Todo lo que ocultas

Capítulo 13 - Pecas

Desde el desastre en el armario de blancos con la videollamada de Emma, el ambiente en la casa se había vuelto insoportable. Pasamos veinticuatro horas de silencios incómodos y miradas bajas.

Me estaba desmoronando por la culpa. Por eso, cuando llegó la hora de la tutoría nocturna y tuve que cruzar el umbral de su habitación, me aseguré de llevar puesta mi armadura completa.

Me había aplicado una capa de maquillaje asquerosamente gruesa. Una base pesada que me cubría las mejillas y la frente, enterrando mis pecas tras un día de perros en Blackwood. Necesitaba que Noah viera a la Josie de siempre: la que se escondía y ponía distancias.

Me senté en la silla frente a su escritorio con dedos torpes. Sabía que habíamos dejado algo pendiente en ese armario, a milímetros de un beso, y me aterraba lo que pudiera pasar si bajaba la guardia.

Noah se acercó a la mesa, pero ni de cerca tocó sus apuntes. Abrió el libro de literatura en la página cincuenta y dos con un golpe seco, pero sus ojos azules no miraban el texto. Me estaban barriendo la cara.

—Dejá de usar eso. Te apaga —soltó de golpe, con esa voz autoritaria de tutor que tanto me molestaba.

Me quedé congelada, con las manos presionadas contra mis muslos.

—No sé de qué hablas, Blake. Empecemos de una vez con la clase. Explícame el tema.

—Sabes perfectamente de qué hablo, Jo. Dejá de esconderte.

Se levantó de su silla con esa seguridad felina que me ponía de nervios y caminó hacia su baño privado. Cuando regresó, traía una toallita desmaquillante húmeda entre los dedos. El pánico me dio un vuelco en el estómago.

—¿Qué haces? Aléjate, Noah —murmuré, intentando ponerme de pie, pero él se plantó frente a mí, apoyando las manos en los brazos de mi silla y bloqueando cualquier vía de escape.

—Quédate quieta —me ordenó, bajando la voz hasta que sonó como un ruego rudo—. Nos quedamos a medias en el armario, ¿te acuerdas? Dijiste que nos odiábamos. Pero no puedes mirarme a los ojos y sostener esa mentira con la cara lavada.

Tragué saliva, sintiendo el miedo al rechazo que me apretaba la garganta. Odiaba que me viera así, desarmada, sin el camuflaje que me protegía del mundo y de sus propios comentarios crueles del pasado.

Noah se arrodilló lentamente entre mis piernas, quedando exactamente a mi altura. Su perfume amaderado me llenó los sentidos, mareándome. Con una delicadeza extrema, posó la toallita húmeda sobre mi mejilla derecha.

Cerré los ojos con fuerza, conteniendo la respiración. Esperé la burla, el comentario ácido que me recordara que era un bicho raro. Pero lo único que sentí fue la caricia fría de la toalla arrastrando la barrera que había construido.

Noah se tomó su tiempo. Con movimientos lentos, fue limpiando la costra artificial de mi piel. Y ahí aparecieron. Mis manchas. Mis pecas. Ese rastro caótico que tanto me empeñaba en enterrar brotó en mis pómulos y cruzó el puente de mi nariz. Me sentí completamente desnuda ante el único chico que tenía el poder de destruirme con una palabra.

—Noah, basta... —pedí en un hilo de voz, intentando girar la cabeza, avergonzada.

—Mírame —me pidió. Su mano grande subió a mi barbilla, sujetándome con una suavidad tan firme que me obligó a abrir los ojos.

Cuando lo hice, me quedé sin aire. Noah no me estaba mirando con asco. Sus ojos azules estaban oscurecidos, encendidos, recorriendo cada una de mis manchas con una fascinación pura. Me miraba como si fuera una maldita obra de arte.

Noah deslicó la yema de su pulgar por mi pómulo limpio, delineando la textura real de mi piel.

—Podría pasarme horas contando tus pecas, Jo —susurró.

Se inclinó hacia adelante, despacio, torturándome con la cercanía de sus labios. Todo mi cuerpo empezó a temblar, respondiendo a su calor con un deseo ciego que ya no podía camuflar con orgullo. El espacio mínimo entre nuestras bocas se redujo a nada. Estaba a milésimas de segundo de besarme, su aliento rozando mis labios, borrándome el mundo.

Y entonces, la realidad me golpeó la cabeza como un balazo de agua fría.

Emma.

La imagen de mi mejor amiga llorando si descubría esto me inundó la mente, devolviéndome la cordura de golpe. El aire regresó a mis pulmones con una violencia salvaje.

Estiré las manos, las planté con fuerza contra el pecho de Noah y lo empujé hacia atrás, rompiendo el hechizo. Él trastabilló un poco sobre sus rodillas, abriendo los ojos de par en par, completamente descolocado por mi reacción.

—No podemos hacer esto, Noah —le dije, poniéndome de pie de un salto, con las piernas temblando y la voz rota—. No puedo. Esto es una locura.

—Jo, espera... —comenzó él, estirando una mano para alcanzarme, con la frustración pintada en el rostro.

—¡No! —lo corté, retrocediendo hacia la salida mientras me pasaba una mano por la cara lavada, sintiéndome la persona más miserable del mundo.

Giré el picaporte, abrí la puerta y salí corriendo hacia mi habitación, cerrando de un golpe antes de que Noah pudiera siquiera levantarse del suelo.




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