo sentía que estaba traicionando con cada respiración dentro de este armario.




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